MESA DE AUTOPSIAS: LA FE EN LO INVISIBLE.

La forma de los genes, la famosa doble hélice del ADN, es un principio general de extraordinaria simplicidad y elegancia… Francis Crick, su codescubridor, siempre insistió en que esa simplicidad es consecuencia de que el ADN está muy próximo al origen de la vida”.

Javier Sampedro, El siglo de la ciencia. Nuestro mundo al descubierto. 2009.

Supongo que quienes usamos un microscopio como herramienta de estudio y trabajo cotidiano constituimos una pequeña fracción del género humano. Como médico patólogo, dedicado todos los días a la observación de las células y los tejidos de los enfermos, siempre había creído que me asomaba a un mundo misterioso y esencialmente desconocido para muchísima gente. Me veía a mí mismo en la frontera más distante de la normalidad, muy cerca de aquella tierra de nadie en donde la ciencia libra una batalla tesonera por iluminar una parcela más de ese vasto territorio al que llamamos lo desconocido.

Este fin de semana he viajado a Puebla para ver de cerca el trabajo que realiza la Doctoranda en Biología Molecular Silvia Montilla, quien forma parte del espléndido equipo humano, científico y técnico del Dr. Sergio Sánchez Sosa, destacado patólogo poblano (aunque él siempre enfatiza que nació en Tehuacán, Pue.) y entrañable amigo desde hace ya más de veinte años. Sergio y un servidor estamos realizando la tesis de la Maestría en Oncología Molecular (las bases moleculares del cáncer) que empezamos a cursar en año pasado, impartida por el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de España.

El doctor Sánchez está desarrollando para su tesis un trabajo sobre ciertos tumores malignos de los ganglios linfàticos y yo decidí buscar algunas mutaciones que se han descrito en los temibles melanomas, cánceres cutáneos formados por las células que habitualmente sintetizan el pigmento que da el color a la piel. Dado que esta investigación requiere de técnicas, reactivos y, sobre todo, conocimientos de biología molecular que yo no tengo a mi alcance, acepté la generosa oferta de Sergio Sánchez, quien me puso en contacto con Silvia Montilla para que me ayudase a realizar la búsqueda de las mentadas mutaciones.

He pasado un par de días en el laboratorio de biología molecular liderado por Silvia Montilla con la amable colaboraciòn del doctor Moisés. Aunque ya lo sabía en plan teórico, durante esta breve estancia me he dado cuenta cabalmente que la frontera del conocimiento biológico se encuentra mucho más allá, en unos confines donde el microscopio sólo es útil para seleccionar las células cuyo material genético se va extraer y a analizar. Una vez que el tejido tumoral es fraccionado en pequeñísimos fragmentos e inicia la extracción del material genético de las células malignas, sólo resta confiar que en aquellos tubos diminutos se encuentra disuelto, inapreciable pero presente, el objeto de nuestra curiosidad científica. Es una labor donde se necesita tener fe en lo invisible.

Si yo realizo mi trabajo de patólogo armado de instrumentos cuya invención en algunos casos data de varios siglos, estar en el laboratorio de biología molecular es verse rodeado de una tecnología modernísima que comprende aparatos no sólo muy complejos, sino que exigen un recambio permanente. Algunas técnicas son ampliadas y renovadas a una velocidad sorprendente… y a un costo muchas veces prohibitivo. El desarrollo tecnológico demanda inversiones que no están al alcance de cualquiera. Sin embargo, cuando uno observa lo que puede hacerse y saberse con el uso prudente y justificado de la biología molecular no puede permanecer indiferente.

En este mundo de la investigación molecular se requiere de una paciencia considerable. Debe ser esa cualidad a la que se refería el doctor Gregorio Marañón, famoso médico español del que ya he tratado en estas páginas, cuando le decía a su amada Lolita desde Frankfurt “eso y el modo de trabajar; la paciencia, la calma, la pesadez que tan necesarias son en estos estudios”. Silvia Montilla posee esa virtud. Pude comprobar que apenas habla cuando realiza los procedimientos y que se comunica con Moisés casi de manera telepática.

Esa paciencia no solo es necesaria para llevar a cabo los minuciosos pasos en los que se divide cada técnica de análisis del material genético, sino para esperar hasta el final, con frecuencia tras un día o más de absoluta concentración en el trabajo, con el propósito de verificar la ausencia de errores técnicos y la obtención de resultados incuestionables. Como ambos objetivos no siempre se logran, se deben tener siempre en mente nuevas variaciones en las condiciones del experimento que confirmen o refuten los resultados obtenidos inicialmente.

