MESA DE AUTOPSIAS: EL CÁNCER Y EL PRESIDENTE.

Por supuesto que está usted en lo correcto cuando dice que no podemos ir con el Presidente a pedirle más dinero si no le mostramos buenos resultados”.

Frank Rauscher, Director del Programa Nacional para la Conquista del Cáncer, a Mary Lasker. 1974.

Que algunas enfermedades tienen una faceta política, es decir, una relación con el poder público, no puede negarse. Y el cáncer es uno de los ejemplos más notables. Así lo muestra el oncólogo Siddharta Mukherjee, que este 2011 ganó el Premio Pulitzer en la categoría de ensayo (General Nonfiction, según la página electrónica de los Premios Pulitzer), con su libro “El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer” (The Emperor of All Maladies. A biography of Cancer. Scribner, 2010). Acaba de ser traducido al español y lo publica con el mismo título la editorial Taurus. Babelia, el suplemento cultural del periódico El País le dedica hoy, sábado 8 de octubre de 2011, un extenso reportaje en sus páginas centrales.

Este libro, del que ya había empezado a escribir en una colaboración anterior (“La biografía del monstruo”) es una mezcla fascinante de historia de la medicina, un relato sobre el origen y desarrollo del conocimiento y tratamiento del cáncer y una exposición de la vida y afanes de los médicos y activistas que canalizaron sus esfuerzos para darle al cáncer un sentido de urgencia social y cruzada nacional en los Estados Unidos de Norteamérica. Es sobre este último aspecto de lo que quiero escribir en las líneas siguientes.

El doctor Mukharjee nos cuenta que el 9 de diciembre de 1969, el año milagroso en el que un hombre (norteamericano, por supuesto) había pisado por primera vez la superficie de la Luna, apareció un desplegado en el famoso periódico The Washington Post, dirigido al primer mandatario de la nación:

 

Sr. Nixon: usted puede curar el cáncer.

Si las oraciones son escuchadas en el cielo, esta plegaria será escuchada con más fuerza:

“Dios bendito, por favor, que ya no haya más cáncer”.

Apenas el año pasado, más de 318 mil norteamericanos murieron de cáncer.

Señor Presidente, este año usted tiene en sus manos el poder para empezar a poner fin a esta maldición.

Mientras que usted se angustia con el presupuesto anual, le rogamos que recuerde la agonía de esos 318 mil norteamericanos y sus familiares.

…Le pedimos una mejor manera de destinar nuestro dinero a la salvación de cientos de miles de vidas cada año.

… El doctor Sidney Farber, ex presidente de la Sociedad Americana del Cáncer, declaró lo siguiente: “Estamos muy cerca de una curación para el cáncer. Sólo nos falta el dinero y la planeación integral con los que enviamos al hombre a la Luna”.

… Si usted nos falla, Señor Presidente, va a ocurrir lo siguiente:

Uno de cada cuatro norteamericanos que hoy están vivos, es decir, 51 millones de personas, tendrá cáncer en los siguientes años.

Y eso nosotros no nos lo podemos permitir.

El Presidente Richard Milhous Nixon no se andaba por las ramas y desconfiaba de los científicos. Así que nombró al ingeniero Ed David como su asesor en ciencia, un hombre proveniente de la industria, sin vinculación universitaria. Pronto se hicieron sentir sus efectos: la ciencia debería enfocar sus baterías a objetivos concretos de interés público. Basta de la búsqueda romántica en las fronteras de un conocimiento intangible. Ciencia sí, pero pragmática, con resultados a la vista.

Mary Lasker, la gran activista del cáncer en los Estados Unidos, asesorada por el patólogo transformado en oncólogo Sidney Farber, se movió con rapidez. En 1969, ambos conformaron un comité de expertos que asesorara a Richard Nixon en el desarrollo de una estrategia para poner un alto definitvo a la temida enfermedad. El equipo reunido por ellos se llamó Comisión para la Conquista del Cáncer e incluyó a cientìficos aeroespaciales, industriales, administradores, expertos en planeación e investigadores del cáncer. Todos fieles a Mary Lasker y Sidney Farber.

De sus reuniones salió un informe final al que titularon Programa Nacional para la Conquista del Cáncer. Inspirándose en la conquista del espacio exterior que había puesto al hombre en la Luna ese mismo año, los implicados en la Comisión se referían al Programa Nacional diseñado por ellos como “la conquista del espacio interior”. Y su ambición iba más allá de la salud pública. Anhelaban la creación de una agencia gubernamental contra el cáncer, totalmente independiente y generosamente financiada con el dinero de los ciudadanos. Según el doctor Murkherjee, lo que perseguían era la creación de una especie de “NASA contra el cáncer”.

Su plan empezó con un éxito arrollador. Lograron la aprobación de su proyecto por el Senado norteamericano con 79 votos a favor y sólo uno en contra. Sin embargo, la Cámara de Representantes (el Congreso de los Diputados) les opuso una resistencia mucho mayor. Los legisladores pidieron opiniones fuera del círculo de los Laskeritas –los fieles a Mary Lasker y Sidney Farber– y lo que obtuvieron estuvo lejos de un apoyo unánime al Programa Nacional para la Conquista del Cáncer.

La principal crítica era que el objetivo de encontrar la curación del cáncer sin conocer a fondo los mecanismos íntimos de la enfermedad conduciría al fracaso. Si habían logrado llegar a la Luna se debía al gran avance en el conocimiento de la fìsica atómica, la mecánica de fluidos y la termodinámica. En el caso del cáncer estaban en pañales. Lo que la Comisión para la Conquista del Cáncer pretendía equivalía a enviar al hombre a la Luna ignorando la ley de la gravitación universal de Newton. Hasta James Watson, uno de los descubridores de la estructura química del material genético, señaló que “hacer investigación ‘relevante’ no significaba necesariamente hacer una ‘buena’ investigación”.

Finalmente, la naturaleza avasalladora de la lógica política se impuso. El 23 de diciembre de 1971, el Presidente Nixon firmó un decreto conocido como “Acta Nacional del Cáncer”, en el que se comprometía a destinar cuantiosos recursos del presupuesto federal para financiar los esfuerzos contra el terrible azote de los norteamericanos. Para Lasker y Farber fue una victoria parcial. No todo ese apoyo se destinaría a desarrollar protocolos de tratamiento como ellos deseaban. También se impulsaría generosamente la investigación básica para esclarecer los mecanismos de la enfermedad. A la postre, esa sería la mejor inversión.

Hoy, a cuarenta años de la firma presidencial, ya estamos recogiendo los primeros frutos prácticos de aquella iniciativa. A Nixon le hubiese gustado cosecharlos mucho tiempo antes. Habría sido un poderoso espaldarazo en su carrera para reelegirse por segunda ocasión al frente de la Casa Blanca. Pero carecía de una de las cualidades más importantes del verdadero hombre de ciencia: la paciencia. Quiso tomar un atajo para satisfacer su ambición de poder y se vio obligado a renunciar a la presidencia tras el escándalo Watergate. Ha sido el único presidente de los Estados Unidos que ha renunciado a su cargo. Como diría mi abuela: “al gato goloso se le quema el ocico”.

El cáncer, con su sello de amenaza oscura y su carga emocional, en especial cuando se ceba con los infantes, es una de esas enfermedades que los hambrientos de poder aprovechan para sus fines personales. Con tanto dolor y sufrimiento de por medio, resulta una cueldad extraordinaria e inadmisible usar a las víctimas –enfermos y familiares– para adquirir notoriedad, amasar fortuna y detentar el poder. Como sociedad, eso nosotros tampoco nos lo podemos permitir.

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