MESA DE AUTOPSIAS: EL ÚLTIMO ESCONDITE DE LA ENFERMEDAD.

…y pensé que debo dar por hecho que la mayorìa de los médicos en ejercicio no están muy familiarizados con los más recientes cambios introducidos por la histología y no han tenido la oportunidad de disfrutar con el estudio microscópico de las células y los tejidos”.

Rudolph Virchow, Primera conferencia: las células y la teoría celular. 10 de febrero de 1858.

A lo largo de la historia, la enfermedad ha ido mudando de sitio. Ya fue un gran paso que Hipócrates la reubicase como un fenómeno natural, es decir, dentro de la naturaleza. Aquel médico nacido en una isla frente a las costas de lo que hoy llamamos Turquía fue un atrevido. Arrancó la enfermedad del nebuloso reino de lo sobrenatural y la puso al alcance de la razón. Debe haber tocado algunos intereses pecuniarios de quienes, ayer como hoy, comerciaban con la ignorancia y el temor a lo desconocido que atenazan al hombre.

Con el paso de los siglos, la enfermedad echaría anclas en mares cada vez más profundos. Giovanni Battista Morgagni, el profesor de imponente peluca a quien sus alumnos llamaban “su majestad anatómica”, hizo muchas autopsias, observó con cuidado, anotó con minuciosidad y trazó lineas que unieron los datos clínicos con los hallazgos anatómicos, poniendo a nuestra disposición un mapa de correlaciones. Vio que la causa y el asiento de la enfermedad estaban en aquellos órganos alterados. La mesa en la que hacía las autopsias –como las que usamos todavía hoy– fue diseñada por él y por eso lleva su apellido: la mesa de Morgagni.

Luego vendría un alemán bajito al que llamaban “el doctorcito”. Pero su estatura física era engañosa. Una mente portentosa se escondía detrás de aquella frente despejada. Con una cuantas conferencias, Rudolph Virchow derrumbó siglos de pensamiento humoral. Con su genialidad y con el uso del microscopio, claro. La enfermedad volvió a cambiar de casa. Ahora hizo de las células su hogar. Nacía la teoría celular de la enfermedad.

Cada cambio de sede coincide, más o menos, con algún desarrollo tecnológico que nos ha permitido penetrar a mayor profundidad en la estructura de la materia viviente. Disecciones para los órganos, microscopios para las células y, en las últimas décadas, el mayor desafío: la exploración de las vastedades silenciosas y heladas del mundo molecular. Disponiendo de herramientas inimaginables para nuestros predecesores, nos zambullimos hoy en un universo extraño e invisible aún para el microscopio.

Y, para muchos, cada peldaño por el que descendemos en la organización biológica trae la promesa del descubrimiento definitivo. Estar en la frontera nos hace sentir la cercanía de la verdad más profunda. ¡Ahora sí!, nos decimos. ¡Estamos a un paso de lanzar el asalto definitivo y victorioso a la ciudadela sitiada de la enfermedad! Pero la ciudadela resiste.

También los hay que se extravían. Olvidan que el conocimiento debe estar al servicio del hombre, especialmente del hombre que sufre. Saber por saber es un placer egoísta cuando estamos frente a los enfermos. Claro que siempre existe la esperanza de que un conocimiento inicialmente abstracto se convierta en el fundamento de una aplicación práctica para beneficio de los que sufren. Pero, ¿cómo saberlo?

Andrej Szczeklik, de apellido impronunciable en nuestras latitudes, ha escrito un libro bellísimo sobre las relaciones entre el arte y la medicina. Se titula Catarsis. Sobre el poder curativo de la naturaleza y el arte (Acantilado, 2010). En él también hace una reflexión sobre la última mutación –acción o efecto de mudar o mudarse– de la enfermedad a su última residencia molecular. Podemos leer lo siguiente:

Según una convicción cada vez más generalizada, los logros cada vez más asombrosos todavía están por llegar. Una de las asignaturas pendientes es aprender a corregir los códigos genéticos dañados, pero un día u otro lo conseguiremos. Éste es uno de los guiones optimistas del desarrollo de la medicina en un futuro no muy remoto. ¿Y qué sucede con la enfermedad y el sufrimiento? Sencillamente los desterramos de nuestra conciencia.

