LAS PALABRAS DEL MÉDICO.

Nadie parece considerar las repercusiones del escaparate que constituyen las palabras: su influencia en cómo se ve a sí misma toda una comunidad, incluso en cómo ‘es’ la sociedad que habla una misma lengua y cómo goza y sufre a través de ella. Con el uso que cada uno da al lenguaje quedan retratados el político, el deportista, el actor, el vendedor de lavadoras ”.

Álex Grijelmo, Defensa apasionada del idioma español. 1998.

            El deterioro que está sufriendo la lengua española parece imparable y no tiene fronteras. Algunos podrán aducir que es parte de la evolución natural del idioma, pero no se puede ocultar que ese cambio se acompaña casi siempre de una pobreza de ideas que debería ser motivo de preocupación para todos, desde los padres de familia hasta las autoridades educativas.

Citado per Álex Grijelmo en su libro Defensa apasionada del idioma español (Taurus, 1998), el lingüista y coordinador del lenguaje de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, Max Hamann, sostiene que “los alumnos escriben como si hablaran”, y que además no hablan bien: “Llegan a las aulas universitarias con un vocabulario limitado al del ámbito familiar, al de las amistades, al del círculo de diversión. Por tanto, ingresan sin la habilidad desarrollada para dar nombres específicos y utilizan palabras genéricas como ‘cosa’, ‘esto’, ‘aquello’ o ‘eso’. Si les preguntas ¿qué es el amor? te responderán ‘el amor es cuando por ejemplo…’ o ‘es una cosa que…’”.

Las causas de este menoscabo lingüístico son múltiples. Una de las más importantes se encuentra en la supresión de las materias humanísticas en los planes de estudio de la educación básica. Aquí, Álex Grijelmo cita al economista y escritor español José Luis Sampedro: “Son rechazables unos programas de enseñanzas que, deslumbrados por los éxitos de las ciencias duras, postergan y subestiman los saberes relativos a la vida en sociedad y atraen hacia esas disciplinas a los estudiantes más prometedores, entrenados además en acatar la supremacía del lucro económico sobre todos los valores”.

Todavía recuerdo la primera historia clínica que elaboré como residente del primer año de medicina interna en el hoy Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. En aquella primera guardia en urgencias –por causas misteriosas se me incluyó entre los residentes debutantes a ese servicio–, el mundo se me vino encima y no terminé mis historias clínicas a tiempo. El Jefe de Residentes se apiadó de mí y me dejo terminarlas después de la revisión matutina. Sin embargo, al leer la primera enarcó una ceja. En ella, yo había escrito que “el paciente no tenía en su casa aves canoras. La última palabra me granjeó el perdón porque el doctor Samuel Wiebe la consideró rara y elegante.

Hoy deploramos con frecuencia la redacción deficiente de las historias clínicas. Y no son pocos los que suponen que se trata de una simple deficiencia de conocimientos médicos. Yo creo que buena parte del problema se encuentra en la mala calidad de la educación básica. No es posible redactar un texto coherente si no se tiene un vocabulario suficiente y si se carece de un pensamiento riguroso educado en las disciplinas humanísticas, mismas que han dejado de formar parte de la cultura general enseñada en las escuelas.

Como médico patólogo tengo la oportunidad de reflexionar sobre este tema casi todos los días. Basta echarle un vistazo a las solicitudes que acompañan a las muestran que se envían para estudio histopatológico. Desde la falta de los datos esenciales del paciente como la edad y el diagnóstico clínico, hasta la descripción errónea de los hallazgos clínicos, quirúrgicos o endoscópicos. ¿Qué utilidad puede tener para mí saber que el cirujano durante su exploración encontró “el páncreas feo”?

Lo mismo aplica para el ejercicio de mi propia especialidad. En la anatomía patológica, la descripción minuciosa es indispensable. En un escrito titulado Aprendiendo a ser alemán. Carta a un residente de patología, señalé lo siguiente:

Desde que empezamos la residencia, la descripción morfológica se vuelve una característica constante de nuestro trabajo. Una buena descripción constituye las tres cuartas partes del diagnóstico. Y para describir no hay como tener a la mano un buen manojo de palabras, aunque el médico clínico no las lea. Palabras abundantes, diversas, que hablen por si solas aún en ausencia de imágenes. Hoy que las nuevas generaciones reciben y emiten buena parte de la información que utilizan a través de imágenes digitalizadas, las palabras más que abreviarse, se amputan y su uso se escatima con inexplicable, aunque gozosa, avaricia. Parece que volvemos a los gruñidos y monosílabos del cavernícola. Los patólogos debemos hacer gala de un lenguaje preciso. Esa precisión que tan bien definía Mark Twain: “La diferencia entre la palabra correcta y la que casi

es la correcta es la que existe entre el relámpago y la luciérnaga”. Nada sustituye al

conocimiento de las palabras que usamos cotidianamente y que son las propias de nuestro

ejercicio profesional.

