EL MÉDICO PATRIOTA.

Los dos Adams (John y Samuel) tienen un lugar seguro en la historia al punto de que son tan reconocidos como Washington y Jefferson –en cuyas carreras públicas, y no por causalidad, Rush tuvo un papel muy destacado–. Y como ocurre con frecuencia, en las biografías de esos titanes, Benjamin Rush aparece cuando mucho como una nota al pie de la página”.

Alyn Brodsky, Benjamin Rush. Patriot and Physician. 2004.

            Como mexicano por naturalización tuve que aprender la historia de este país bien entrado en la adolescencia. Poco a poco y a lo largo de los últimos 35 años, he ido desentrañando algunas de sus incógnitas. No olvido lo extraño y hasta contradictorio que me resultó enterarme de que Agustín de Iturbide, quien como general del ejército realista había perseguido con saña a los insurgentes, fue el que al final de aquella guerra firmó los documentos que dieron nacimiento al nuevo país que llamamos México. Claro que la contradicción no existe y que todo tiene una explicación satisfactoria aunque poco conocida por un elevado número de nuestros compatriotas. Ese tipo de cosas –como muchos otros asuntos de capital importancia– no se enseñan en la escuela.

Interesado en el tema, no fue difícil extender esta predilección a la historia de la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica. No son pocas las conexiones que unen el nacimiento de ambos países, por disímbolas que nos parezcan hoy sus culturas. A mí me parece fascinante la personalidad y la actuación de los que Joseph J. Ellis llama Founding Brothers (Hermanos Fundadores), es decir, aquellos personajes que intervinieron directamente en los hechos que condujeron a la emancipación norteamericana, como James Madison, Alexander Hamilton, Aaron Burr, George Washington, John Adams, Benjamin Franklin y Thomas Jefferson, entre otros.

Como en todas las historias, existen en ésta personajes que parecen ser secundarios, pero que fueron en realidad tan o más importantes que los que luego ganarían la gloria imperecedera y la constante veneración de las siguientes generaciones de norteamericanos. Traigo a mi memoria dos: Thomas Paine y Benjamin Rush. La biografía e ideas del último tienen para mí un atractivo adicional. Benjamin Rush fue médico. Y no cualquier médico.

Alyn Brodsky, autor de Benjamin Rush. Patriota y médico (Benjamin Rush. Patriot and Physician. St. Martin Press, 2004), nos dice que cuando murió en 1813, Thomas Jefferson le escribió a John Adams para expresarle que “no nos pudo haber dejado un hombre mejor que Benjamin Rush, el más benevolente, instruido, el genio más fino y el más honesto”, a lo que Adams replicó que “no conocía ningún personaje vivo o muerto que hubiese hecho tanto bien a los Estados Unidos”.

Benjamin Rush (Byberry, Condado de Filadelfia, 1745) fue uno de los médicos norteamericanos y de los profesores de Medicina más consumados de su generación. Instruyó a más de 2,500 estudiantes y llegó a decirse que cada médico norteamericano destacado desde la Independencia hasta la Guerra de Secesión fue su alumno o pupilo de alguno de sus alumnos.

Fue uno de los primeros médicos en señalar que los trastornos mentales debían ser tratados como las enfermedades orgánicas, en lugar de encerrar a los dementes en manicomios. Por ello, hoy se le reconoce como el padre de la psiquiatría norteamericana.

Durante la epidemia de fiebre amarilla que devastó Filadelfia en 1793, Rush fue el primero en señalar que esta enfermedad, como la malaria, podía combatirse fomentando las medidas higiénicas y estableciendo condiciones medioambientales saludables.

También fue de los primeros poner orden en el tratamiento caótico de las diversas enfermedades, rechazando la nosología –la clasificación y descripción de los diferentes padecimientos– que estaba vigente en aquellos años. Depuró la farmacopea de sus muchos atavismos y panaceas que hoy consideramos “curas milagrosas”.

