MESA DE AUTOPSIAS: LA MUDANZA DEL ALMA (cuarta y última parte).

Hay que admitir que el estado dionisíaco del cuerpo no se gana fácilmente y menos el del cuerpo femenino, que ha sido visto por siglos como algo abominable. O se le ha dado un valor excesivo o ha sido completamente ignorado. Concebido como el segundo sexo, el primer borrador, el sexo fallido, el premio de consolación, el súcubo, el ‘homo interruptus’. Somos lascivas, mojigatas, bestiales, etéreas. Hemos hecho nacer más metáforas ilegítimas que embriones no deseados”.

Natalie Angier, Woman. An Intimate Geography. 1999.

            Cuando uno lee sobre la problemática del aborto percibe de inmediato la tensión existente entre la madre y el embrión. Una tensión que más que serles propia –aunque la madre la puede sentir hacia un hijo no deseado– se origina entre aquellos que los defienden a ultranza enfrentando los derechos que a cada uno les corresponden.

Sin embargo, no cabe duda de que en esa pugna entre los partidarios de la liberalidad y el conservadurismo existe una terrible asimetría que lesiona tanto a la madre como al embrión.

Habrá quien sostenga que los miles de millones de embriones abortados superan con mucho los sufrimientos que tienen que padecer las mujeres. Sin embargo, yo no creo que la tragedia de la madre sea menor que la del producto que está gestando en su vientre y pienso que muchas veces la sociedad ahonda y agrava el daño físico y sicológico de las mujeres.

La inmensa mayoría de las mujeres que abortan no lo hacen por deporte ni les resulta una experiencia agradable. Siempre es una pérdida, una renuncia, la admisión de un fracaso, de una incapacidad, sea esta real o fruto de una conclusión equivocada. Se debería decir que la mujer no aborta, sino que se ve obligada a abortar.

Justo en el número de noviembre de 2011 de la revista Letras Libres, Arnoldo Kraus, el reumatólogo y estudioso de estos y otros delicados temas, miembro de El Colegio de Bioética, A.C. publica una reflexión titulada Aborto: ayudar, no criminalizar, en la que señala que al igual que lo ocurre con la prostitución, el aborto demuestra la desigualdad entre los sexos.

Y hablando de la reciente decisión de la Suprema Corte de la Justicia de la Nación a favor de la penalización del aborto en los estados de Baja California y San Luis Potosí, Kraus señala que “el perfil de esas mujeres (las que abortan) es uno de los más crudos retratos de la desigualdad en México. La mayoría son pobres, muchas son indígenas y casi todas (o todas) han sido excluidas de las bonanzas de la educación y de la salud: la inmensa mayoría desconoce las medidas anticonceptivas y carecen de medios para acceder a ellas”.

Y el punto de los anticonceptivos es central en este debate. A las mujeres se les tiene entre la espada y la pared. Se les condena por abortar y, paradójicamente, se les niega la posibilidad de prevenir el embarazo no deseado con los diversos métodos anticonceptivos que hoy están disponibles.

Suponer que los seres humanos van a contener el impulso sexual y que no van a tener relaciones sexuales durante la etapa fértil es un disparate tan grande como afirmar –y así se acaba de hacer– que el aborto clandestino no es un problema de salud pública. Ya hemos conocido en los últimos años a lo que conduce el reprimir por decreto el impulso sexual del varón. Por eso resulta acertado en este contexto aquel dicho latino que rezaba semen retentum, venenum est (“el semen retenido es venenoso”).

Para tomarle el pulso a la tragedia de las mujeres que se ven obligadas a abortar, Gustavo Ortiz Millán, en su libro La moralidad del aborto (Siglo Veintiuno Editores, 2009), ofrece algunas cifras ilustrativas: según la Organización Mundial de la Salud, en 2007 se enfrentaban a un embarazo no deseado y deseaban abortar 42 millones de mujeres en todo el planeta. 20 millones se ven forzadas a recurrir a un aborto clandestino. En América Latina y el Caribe, son 3 millones 700 mil mujeres las que se someten a un aborto inseguro. Se estima que por cada 100 mil niños nacidos, hay 30 muertes maternas por abortos clandestinos. En México, el Consejo Nacional de Población estima –por ser ilegal en México, las estadísticas sobre el aborto en nuestro país no pueden ser exactas– en 102 mil el número de abortos inducidos o espontáneos por año y que han abortado el 17.8 % de las mujeres en edad reproductiva. Organizaciones no gubernamentales internacionales y mexicanas calculan que en este país ocurren al año  entre 500 mil y un millón 700 mil abortos.

