MESA DE AUTOPSIAS: RECUERDA QUE MORIRÁS (MEMENTO MORI).

Traigo la muerte, responde el extraño. Mi aliento hace que los niños se marchiten como lo hace la nieve primaveral con los brotes tiernos. Traigo la destrucción. No importa lo bella que sea una mujer, una vez que me mira se vuelve tan fea como la muerte. Y a los hombres no sólo les traigo la muerte, sino la destrucción de sus hijos y la ruina de sus esposas”.

Antigua leyenda de los indios pima.

            No se sabe con exactitud cuántos murieron durante la epidemia de peste bubónica del siglo XIV, pero se ha estimado que con ella desapareció posiblemente el 33% de la población europea de aquel entonces. Eso significa que entre 1347, el año en el que la peste llegó a Sicilia y 1352, cuando arribó a las llanuras que se extienden frente a Moscú, el viejo continente perdió 25 millones de los 75 millones que lo poblaban.

La epidemia fue mucho más cruel con los niños y las mujeres, que perecieron en mayores cantidades que los hombres. Al vivir la mayor parte del tiempo dentro de sus hogares, estaban más expuestos al riesgo de contraer la enfermedad que los amenazaba en las ratas portadoras de la pulga Xenopsylla cheopis. La pulga lleva en su intestino a Yersinia pestis, la bacteria que causa la peste y la transmite a todo a aquel que pica para alimentarse de su sangre.

John Kelly, el autor de La gran mortandad. Una historia íntima de la Peste Negra, la epidemia más devastadora de toda la historia (The Great Mortality. An Intimate History of Black Death, the Most Devastating Plague of All Time. Harper Collins Publishers, 2005), señala que la epidemia de peste bubónica hubiese sido un gran logro para cualquier enfermedad errante, pero es especiamente extraordinaria para una enfermedad que no es propia de los seres humanos. La peste es una enfermedad de los roedores. Los seres humanos representan solamente víctimas colaterales en la lucha titánica entre el bacilo de la peste y la población mundial de ratas.

Para que Yersinia pestis causase una epidemia de las proporciones de la Peste Negra, Kelly nos dice que debieron conjuntarse una serie de fenómenos extraordinarios. Y aunque nunca sabremos cuáles fueron, desde el año 1250 en adelante ocurrieron una serie de cambios sociales, económicos y tal vez ecológicos que hicieron insalubres grandes extensiones de Eurasia. Uno de esos factores fue el aumento de los flujos comerciales. La unificación de los mongoles acercó a los mercaderes, los oficiales tártaros y sus ejércitos a algunos de los focos más virulentos de la peste que hasta entonces habían permanecido aislados. Los roedores y sus pulgas, que en otras circunstancias hubiesen muerto en la soledad del desierto del Gobi o de la tundra siberiana, fueron transportados por las caravanas, acompañaron a los ejércitos en sus desplazamientos y cabalgaron con los jinetes mongoles a lo largo de cientos de kilómetros.

Se dice también que ciertos trastornos medioambientales jugaron un papel relevante en el origen de aquella epidemia. Existen informes de que varias décadas antes ocurrieron diversas erupciones volcánicas en Italia, terremotos en Italia y Austria, grandes inundaciones en Alemania y Francia, aumentos muy notables de la marea en Chipre y plagas de langosta en Polonia.

John Kelly nos advierte que tomenos con cautela los informes de esos desastres naturales porque posiblemente fueron exagerados y solían tomarse como expresiones de la ira divina. Sin embargo, ahora sabemos con mayor certeza que a principios del siglo XIV se dio una de las mayores tensiones medioambientales de los últimos dos mil años, provocada al parecer por el incremento inusual de la actividad sísmica de los océanos. Y también sabemos que esas catástrofes suelen presentarse justo antes de las grandes epidemias de peste porque desplazan grandes cantidades de roedores desde sus asentamientos naturales a las comunidades humanas en la búsqueda de alimento y cobijo.

En estos días la epidemia de peste bubónica del siglo XIV volvió a cobrar actualidad porque la comunidad científica logró “leer” –secuenciar es la palabra técnica– el material genético de la bacteria Yersinia pestis que causó la muerte de miles de ingleses en aquellos años aciagos. Este estudio fue publicado hace unos pocos días en la prestigiosa revista científica Nature, que acompañó el informe con un artículo adicional publicado el pasado 27 de octubre de 2011 titulado La Peste Negra descodificada. En él nos enteramos de que cuando la peste llegó a Londres, sus habitantes empezaron a cavar las fosas para los cadáveres.

En 1348, Ralph Stratford, Obispo de Londres, dedicó varias hectáreas de terreno adquiridas por él para enterrar a las legiones de víctimas que morían todos los días. Los cementerios de las iglesias ya no se daban abasto debido la creciente demanda de espacio. En un par de años, de un tercio a la mitad de los 40 a 100 mil londinenses sucumbieron por la enfermedad. En el momento de mayor mortalidad, se llegaron a enterrar 200 cadáveres cada día. De ahí que se habilitaran dos grandes cementerios llamados East y West Smithfield.

En 1980 se excavó el cementerio de East Smithfield y se desenterró un tercio de los dos mil cuatrocientos cuerpos que yacieron allí. Algunos estaban apilados formando cinco capas. A pesar de la urgencia del momento, los muertos fueron enterrados en orden y siguiendo las reglas del rito cristiano. Eso le dio la oportunidad a los científicos para investigar una enfermedad que había diezmado Europa seis siglos antes.

Con una nueva tecnología para secuenciar material genético dañado que se encuentra en los huesos que han permanecido enterrados durante cientos de años, los investigadores pudieron obtener resultados más confiables que los que ya antes se habían publicado sobre este asunto. Participaron algunos de los científicos que ya habían secuenciado el material genético del hombre de Neandertal (véase “La herencia de los cavernícolas”, publicada en mayo de 2010  en esta misma columna).

El equipo encabezado por Hendrik Poinar, un paleogenetista de la Universidad McMaster de Hamilton, Canadá y Johannes Krause, otro paleogenetista de la Universidad de Tübingen en Alemania, utilizó una especie de cebo molecular para recuperar los restos de la bacteria de la peste bubónica en algunos de los esqueletos enterrados en East Smithfield. Y tuvieron éxito. En efecto, se trataba de Yersinia pestis, lo que siempre se había sospechado sin pruebas contundentes hasta hoy. Poinar y Krause piensan que la bacteria de la peste bubónica del siglo XIV está en la raíz evolutiva de las 17 cepas actuales de Yersinia pestis. Es decir, que aquel germen terrible es poco menos que el antepasado de las bacterias de la peste que todavía hoy se encuentran entre nosotros.

Aunque lo escrito en las líneas precedentes parece solamente un tema de interés para los especialistas en enfermedades infecciosas y, especialmente, para aquellos que somos aficionados a la historia de la medicina, puede tener en realidad una actualidad soprendente porque hoy, como nunca antes, se vuelven a conjuntar aquellas condiciones que fomentaron la aparición de la peste bubónica en el siglo XIV. Hay una enorme movilidad de seres humanos a lo largo y ancho del planeta, inmensas masas humanas que viven en la más profunda miseria y en condiciones de gran insalubridad y existen también perturbaciones medioambientales –léase cambio climático– cuyas consecuencias somos todavía incapaces de anticipar. Tiempo al tiempo.

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