Se convirtió en un pionero de la fisiología experimental norteamericana, yendo más allá del estudio morfológico de la enfermedad.

Sus logros no se limitaron a la Medicina. Fue el que animó a Thomas Paine para que escribiese Sentido común, que puede considerarse como el fundamento conceptual de la independencia norteamericana. Trabajó y escribió para abolir la esclavitud y la pena de muerte, promovió el establecimiento de escuelas públicas, nuevas universidades y una mejor educación para las mujeres. Denunció los perjuicios ocasionados por el alcoholismo y el tabaquismo, fundó el primer dispensario gratuito de los Estados Unidos, introdujo la Veterinaria y fue uno de los primeros inspiradores del sistema penitenciario moderno.

También fue uno de los más ardientes agitadores para lograr la separación definitiva de las colonias norteamericanas de Inglaterra. Por ello, sirvió de manera muy destacada en la Guerra de Independencia como médico del Ejército Continental –el ejército de los insurgentes norteamericanos comandado por George Washington– y fue uno de los que firmó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, documento cuya lectura sigue transmitiendo la belleza de una causa justa.

Tengo en mis manos un texto interesante escrito por Benjamín Rush. Se titula Los vicios y virtudes de los médicos y forma parte de una recopilación de escritos médicos importantes reunidos en el libro Medicina y Civilización Occidental (Medicine and Western Civilization. Rutgers University Press, 1995).

En este ensayo, Rush clasifica los vicios de los médicos en tres categorías: 1)los relacionados con el Ser Supremo, 2)los relacionados con los pacientes y 3)los relacionados con sus colegas. Entre los primeros destaca la tendencia de muchos médicos a creerse los únicos autores de las curación de las aflicciones de sus pacientes, olvidando el poder que Dios tiene sobre la vida y la salud humanas. Siendo testigos de los temores con los que los seres humanos dejan este mundo y de la angustia terrible en la que quedan sumidos sus familiares, Rush destaca el beneficio y el consuelo que tienen unas palabras piadosas del médico en medio de tanta tragedia.

Entre los vicios relacionados con los pacientes, Benjamín Rush señala la falsedad. Las muchas mentiras con las que los médicos explican la causa y naturaleza de las enfermedades. Considera un crimen que los médicos fomenten falsas expectativas de curación y mejoría en aquellos que padecen enfermedades incurables que se encuentran en una etapa muy avanzada. Condena asimismo la forma inhumana en la que se conducen algunos médicos y su negativa a atender a los pacientes pobres, o el trato profesional de menor calidad que algunos brindan a los enfermos de escasos recursos. Por último, considera un vicio el seguir utilizando tratamientos obsoletos cuando existen modalidades terapéuticas nuevas y más eficaces.

Me llama poderosamente la atención que Rush se niegue a describir los vicios relativos a los colegas de la profesión médica. En sus propias palabras pasaré sobre esta parte desagradable de nuestro tema en silencio. Veo en ello la evidencia de un espíritu elevado que está por encima de la maledicencia.

Entre las virtudes –y seré aquí más breve para no caer en la autocomplacencia–, Benjamín Rush destaca los sacrificios y sufrimientos de los médicos en beneficio de sus enfermos, la entrega al deber profesional, el talante humanitario que se expresa en la atención a los más necesitados, incluyendo las contribuciones pecuniarias y los valiosos consejos que algunos médicos brindan a los pobres y, finalmente, el patriotismo, tanto en época de guerra como en los períodos de paz, del que el mismo Rush fue un ejemplo muy destacado.

Cuando leo lo que escribió Benjamín Rush mi espíritu se inflama de un sentimiento que me lleva a reflexionar sobre aquellos deberes que los médicos tenemos dentro de nuestra sociedad. En momentos como los que estamos viviendo en Aguascalientes, en México y en el mundo, pensar sobre ellos no sólo es necesario, es urgente. Hay que hacer algo.

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