MESA DE AUTOPSIAS: LOS OTROS JINETES DEL APOCALIPSIS.

Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos dentro de una habitación”.

Blaise Pascal. 1623-1662.

            Mi padre siempre me decía que no entendía a la gente que no podía comer más porque se sentía llena. Después de haber sufrido las graves estrecheces de la posguerra civil española, él siempre podía engullir un bocado más. Yo tampoco acabo de entender a la gente que me dice que se aburre. Habiendo tantas cosas interesantes que saber y conocer en este mundo y tantas formas a la mano para estudiarlas y desentrañarlas, el aburrimiento ya no debería ser un problema.

Y no sólo es un problema, sino que parece ser uno de gran magnitud. A veces pienso que es el origen de la infelicidad de muchos seres humanos que, teniendo resueltas sus necesidades básicas, se enfrentan al vacío de no saber que hacer y tratan de llenarlo con todo tipo de actividades que, como los fuegos pirotécnicos en una fiesta, iluminen aunque sea sólo por un instante la oscuridad de sus vidas.

Y es una desgracia. Porque esa búsqueda incesante de novedades y distracciones los apartan de la posibilidad de gozar del conocimiento de tantas cosas interesantes que empiezan por el descubrimiento de uno mismo. Ya lo decía Erasmo de Rotterdam: El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento.

Aunque ya no está de moda buscar mediante la introspección las fuentes de la inspiración vital –ahora el estímulo tiene que venir de fuera y preferentemente encarnado en la última novedad electrónica–, yo pienso dedicar algo de tiempo durante las inminentes vacaciones navideñas a esa exploración interna. En los últimos 23 meses, parte de mi preocupación giró en torno a la Maestría en las Bases Moleculares del Cáncer cuya conclusión está ya muy cercana. Hace menos de una semana que entregué mi trabajo de recepción y estoy esperando en estos momentos el veredicto de los sinodales.

Por tanto, ha llegado el momento de buscar más claves para seguir en el camino sin aflojar el paso. Por fortuna, estoy rodeado de ellas, nado en un océano de pistas existenciales que me nutren y alimentan, que me incitan a seguir vivo y a no rendirme. Que renuevan en mí el entusiasmo –ese dios interior, que decía Louis Pasteur– por saber más y más, por transmitir lo que sé a otros y por aplicarlo en la solución de los problemas concretos que, tal como bien lo señalaba el escritor británico Charles Morgan, es una de las claves para no aburrirse:

Aunque los que no saben soñar sean más propensos al aburrimiento, la antítesis del aburrimiento no es el sueño, sino la pasión y la resolución de problemas inmediatos y concretos.

 

Aunque para algunos –médicos trabajólicos en primerísimo lugar– la inminencia de un período vacacional puede resultar amenazador, a mí siempre me parece el momento de hacer un alto y preguntarme sobre el rumbo que está tomando mi propia vida. Y si uno cuenta con buenos interlocutores para hacer esta reflexión, mucho mejor. El colmo de la felicidad se alcanza si se tiene la fortuna de que esos interlocutores vivan bajo el mismo techo que uno, es decir, que sean la propia familia. Para mi suerte, ese es mi caso.

Resultan también muy importantes los muy buenos amigos, que suelen ser pocos. Viviendo lejos de los epicentros del saber que bullen en actividad intelectual, los libros son siempre indispensables. Si no fuera por ellos, hace ya mucho tiempo que me dejaría llevar por la corriente, que es más poderosa que la del Golfo. Y las oraciones nunca deben faltar. Pedirle a Dios que no nos prive de la más necesaria de las cualidades: la capacidad de indignación. El día que deje de indignarme será indicio seguro de la muerte intelectual y afectiva que, como una pandemia a la que se suma el aburrimiento, corroe sin misericordia a buena parte de la inteligencia de una sociedad como lo nuestra.

Vayan ustedes sumando. Ya van tres jinetes del apocalipsis: la muerte intelectual, la afectiva –la falta de indignación es sólo su expresión– y el aburrimiento. Y ahí les va el cuarto: la prisa. No basta con alcanzar el éxito. Hay que hacerlo en el menor tiempo posible.

A este jinete le voy a dedicar en estas vacaciones un estudio detallado. Para eso tengo a la mano un trío de buenos libros que, sin haberlos siquiera empezado, me atrevo a recomendar. El primero se titula Del buen uso de la lentitud, de Pierre Sansot (Tusquets Editores, 2001). El segundo es Elogio de la lentitud, de Carl Honoré (RBA Bolsillo, 2004). Y el tercero no podía tener un título más sugerente para alguien nacido en la Península Ibérica: El arte de la siesta, de Thierry Paquot (José J. de Olañeta Editor, 2003).

Del segundo no puedo resistir la tentación de citar prematuramente parte de un capítulo que tiene que ver con el ejercicio de la medicina pública. El capítulo en cuestión se titula “La medicina: los médicos y la paciencia”:

Cuando me llaman, un asistente me introduce en el consultorio, donde un joven médico está sentado a su mesa. Todo, incluida la mancha de café en su corbata, exclama: “¡Date prisa!”. Tras musitar un saludo, me lanza una serie apresurada de preguntas… Quiere respuestas concisas y rápidas. Cuando intento ampliar los detalles, me corta en seco y repite su pregunta con más firmeza… Salgo del consultorio con los malos efectos de una “consulta interrupta”.

En el sobrecargado Servicio de Salud Nacional Británico, el tiempo medio que dura la visita del médico de cabecera es de unos seis minutos. Incluso en los hospitales privados y bien costeados, los médicos son presa del virus de la prisa. Los buscapersonas –que en México llamamos radiolocalizadores­– los tienen continuamente en movimiento, practicando lo que algunos llaman “la medicina a golpe de pito”.

La lectura de estos tres libros promete mucho. Seguro que su contenido será tema a tratar en futuras colaboraciones. Y cómo no va a ser así. Estos otros cuatro jinetes del apocalipsis nos traen por el camino de la amargura.

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