MESA DE AUTOPSIAS: LOS QUE SUFREN EN SILENCIO.

El Ministerio de Sanidad construyó una clinica púbica en nuestra antigua provincia. Su majestad imperial acudió a inaugurarla. La mitad del presupuesto de que disponía para la zona se gastó en que todo estuviese en las condiciones adecuadas a lo largo de la ruta que debía recorrer su majestad. Pintura, vallas, incluso un buldózer para echar cabañas abajo. En cuanto se fue, la clínica se cerró”.

Abraham Verghese, Hijos del ancho mundo. 2010.

            Empiezo a escribir a poco más de una hora de que termine este 2011. En los minutos postreros del año y en los primeros del que está a punto de llegar, quiero dirigir mis pensamientos a todos aquellos que no tuvieron la suerte que me tocó a mí. A quienes por la profunda injusticia en la que siempre ha estado sumido este país, no pudieron ir a la escuela o, si acudieron algunos años, fueron víctimas de un sistema educativo diseñado para acabar con las ilusiones y capacidades de los educandos, para convertirlos en los dóciles borregos de un rebaño que pertenece a los ricos propietarios de la hacienda.

Quiero recordar sus caras llenas de arrugas por la exposición crónica al sol inclemente de sus pueblos y ranchos. Esas frentes surcadas por una cadena de penurias cuyo agobio constante las vuelve una sola carga que impide recordarlas por separado. Hago un esfuerzo por volver a ver sus manos callosas y manchadas y sus pies de planta endurecida y agrietada, apenas cubierta por un huarache de llanta. Y los dedos de esos pies, con esas uñas engrosadas y deformes gracias a la convivencia cotidiana con los hongos.

Traigo a mi memoria su hacinamiento insalubre en los jacales o en esos guetos de sus “fraccionamientos de interés social”  que tantos premios nacionales consecutivos les han permitido cosechar a quienes hoy, orondos e intocados por el pétalo de una rosa, disfrutan sus grandes mansiones. Parias que reproducen ese hacinamiento apiñándose en la entrada del Hospital, entre llantos de niños y bocados de comida insana, mientras esperan la hora en la que les será autorizada la visita a sus parientes enfermos.

Evoco hoy a Martín Cortés, homónimo tanto del hijo legítimo del Conquistador como de su hermanastro, llamado el mestizo. El Martín Cortés que hoy quiero recordar fue un niño que conocí en el Hospital, abandonado y enfermo de diabetes hasta la médula, magro a fuerza de hambre y autoconsumo, que acudía a buscarme para venderme algo, desde una enciclopedia hasta un caramelo. Todo para conseguir la siguiente comida, la dosis de la siempre elusiva insulina o el antibiótico para burlar un rato más la acechanza perenne de la muerte.

Con él comprendí que se puede carecer de todo y sonreír. Que se puede estar muerto y andar por ahí como si nada, pidiendo una prórroga a la cita inevitable que en su caso no tardó demasiado en presentarse. En la autopsia –la única en la que he tomado una foto del rostro del cadáver con la determinación de no olvidarlo–, pude comprobar que en estos tiempos de tantos avances médicos, la ciencia sin caridad es uno de los muchos rostros que tiene la peor entraña del hombre.

Rememoro a Juanita, la niña con insuficiencia renal crónica terminal que acudía puntualmente a mi oficina para pedir unas monedas que le ayudasen a comprar su kit de hemodiálisis. Ese nexo con la vida cuya sola mención me revuelve las tripas al traerme de nuevo la imagen de aquel secretario gubernamental que no nos quería dar el dinero recabado en las máquinas dispensadoras de bebidas y chucherías del Hospital, para comprar por adelantado las conexiones con los riñones artificiales. ¿Qué ha sido de Juanita? ¿Vive todavía? No lo sé. Hace ya muchos meses que no me visita.

En los cuerpos de Juanita y Martín se reproduce con pavorosa minuciosidad la fisiopatología de la pobreza. Bajos de estatura y enjutos, incapaces de crecer sin ayuda, al borde de una extinción que siempre los alcanza, son para mí más verdad que los análisis de todos los expertos en las causas y consecuencias de la situación socioeconómica mexicana.

Haciendo un mayor esfuerzo, invoco también la figura de Rodolfo Pérez Flores, aquel hombre huraño que fue internado en el pabellón de cirugía del Hospital General de México, cuando me encontraba realizando allí mi internado de pregrado en septiembre de 1984. Con una enorme protuberancia en el cuello, mascullaba entre dientes sus desdichas de indigente crónico. La biopsia reveló la metástasis de un cáncer escondido en los recovecos de su hipofaringe. Pero el diagnóstico histopatológico soslayó la enfermedad principal: miseria heredada y heredable de la que no se puede salir ni con jaculatorias. En aquella ocasión, escribí:

Los desheredados de la Tierra existen. No son un invento literario. Son seres grises, amargos en sus comentarios, porque ven que la vida es un banquete del que participan otros sin que ellos hayan sido invitados. Su única función es, al parecer, la de ser contraste ante los que todo lo poseen. Gracias a su nimiedad, los ricos pueden sentirse como tales al verlos. No poseyendo nada, todo les es negado e incluso la salud arrebatada. Sobre ellos caen las desgracias. Son como los experimentos fallidos de Dios.

