MESA DE AUTOPSIAS: EL LÍMITE DE LO ACEPTABLE.

Si la distribución de los recursos económicos no esá bien hecha, si hay un problema de concentración de la riqueza, frente al empobrecimiento de las grandes masas, la filantropía no puede hacer nada, porque se trata de un problema estructural que tiene que ver con los gobiernos y las formas en que se reparte la riqueza”.

Manuel Arango, La Jornada. 1993.

Las responsabilidades del médico no empiezan y tampoco terminan con la enfermedad de sus pacientes. Los compromisos que adquirimos trascienden el ejercicio diagnóstico y la intervención terapéutica. Por la naturaleza de nuestro trabajo, que toca fibras tan sensibles de la vida humana, estamos obligados a ver más allá de los asuntos técnicos y los temas científicos. No podemos sentirnos satisfechos con algo tan efímero y endeble como el éxito profesional.

Quienes trabajamos en el sector público somos diarios testigos de centenares de seres humanos que viven una vida llena de penalidades. Por la causa que sea, teniendo en ello responsabilidad o no, su existencia transcurre entre grandes dificultades, carencias constantes y amenazas a la salud y a la vida que apenas podemos imaginar. Tristemente, tenemos que admitir que la ignorancia que también sufren les impide rebelarse contra su situación, lo que explica la pasividad con la que soportan su infortunio.

Salvo honrosas excepciones, quienes profesamos la medicina nos preocupamos poco de las condiciones de vida de nuestros pacientes. Con la visión reduccionista que hoy domina el panorama de la ciencia y de la medicina, nos limitamos a resolver el problema biológico de la enfermedad sin levantar la vista para adquirir un panorama más amplio. ¿Tenemos los médicos una responsabilidad frente a la pobreza que determina la vida de nuestros enfermos?

Si elaborásemos una lista de las obligaciones del médico como las que ahora pueden encontrarse en las salas de espera y pasillos de los hospitales junto a las que enumeran los derechos de los pacientes, yo añadiría una que hasta ahora no he visto plasmada de manera explícita: los médicos debemos prestar nuestra voz a los que no la tienen. Y en este país, esos mudos –los pobres de solemnidad– suman mas de medio centenar de millones.

Sin embargo, puede ocurrir que el roce constante con la miseria acabe por anestesiarnos. Como sucede con muchas de las respuestas de las células a diversos estímulos. Una excitación sostenida acaba por saturar los receptores celulares y la respuesta esperada decrece hasta desaparecer.

Nos pasa también con el paso de los años. La historia natural del médico que, a la par que envejece, alcanza una estabilidad económica que en sí misma no es reprobable, ve disminuir su interés por aquellos temas sociales que hasta llegaron a ser en su juventud uno de los motivos que condicionaron su entrada a la escuela de medicina. Es muy frecuente que cuando uno le pregunta a los estudiantes el porqué escogieron la carrera de medicina expresen su deseo de servir a la humanidad y aliviar el sufrimiento de los más necesitados. Años después, la voz interior de esos deseos se va acallando y los intereses se van trasladando, en el mejor de los casos, al terreno científico o, como se puede constatar en un número significativo de casos, a objetivos mucho más personales y materiales.

En la medida que el interés juvenil por las causas sociales de la enfermedad va disminuyendo, nos gana una creciente indiferencia frente a la pobreza. Llegamos a ver como algo totalmente normal las muy deficientes condiciones en las que atendemos a los enfermos en los hospitales públicos. Se puede alcanzar el extremo de considerar como deseable que esos recintos sanitarios se distingan por la saturación perenne de unos servicios deficientes que se brindan en medio de grandes estrecheces materiales. Limitaciones de las que algunos despistados –omito aquí el calificativo que sé que merecen y me gustaría endilgarles– llegan hasta enorgullecerse. Tenía mucha razón Albert Einstein cuando decía “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy tan seguro”.

No diré que la medicina es todo en mi vida, pues hay otras cosas que como ser humano son tan o más necesarias que el libre ejercicio de la profesión. Pero lo que puedo afirmar sin fisuras es que la medicina es una y que todo aquello que limita sus posibilidades la degrada y la transforma, más pronto o más tarde, en una caricatura de acaba por hacerla irreconocible. En el medio en el que me desenvuelvo, y en esto no creo ser original, la mayor amenaza para la práctica de la profesión es la escasez de recursos materiales para hacer lo que sé que debe hacerse.

Y ese es el origen del conflicto que se vive a diario. Saber sin poder hacer produce un desgaste que puede conducir al hastío y la indiferencia. Ejemplos hay muchos y de ello se valen y a ello le apuestan quienes con argumentos falaces, aunque se dicen legales, limitan nuestras oportunidades para que el nivel de la profesión supere esa zona de mezquina comodidad en la que parece haberse instalado desde hace décadas.

De todas las habilidades que el médico debe desarrollar y acrecentar hay una que no se enseña en las escuelas de medicina. Es la capacidad de indignarse cuando se es testigo de las injusticias sociales, máxime si se descubre en ellas la relación directa que pueden tener con la aparición y evolución de las enfermedades y con las limitaciones que imponen al correcto ejercicio de la profesión.

Pero la indignación en sí misma no es suficiente. Es necesario el compromiso seguido de la acción práctica. Ya lo dice Stéphane Hessel en su más reciente obra ¡Comprometeos! (Ediciones Destino, 2011):

Resistir supone considerar que hay cosas escandalosas a nuestro alrededor que deben ser combatidas con vigor. Supone negarse a dejarse llevar a una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva.

 

Por eso veo con profunda preocupación la indiferencia en la que estamos inmersos. ¿Cómo es posible que no se alce una sola voz entre quienes tenemos el deber de prestarla a los ciudadanos enfermos y necesitados que sufren hoy la amenaza de ver pospuesta una vez más la posibilidad de una atención adecuada a sus poblemas de salud? Hemos rebasado ya el límite de lo aceptable. Lo que sigue es el compromiso y la lucha o el silencio cómplice mientras nos deslizamos al abismo de una medicina pública que será nuestra vergüenza.

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