Estas cifras demuestran que el aborto se sigue realizando al margen de las medidas legales punitivas, por lo que valor disuasorio es escaso. Con el agravante de que estas medidas obligan a la mayoría de las mujeres a buscar el aborto en la clandestinidad. Hay una minoría que lo hace con todas las garantías sanitarias y en la confidencialidad más absoluta: las mujeres de las clases sociales más favorecidas. Otro aspecto más de la discriminación relacionada con este problema.

Ortiz Millán cita a una alumna de su clase de ética cuyas palabras son muy demostrativas (las cursivas son del original): “Una mujer que espera a un hijo deseado es capaz de dar la vida porque nazca, pero una mujer que espera a un hijo no deseado es capaz de perder la vida para que no nazca”.

Nos sigue diciendo el doctor Ortiz Millán que “las mujeres que desean abortar y no tienen acceso a servicios de salud seguros y adecuados acuden a remedios caseros y se autoinducen abortos con ganchos para ropa, agujas para tejer, jeringas, infusiones, brebajes, etc. Estas mujeres acuden también a comadronas, yerberas o médicos no calificados o sin ninguna certificación oficial que les realizarán un aborto en condiciones con frecuencia inseguras e insalubres, que resultarán en complicaciones médicas muy serias, en esterilidad y, en ocasiones, en la muerte”.

En el mundo mueren al año unas 70 mil mujeres como consecuencia de estas complicaciones. En México, no tenemos una cifra confiable, pero según datos oficiales de 2005, el aborto representa la tercera causa de muerte materna. Es, por tanto, un verdadero problema de salud pública. Negarlo o minimizarlo puede significar tres cosas que no son mutuamente excluyentes: irresponsabilidad, ignorancia o cinismo. Como problema público, exige una solución consensuada.

En este sentido, entre los sectores conservadores de la sociedad han surgido iniciativas como las organizaciones que abogan para que la madre termine su embarazo y entregue el hijo no deseado en adopción. En esta medida late la esperanza de que la madre acabe aceptando a su hijo y desista del aborto y que incluso decida criarlo. El propósito es encomiable, pero es necesario conocer con objetividad su impacto real en la solución del problema. Hay voces conocedoras que consideran que la adopción no contribuye significativamente a la solución que se busca, especialmente en este país, donde los trámites necesarios son largos y engorrosos. Hay mucho por hacer para aligerarlos y hacerlos más eficientes.

En el fondo, como en otros muchos problemas de México, se encuentra la muy deficiente calidad de la educación pública. Y no sólo me refiero a la calidad de la educación básica, sino también a la de la educación sexual. Desafortunadamente, seguimos viendo muy lejana la posibilidad de que las cosas cambien para bien en el panorama educativo. Es una tarea colosal que los gobiernos sucesivos han pospuesto en aras de asegurar un inmovilismo social que les permite obtener el poder y perpetuarse en él.

Si para los sectores más conservadores de nuestra sociedad la despenalización del aborto antes de las 12 semanas de gestación es inadmisible por las razones ya expuestas, la penalización del mismo y el consecuente encarcelamiento de las mujeres que abortan tampoco resulta una solución satisfactoria. Es más, va en contra de la más elemental caridad cristiana. Equivale a la estigmatización de las prostitutas –como María Magdalena– por aquellos judíos radicales que poco después, con la anuencia de los romanos, crucificarían a Jesús.

Según Arnoldo Kraus, el reciente respaldo de Suprema Corte de Justicia de la Nación a las iniciativas para penalizar el aborto aprobadas por los diputados de los Congresos de Baja California y San Luis Potosí desnuda a México ante el mundo. Un México que hoy sigue arrastrando vergonzosamente los viejos lastres del racismo, el machismo y una profunda injusticia social.

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