 

            El propósito de estas remembranzas –el principio de año está cuajado de propósitos– es triple. Por un lado, mantener vivo el fuego de la indignación. No la irritación caliente y violenta del que se sulfura, sino la ira fría y cortante que impide ser asimilado completamente por la cofradía de los autocomplacientes y los meapilas –ande yo caliente y ríase la gente–, siempre atenta a que no se hagan olas en el océano de la mezquindad. La indignación que, según Stéphane Hessel, siempre debe estar unida al compromiso.

Por otro lado, es una forma de prestar mi voz a todos aquellos que por pesimismo, cansancio, desengaño, ignorancia, falta de proteínas y temor azuzado desde la tribuna o el púlpito, han perdido la suya. Los que sufren en silencio sin pretenderlo, porque muchas veces ni siquiera son conscientes de que si hablasen harían temblar a más de uno.

Y el tercero es dedicar un recuerdo –léase apercibimiento– a los que siguen perdiendo el tiempo en discusiones bizantinas sobre la necesidad de contar no sólo con más camas de hospital, sino con un centro en donde también se forme como se debe –y no como es costumbre– a los médicos del futuro. A esos que, desde la comodidad de sus poltronas, sin mover un dedo, matan de lejos. Aquellos que describe tan bien Arturo Pérez-Reverte en la boca de Íñigo Balboa:

            Quien mata de lejos no prueba ni su brazo, ni su corazón, ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco, que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia.

            Quien mata de lejos es peor que los otros hombres porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso quien mata de lejos no sabe lo que pierde.

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6 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LOS QUE SUFREN EN SILENCIO.

  1. Hola:
    Soy un estudiante de medicina, compañero de Lourdes Mena ( por medio de sus correos conozco sus redacciones / post o ¨mesa de autopsias¨), me gustan mucho las reflexiones y el contenido social de las mismas, creo que concuerdo con la gran mayoría de sus afirmaciones, me da gusto que existan personas que expresen ese análisis sobre estos aspectos de nuestra sociedad/estado/país, fellicidades por su Blog, reciba un cordial saludo, feliz año nuevo.

    Att: Raúl Mejía

  2. Estimado Raúl:
    Gracias por tu comentario. El médico tiene, entre sus muchas obligaciones, el ser la voz de aquellos que no saben, no pueden o tienen miedo de elevar la suya propia.
    Luis Muñoz.

  3. Increibles reflexiones . Me recuerda usted a mi padre ( se llamaba ANGEL OVIEDO egresado de la UNAM en 1975…) que cosas tiene la vida. Yo soy mexicana y radico en España desde hace años. Tengo la suerte de ser patologa. Y gracias a eso he podido conocer este maravilloso blog, donde como decia mi papa: hay materia gris…..
    Hoy en dia es dificil encontrar personas con tanta lucidez mental, tanta elegancia para expresar las ideas y de la calidad humana que usted tiene.
    dice una cancion ( grupo calle 13) que en casa del pobre hasta el que es feto trabaja. Soy oriunda de Chiapas, sabe usted uno de los estados mas pobres.
    no me enrollo más ojala algun dia coincidamos en el espacio tiempo o si no es posible al menos en el facebook..
    isabel oviedo

    1. Estimada Isabel: Me abruma usted con sus inmerecidos elogios. Yo nac y viv hasta los 15 aos en Sabadell, Barcelona. Hace 36 aos que vivo en Mxico. Estudi medicina en la Universidad Autnoma de Aguascalientes (ciudad en la que vivo) y me form como patlogo en el Instituto Nacional de Ciencias Mdicas y Nutricin Salvador Zubirn en la ciudad de Mxico. Tengo cuenta en Facebook con mi nombre. Ah!, y tengo el privilegio de conocer el hermossimo estado de Chiapas, donde organic hace cinco aos un Congreso de la Federacin de Anatoma Patolgica de la Repblica Mexicana. Le mando un abrazo. Luis Muoz Fernndez.

  4. Estimado Patólogo Inquieto, estas reflexiones se han arremolinado en mi mente y en ese espacio que todavía no se dónde queda, pero que estoy segura no es mi sistema límbico, y alberga todos mis sentimientos y emociones ! Para alguien como yo, médica que trabaja en uno de los estados más pobres de este lastimado país, es algo cotidiano convivir con los representante de los extremos que mencionas, pobres que tienen nada y ricos que tienen todo menos la compasión y la vergüenza que hace falta para poder vivir y dormir tranquilos a pesar de la miseria que les rodea. Gracias por prestarnos tu voz, una voz tan clara y avasalladora! Un abrazo!

    1. Querida Maril: Yo tambin contemplo esos extremos todos los das. Gracias por tu sensibilidad y solidaridad. Un gran abrazo.

      Enviado desde mi iPhone

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