 

Este optimismo emparejado con la descripción cada vez más minuciosa y la develación de las intrincadas relaciones que existen entre los componentes químicos de las células a veces me parece un tanto precipitado. No es que no vea los enormes beneficios –muchos todavía potenciales– que pueden derivarse de esta estrategia para comprender al organismo humano. Es que ya nos ha pasado antes. Las prometidas panaceas de hoy se estrellan contra las resistencias –microbianas y tumorales– de mañana. A cada tratamiento penosamente desarrollado por la ciencia se opone una alternativa que libra el obstáculo que le quisimos imponer a la enfermedad. Hasta ahora siempre ha sucedido así. ¿Hasta cuando?

Debemos admitir que el ser humano es de una complejidad desafiante. Todavía estamos lejos de abarcarlo. Incluso el Proyecto Genoma Humano, que tantas expectativas produjo a principios de este nuevo siglo, ha resultado en la formulación de más preguntas que se sobreponen a las que ya nos hacíamos antes de concluirlo, muchas todavía sin respuesta. Pero el hombre le hace honor a Sísifo y , aunque la roca siempre rueda cuesta abajo, emprende esforzado el ascenso empujándola una vez más.

¿Se mudará otra vez la enfermedad? No lo sé, aunque se me antoja difìcil. Más allá de las moléculas se encuentran las simas abisales de las partículas elementales y las interacciones energéticas en donde ya no es posible reconocer a la materia viviente. Si llegamos hasta allí, ¿seremos capaces de seguir viendo el sufrimiento de nuestros pacientes? Me temo que será muy difícil.

Más bien pienso que todavía estamos a tiempo de hacer el esfuerzo por integrar todo lo que hemos aprendido en un cuerpo de conocimiento coherente que nos permita servir mejor a nuestros semejantes. Necesitamos de quienes todavía recuerdan cómo era la medicina antes de la última tecnología. De cómo se practica la profesión en aquellos lugares en donde no se tiene acceso a la comunicación instantánea.

Como las voces de los antepasados se van apagando –los estudiantes de medicina de hoy casi nunca las han escuchado–, debemos actuar rápido y con decisión. Es el momento de la recopilación y la integración. De poner al servicio de la historia clínica metódica y minuciosa las facilidades que nos brindan las nuevas tecnologías de la información. De integrar la secuenciación del genoma y la amplificación de los genes a la información clínica obtenida con un método riguroso junto a la cama del enfermo. Un esfuerzo de síntesis monumental antes de que nos olvidemos del ser humano que sufre, compañero de viaje que siempre ha sido el principio y fin de la medicina.

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4 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: EL ÚLTIMO ESCONDITE DE LA ENFERMEDAD.

  1. Estimado Luis, celebro tu inquietud por el abordaje del hacer humano en diversas esferas. La inquietud por conocer la obra de las personas, interpretarla y transmitirla a tus lectores por el sólo gusto de hacerlo. Al fin, escribir, es terminar de pensar.
    Los diversos tópicos que abordas me recuerdan aquella frase atribuída al senador Terencio Lucano: “Humano soy y nada de lo humano me es ajeno”.
    Tus escritos muestran entre líneas el espíritu sensible que te caracteriza, el enfoque antropocéntrico de tu pensar y el mesaje humanista que dejas traslucir.
    Gracias por ello. Te saludo cordialmente.
    Xavier A. López.

  2. Estimado Xavier:
    Me siento abrumado por tus comentarios que están avalados por tu seria y profunda trayectoria académica y profesional. Como tú, creo que el médico debe reflexionar sobre su quehacer cotidiano y compartir estas reflexiones con los demás. Celebro tener un amigo como tú, con quien coincido en cosas que estimo entrañablemente.
    Un abrazo.
    Luis.

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