MESA DE AUTOPSIAS: ES UN TEMPLO.

Desde la mañana hasta muy avanzada la noche, un año tras otro, los enfermos y necesitados tocaban las puertas del hospital rogando ser adimitidos. Eran las víctimas de los accidentes de los edificios en construcción, los que sufrían enfermedades agudas y crónicas, los alcohólicos sin esperanza, los dementes, los quebrantados. Los más graves eran transportados en ambulancias tiradas por caballos que recibían aviso a través de una línea telegráfica exclusiva que conectaba cada distrito policial de Nueva York con el hospital”.

Howard Markel, An Anatomy of Addiction. Sigmund Freud, William Halstead, and the Miracle Drug Cocaine. 2011.

Conversando con un buen amigo, que durante su fructífera vida profesional ha ocupado importantes cargos en instituciones educativas y dentro del sistema estatal de salud, tocamos el tema de la situación de la infraestructura hospitalaria en Aguascalientes y lamentamos las dificultades que enfrenta el proyecto de la construcción y puesta en marcha del nuevo Hospital Hidalgo. Al mismo tiempo y en una de esas coincidencias espontáneas, comentamos el estupendo artículo aparecido el pasado 2 de octubre de 2011 en  la revista El País Semanal, que, como Día Siete en varios periódicos de México, se incluye en la edición dominical del diario español El País.

El artículo en cuestión se llama Hospitales con ‘buena salud’ y en él se presentan cinco centros hospitalarios españoles que, pese a la grave crisis económica por la que atraviesa la Península Ibérica, han destacado por su calidad en varios rubros de acuerdo a la evaluación llevada a cabo por Iasist, una empresa indepeniente que, según expone en su página web, es “una empresa de servicios profesionales de valor añadido que ofrece a proveedores de servicios sanitarios, financiadores e industria sanitaria la información de contenido clínico y económico necesaria para la mejora de la calidad y la eficiencia de sus organizaciones y de los servicios prestados a sus clientes”. Para ello, Iasist “combina el conocimiento de un equipo humano altamente especializado y las mayores bases de datos de contenido clínico, tanto nacionales como europeas”. La misión de esta empresa es “contribuir a la mejora de la atención sanitaria mejorando la información para la gestión”.

Lo que uno lee en el artículo es verdaderamente asombroso. Una fascinante combinación de ciencia avanzada con generosas dosis de humanismo que hace de estos lugares verdaderos ejemplos para quienes trabajamos en un hospital público. Las instituciones que se muestran en la publicación son el Hospital Clínico de Salamanca, el Hospital Universitario Son Espases de Palma de Mallorca (Islas Baleares), el Hospital de Torrevieja (Alicante), el Hospital Universitario Mutua de Terrassa (Barcelona) y el Hospital Universitario de Cuidad Real. De éste, el artículo señala lo siguiente:

 

Estamos en el Hospital Universitario de Ciudad Real. En menos de una década se ha ganado un lugar de excelencia. Moderno, largos pasillos amarillos con citas cervantinas sobre el Quijote, o un piano en el salón de actos.

 

¿Se imaginan ustedes citas de “El laberinto de la soledad” o frases de “Pedro Páramo” pintadas en las paredes del nuevo Hospital Hidalgo? Impensable para quienes sólo conciben un hospital público anclado en su visión arcaica y estrecha de la medicina. Un lujo inaceptable para los que nunca se han dejado impresionar por la grandeza del espíritu humano cuando éste se propone servir a los más necesitados sin escatimar los medios materiales necesarios, sin fingir la calidad de la atención y sin devaluar la práctica de la verdadera medicina. En un mundo de indignados, el manido argumento de la finitud de los recursos se está haciendo añicos.

En el Hospital de Torrevieja, en la provincia de Alicante, cerca de Valencia, se ha instalado un sistema informático que opera como el sistema nervioso, el cerebro del hospital, al que han bautizado con el nombre de Florence en honor a Florence Nightingale, la fundadora de la enfermería. Leamos cómo lo describe el propio artículo:

Hospital de Torrevieja, en Alicante. Abundan el cristal, el acero, los patios interiores ajardinados y los pasillos inundados por esa luz blanca levantina. El aire, filtrado, no huele a formol. Aquí todo el mundo habla de ‘Florence’, pero no es una persona, sino el sistema nervioso inteligente del hospital… Aquí no hay mostradores de información. Vienes a una consulta, pasas el código de tu tarjeta sanitaria por un lector láser o una pantalla táctil y ya estás en los brazos de ‘Florence’. Al otro lado, el médico mira en su pantalla tu historial, las consultas anteriores, urgencias, pruebas radiológicas, intervenciones, ingresos, tus visitas previas… Todo… ‘Florence lo ve todo’.

 

Parece ciencia ficción, ¿verdad? Pero la tecnología no lo es todo en el Hospital de Torrevieja. Existe allí mismo una unidad de cirugía oral, máxilofacial y odontología para discapacitados. En ese servicio es atendida Ángela, una niña de 11 años que tiene parálisis cerebral. Nunca ha hablado y uno de sus mayores sufrimientos era simplemente la incapacidad para contener la saliva que se acumulaba en su boca y se desbordaba mojando su pecho. Con una pequeña operación en las glándulas salivales el problema ha quedado resuelto. Ni siquiera se nos ocurre pensar que, para personas como Ángela, “la extracción de una muela o una limpieza de boca suponen un problema que casi nadie sabe solventar”. El doctor Luis Jiménez, jefe de la unidad, dice que “son las personas más desfavorecidas las que más ayuda necesitan. La cara es la parte que más dice de la persona”. Y Luis Miguel Ariza, el periodista que escribe el artículo remata: “Asistir a los más desfavorecidos dignifica la sanidad pública”.

Conozco bien la ciudad de Terrassa. Está apenas a 8 km de Sabadell, mi ciudad natal, con la que por años tuvo una rivalidad en el terreno de la industria textil. Por el artículo me entero de que en Terrassa nació hace más de cien años la Sociedad Mutua contra los Accidentes de Trabajo para asistir a los trabajadores de las fábricas. Aquella institución se convirtió con el paso del tiempo en el Hospital Universitario Mutua Terrassa. Entre otras muchas acciones médicas de avanzada, la Mutua Terrassa es el único centro en España que usa la tecnología de los ultrasonidos de alta intensidad (high intensity focused ultrasound o HIFU, por sus siglas en inglés) para operar tumores como algunos miomas uterinos de difícil extirpación quirúrgica. Según el doctor Antonio Pesarrodona, jefe de ginecología y obstetricia, “los tumores se queman con precisión milimétrica”.

Cuando uno conoce lo que son capaces de realizar hospitales como los que describe el artículo de El País Semanal, no puede dejar de pensar en la realidad cotidiana y tratar de responder a la pregunta que golpea con insistencia las puertas de nuestra conciencia: ¿por qué nosotros no? La respuesta más fácil, que anestesia momentáneamente nuestro espíritu perturbado es: porque nosotros no tenemos tantos recursos. Pero sabemos que esa es un respuesta falaz.

Volviendo a la conversación que sostuve con mi amigo días atrás, durante un momento nos enzarzamos en la búsqueda de la palabra que mejor describiese la delicada y altísima responsabilidad de un hospital público. Él la encontró antes que yo. Lo capté de inmediato cuando la pronunció: un hospital público es un templo. Y esa es justamente la razón por la que no se puede jugar con la salud de un pueblo: es sagrada.

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