Esta filosofìa de trabajo, que pone la impecabilidad por encima de todo, demanda tiempo y más paciencia y no siempre es comprendida por los médicos tratantes que desean resultados rápidos e indudables. ¡Qué importante resulta que el médico en formación participe en las labores de la investigación biológica para que, no sólo obtenga conocimientos acordes con los tiempos actuales, sino que forje su carácter con el cultivo esmerado de la diligencia, la minuciosidad y la paciencia!

Por un par de días, casi cambié el amado microscopio por las micropipetas, las soluciones amortiguadoras, los nucleótidos, las polimerasas, los cebadores, los geles de agarosa y poliacrilamida, la electroforesis y las misteriosas bandas reveladas por el bromuro de etidio. Todo manipulado con guantes que impiden la contaminación de las reacciones y protegen del contacto con algunos de los reactivos que tienen potencial cancerígeno.

Aunque la estancia fue breve, resultó muy estimulante e invita a repetirla. La evolución que está experimentando la medicina con la profundización del conocimiento de genoma humano obliga a familiarizarse con la biología molecular. Ya no es una afición opcional propia de científicos ensimismados. Se está volviendo una obligación –por lo menos en el plan teórico– para todos los médicos. El desafìo no es fácil de enfrentar y menos de superar, pero es evidente que nos obliga a la formación de grupos de trabajo multidisciplinarios en los que los médicos involucrados en la atención de los pacientes –incluyendo a los médicos patólogos como yo– debemos colaborar estrechamente con los biólogos moleculares. Hay una razón adicional muy poderosa para esta colaboración. Los médicos proporcionamos el marco conceptual y el aspecto humano en donde los estudios moleculares cobran su sentido real y se ponen al servicio del enfermo.

La experiencia que acabo de tener estuvo amenizada por momentos de feliz convivencia. Uno de ellos fue la visita al Laboratorio de Patología Quirúrgica y Citología de Puebla, propiedad también de Sergio Sánchez, donde tuve la fortuna de ver al microscopio algunos de los casos extraordinarios que son la rutina de aquel laborioso centro de mi especialidad.

Y como ya es costumbre, todo aquel que es objeto de las atenciones del doctor Sánchez goza en estas visitas la armónica combinación de la extraordinaria gastronomía poblana y española que Sergio suele regar generosamente con caldos de los mejores viñedos del orbe.

Rematamos con una despreocupada caminata nocturna por el Centro Histórico de Puebla. Allí, extasiado al contemplar la Catedral bellamente iluminada, rendí en silencio un emotivo y personal homenaje a Don Juan de Palafox y Mendoza, aquel extraordinario obispo del siglo XVII que tanto bien hizo en lo que entonces se llamaba la Nueva España. Tras una visita al viejo edificio del Hospital de San Pedro –hoy centro cultural y museo–, Sergio me condujo al Callejón del Sapo, en la parte más antigua de la ciudad, donde todavía tuvimos tiempo de recalar en la Fonda de la Compañía y, unas calles más allá, en el Mural de los Poblanos –típicos restaurantes instalados en viejas casonas– donde disfrutamos de la música mientras saciábamos la poca sed y menos hambre que nos había quedado tras los pantagruélicos festines consumidos unas horas antes.

En muy poco tiempo experimenté sin vértigo un viaje por el tiempo que me llevó en sentido inverso desde la ciencia avanzada del siglo XXI a las añejas construcciones y tradiciones coloniales de los siglos XVI y XVII que hoy se encuentran llenas de vida en aquella ciudad. De la ciencia me llevo el compromiso de ahondar en ella para ponerla al servicio de los aguascalentenses y, de la tradición, el orgullo de heredarla y el deber de transmitirla. Si lo logro, me daré por bien servido.

Anuncios

2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LA FE EN LO INVISIBLE.

  1. Hijole Luis
    Un relato hecho de la forma mas elocuente es como si estuviera alli, te felicito, he leido tres publicaciones y sigo con ganas de seguir leyendo.
    Felicidades y Saludos para ti y a Sergio Sanchez.
    Un abrazo fraterno
    Gonzalo Gomez

  2. Querido Gonzalo:
    Gracias por tu comentario. Me da gusto que hayas disfrutado la lectura. Claro que saludaré de tu parte a Sergio Sánchez.
    Un abrazo.
    Luis.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s