Otro factor que contribuye sustancialmente al empobrecimiento de ideas y sus expresiones –léase deterioro humano– que, al igual que al resto de los profesionales, afecta a los médicos en formación y en ejercicio es la poca afición a la lectura. Es desalentador comprobar con frecuencia que el tema de conversación entre un número significativo de colegas versa solamente sobre temas relativos al trabajo cotidiano. Ya lo advertía el doctor Álvaro Gómez Leal: “El que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”.

Nuestra profesión, como pocas, ofrece la oportunidad de adquirir un lenguaje preciso y elegante que nos permite acercarnos con mayor seguridad a esa verdad elusiva que es el diagnóstico correcto, punto de partida de toda acción médica digna de lo que se espera de ella. Creo incluso que el cultivo esmerado de un lenguaje adecuado debe incluirse entre los obligaciones del médico. Como debe serla también la capacidad para traducir ese lenguaje en palabras que al paciente le ayuden a comprender cabalmente su enfermedad y de las decisiones que pretende tomar su médico al respecto.

Por eso me asombró y emocionó encontrar en el libro titulado La elegancia del erizo de Muriel Barbery (Seix Barral, 2007) una espléndida referencia a las bondades del lenguaje médico –aunque en este caso se refiera a la medicina animal– en boca de la protagonista que cita las palabras utilizadas por una futura médica veterinaria al describir la enfermedad de una gata:

Dios mío, qué deleite. Si hubiera dicho: tenía sangre en el pis, el asunto se habría despachado visto y no visto. Pero Olimpia, vistiendo con emoción la bata de doctor de los gatos, se ha adornado a la vez de la terminología que le es propia. Siempre me ha causado un gran placer oír hablar así: “Su orina era levemente hemorrágica” es para mí una frase recreativa, eufónica y que evoca un mundo singular que distrae de la literatura. Por esta misma razón me gusta leer los prospectos de las medicinas, por la tregua que nace de esta precisión en el término técnico, que proporciona la ilusión del rigor y el estremecimiento de la sencillez, y convoca una dimensión espacio-temporal de la que están ausentes la tensión en pos de lo bello, el sufrimiento creador y la aspiración sin fin y sin esperanza a horizontes sublimes.

 

            ¿Podremos los médicos recobrar la avidez por la buena lectura y el cultivo esmerado de la expresión profesional a la altura de una obra literaria?

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4 thoughts on “LAS PALABRAS DEL MÉDICO.

  1. Tengo algo de tiempo leyendo este blog, pero nunca me había animado a comentar por miedo a mi mala ortografía, mi poco conocimiento de las palabras o mi aterradora sintaxis, mas sin embargo es un blog que me gusta por dos razones:1) usted es patólogo, especialidad a la cual aspiro y 2) escribe y o publica, cosa que pocos patólogos mexicanos hacen. A decir verdad si no fuera por el Dr. Perez Tamayo, yo no estudiaría medicina y no estaría interesado en la ciencia y en la patología.
    La razón por la que comento hoy es porque comprendo perfectamente a que se refiere en su escrito y sin lugar a dudas desearía que el día tuviera más horas para alcanzar así a leer los temas de la clase del día siguiente y a la vez para poder terminar aquella divina comedia de Alighieri, la fundación de Asimov o el premio nobel de Wallace, los cuales me esperan con paciencia en mi escritorio al lado de mi Guyton y mi Latarjet a los que debo a tender con mas diligencia pero con pena de repente dejo por complacer esos placeres que solo la lectura recreativa me brinda.
    El punto es que para un estudiante de medicina es algo complicado, aun que obligatorio, el prepararse académicamente a la vez que lo hace culturalmente.

    Tenga usted una excelente tarde.

  2. Estimado Adrián:
    No veo en ninguna parte de tu comentario esas faltas de ortografía, escasez de léxico ni la sintaxis horrorosa que tú mismo te achacas. Te agradezco tus palabras y te doy la bienvenida a la comunidad de los que deseamos leer más que lo que podemos. Es el sino trágico de aquellos que necesitamos leer para vivir. Y más si ejercemos cabalmente una profesión como la nuestra. Lo que no nos exime de seguir en el camino de la lectura y de la medicina con toda la fuerza de la que seamos capaces.
    Luis Muñoz.

    1. Hubiera yo ejercido la mitad de tan excelente redacción de Adrián, qué no hubiera logrado en mi comprensión del idioma mismo. De acuerdo con Adrián. Es un placer leer a Luis Muñoz. Leer para vivir.

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