ENSEÑANDO DE NUEVO LA ENFERMEDAD.

Cada rama de la ciencia tiene su unidad elemental: para la Física es el átomo, para la Química la molécula. La Medicina es tanto un arte como una ciencia; como arte, su unidad elemental ha sido siempre el paciente; como ciencia, su unidad es la célula”.

Guido Majno e Isabelle Joris, Cells, Tissues and Disease. Principles of General Pathology. 2004.

            Hace casi 13 años que dejé de impartir la cátedra de Anatomía Patológica en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, si bien seguí enseñando Histología hasta hace cinco años. Habiendo ganado esa cátedra mediante examen de oposición, tuve que renunciar a ella debido a varios factores. El cambio en la distribución de las diferentes asignaturas en el plan de estudios de la carrera de Medicina tornó imposible por cuestiones de tiempo seguir como profesor de Anatomía Patológica. Ofrecí una posible solución al solicitar que se me permitiese impartir esa materia en el Hospital Hidalgo –solución que, además de facilitarme a mí las cosas, acercaría a los alumnos al Servicio de Anatomía Patológica, en donde podrían colaborar en las áreas de Patología Quirúrgica y Autopsias, con un lógico beneficio para ellos– pero recibí una negativa tan tajante como inexplicable.

Para quienes disfrutamos profundamente del contacto con los estudiantes y sentimos un impulso casi obsesivo por instruir a los futuros médicos, apartarnos de la actividad docente no resulta fácil ni puede ser algo muy duradero. Claro que durante todos estos años he podido canalizar esta vocación docente –uno de los deberes irrenunciables del médico– a través de diversas vías.

La preparación semanal de estas colaboraciones periodísticas ha sido una de ellas. También lo es el contacto cotidiano que tengo en el Hospital con los colegas, residentes, médicos internos y los propios estudiantes de medicina que realizan sus prácticas clínicas en espacios que hace tiempo ya dejaron de ser idóneos para el adecuado ejercicio de nuestra noble profesión y para la transmisión fiel de los conocimientos que convierten al estudiante y al médico becario en el profesional que desearíamos formar. Estos obstáculos son un reto cotidiano para los que allí trabajamos y si se superan con regular y asombrosa frecuencia se debe al esfuerzo subestimado de todos los implicados, que, con la férrea y fatalista convicción de un ejército sitiado que se sabe condenado, hemos dejado ya de esperar los refuerzos largamente solicitados. ¡Lo que se podría lograr si contáramos con las condiciones óptimas para trabajar y enseñar!

Tras un retorno a las aulas desde principios del 2011, ahora en la jovencísima Escuela de Ciencias Biomédicas de la Universidad Cuauhtémoc Campus Aguascalientes, habiendo impartido en ese lapso dos cursos, uno de Histología y otro de Biología Molecular aplicada a la Medicina Clínica, me encuentro a unos pocos días de retomar la cátedra de Anatomía Patológica. Un regreso a la enseñanza de lo que mejor conozco –la Histología está también en esa categoría– y en lo que trabajo todos los días desde hace ya 21 años. Una gran oportunidad para volver a repasar aquellos temas de la Patología General que son la base de la comprensión de eso que llamamos enfermedad. La ocasión inmejorable de aprender más y mejor ante la responsabilidad que implica tener que enseñar.

Juventud es muchas veces sinónimo de flexibilidad. Aquellos que hemos rebasado la media centuria lo constatamos todos los días. Como reza el refrán, “no es lo mismo Los Tres Mosqueteros que Veinte años después”. En este caso, lo que se dice de los seres humanos puede aplicarse también a las instituciones docentes. Ya señalaba en el párrafo previo lo novel de la carrera de Medicina de la Universidad Cuauhtémoc Campus Aguascalientes. Hace apenas unas semanas nos enterábamos de la salida al internado de pregrado de su primera generación de estudiantes de medicina. Esa juventud institucional, incluyendo las de sus directivos, ha permitido dar cauce a varias de las inquietudes académicas de los profesores entre los que mi esposa y yo mismo nos contamos. Nuestras ideas sobre el contenido de los programas de las materias que impartimos o sobre las mejoras a las estrategias para facilitar el proceso de enseñanza-aprendizaje son bien recibidas y, para mi asombro, son analizadas y tomadas en cuenta en un número significativo de ocasiones para su pronta aplicación en las aulas, los laboratorios y los diversos servicios clínicos a los que acuden los estudiantes. Claro que deben vencerse algunas resistencias de vez en cuando.

Así que en unos pocos días volveré a enseñar la enfermedad, es decir, a convencer a los jóvenes estudiantes de que la enfermedad no es algo etéreo e inasible, sino que en muchísimas ocasiones se expresa a través de cambios estructurales en las células, los tejidos y los órganos. Cambios que van desde lo que se aprecia simple vista –la patología macroscópica–, hasta aquello que exige el uso del microscopio –la patología histopatología– o de las más avanzadas técnicas de la biología molecular para ser detectado.

Es muy estimulante saberse depositario de lo descubierto por aquellos grandes anatomistas y patólogos de antaño –Morgagni, Malpighi, Benivieni, Bichat, Hunter, Baillie, Rokintansky, Virchow, etc. – y, a la vez, ser testigo y partícipe de la gran revolución médica actual que está impulsando el conocimiento del genoma humano y la aplicación de técnicas moleculares que penetran cada vez con mayor profundidad en los secretos de la materia viviente, tanto sana como enferma.

Y es también muy importante poner en el contexto adecuado todos estos conocimientos que tanto nos apasionan. Por un lado, el profesor de Anatomía Patológica en una escuela de Medicina debe recordar que sus alumnos serán los médicos clínicos y los cirujanos del futuro y que, salvo rarísimas excepciones, no se convertirán en médicos patólogos como él. Por tanto, lo que les enseñe de su ciencia debe gravitar en torno a los mecanismos de las diferentes enfermedades. Los cambios anatómicos de la enfermedad –que son el objeto de estudio cotidiano del patólogo– deben ser sólo el paisaje de fondo, el referente que fije en la joven mente de los estudiantes la realidad tangible de las desviaciones morbosas. No debemos abrumar a los alumnos con los infinitos rostros anatómicos, macro y microscópicos, de la enfermedad ni con las listas inabarcables en las que ésta se clasifica. La disciplinas anatómicas deben ser en los cimientos y los andamios sobre los que se construya con paciencia y minuciosidad el edificio del conocimiento médico.

Por otro lado, el conocimiento de la Anatomía Patológica debe estar al servicio de los enfermos, es decir, deben servir para que el futuro médico ejerza su profesión con las bases científicas que garanticen una práctica de la Medicina de la más alta calidad. No se trata de una mera curiosidad intelectual. Es la necesidad de saber lo más posible para servir lo mejor posible.

La medicina con una base científica sólida, si se conjuga con un profundo sentido humano que pasa por la compasión –padecer con– hacia el enfermo, nos acerca a la profesión ideal que deseamos practicar y que también quisiéramos transmitir a las futuras generaciones. Es lo que más se ajusta a la definición del doctor Edmund D. Pellegrino: la Medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias y la más científica de las humanidades.

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