COTO DE CAZA.

El coleccionismo entraña una cierta contradicción, pues consiste en acumular un determinado tipo de objetos para llenar un vacío psicoafectivo, pero al mismo tiempo ese ‘hobby’ genera insatisfacción, ya que el coleccionista es un perpetuo Tántalo: por muchas y buenas piezas que atesore, siempre estará incompleta su colección, y en cierto modo más vale que así sea, para seguir conservando la ilusión de aumentarla y mejorarla”.

Francisco Mendoza Díaz-Maroto, La pasión por los libros. Un acercamiento a la bibliofilia. 2002.

            Esta semana estuvo llena de señales en torno a mi afición principal: la adquisición y la lectura de libros. Todo empezó el lunes, cuando en Xl Semanal, revista que en su formato impreso se distribuye con varios periódicos españoles, Arturo Pérez-Reverte escribió un artículo titulado Sobre libros, cañas y tapas. En él, el famoso escritor y miembro de la Real Academia de la Lengua, empieza relatando una de sus habituales paseos para comprar libros. En esta ocasión, Pérez-Reverte visitó la Cuesta de Moyano, nombre popular que recibe la calle madrileña Claudio de Moyano en honor al político zamorano de ese nombre que fue autor de la Ley de Instrucción Pública de 1855. Esta calle se caracteriza por tener numerosas casetas de venta de libros, muchas de ellas son librerías de viejo, es decir, que venden libros de segunda mano.

Arturo Pérez-Reverte establece una analogía entre la adquisición de libros y la cacería. Esta comparación es muy querida para mí, porque yo mismo he pensado muchas veces en ese paralelismo y creo que los bibliófilos debemos cultivar la misma paciencia que distingue al cazador que sabe esperar el momento oportuno para cobrar una buena pieza. He aquí las palabras de Pérez-Reverte:

Unos cazan conejos o venados, y otros cazamos libros. Transcurre una de esas mañanas frías y soleadas de Madrid, cuando las casetas de la cuesta Moyano se alinean en una luz cegadora con sus mostradores y tenderetes llenos de libros de lance. Entre esos naufragios de librerías, pecios de bibliotecas, restos flotantes de vidas y mundos desaparecidos, me muevo atento y sigiloso como un francotirador adiestrado por viejos hábitos. Dispuesto, como estipulan las reglas, a actuar sin piedad frente a otros eventuales cazadores, madrugándoles la pieza codiciada. Llevo así hora y media, mirando, tocando, husmeando como un depredador pertinaz, del mismo modo que mi teckel Sherlock lo haría, si su amo le permitiera hacerlo, tras el rastro de un codiciado jabalí. Con el pálpito en el corazón y el hormigueo en los dedos sucios de buscar y rebuscar que siente todo psicópata de los libros en lugares como éste. Ávido por cazar hasta sin hambre. De colmar el zurrón aunque vaya bien repleto.

 

Cuando uno vive lejos de los grandes centros culturales donde conseguir libros es relativamente fácil, debe aguzar sus sentidos, pulir sus habilidades y aprovechar todas las oportunidades para conseguir los objetos deseados. En ese sentido, la llegada de la Internet y la existencia de páginas electrónicas de las principales librerías de México y de otros países ha sido una verdadera bendición. Aunque muy conveniente, la compra de libros on line es un tanto fría e impersonal, aunque, justo es reconocerlo, algunas de estas librerías, se esmeran por ofrecer un trato más cálido reconociendo a cada uno de los clientes mediante las famosas cookies, dispositivos informáticos que le permiten a la tienda virtual almacenar información clave de los clientes para reconocer sus preferencias.

Días atrás, el doctor Jorge Anselmo Valdivia, ávido lector y mejor amigo, me habló de un libro muy interesante del que sólo recordaba parte del título. Signos, me dijo, un libro que versa sobre la exploración física que los médicos realizan para detectar aquellos indicios que conducen al diagnóstico de la enfermedad. El doctor Valdivia me dio dos pistas más. Me dijo que ese libro le había sido mostrado por un colega y amigo de ambos, el doctor Mario Alfredo Chávez, reumatólogo reputado que, como nosotros, también goza el placer inefable de la lectura y que, al parecer, había obtenido el misterioso texto en uno de sus viajes a la Argentina. Apenas me dejó el doctor Valdivia, cuando marqué el número del doctor Chávez que tampoco recordaba el título y, mucho menos, el autor o autora del libro. Decidí iniciar la pesquisa por mi mismo recurriendo a esa maravilla informática que son los motores de búsqueda. Por fortuna, encontré con rapidez lo que buscaba. Se trataba de Los signos. El médico y el arte de la lectura del cuerpo, escrito por Karin Johannisson y publicado por la editorial Melusina en 2006.

La editorial Melusina no es muy conocida en este lado del Atlántico, lo que me llevó a investigarla. En su página electrónica señala que “nace en el año 2002… Melusina entiende que no hay incompatibilidad entre el negocio editorial y la oferta en el ámbito de las ciencias humanas y sociales, tan denostado en los últimos años, y tiene la intención de aportar con este sello editorial las más sugerentes formas de interpretación de las nuevas realidades a un público que no ha estado lo suficientemente atendido hasta ahora. Es esta voluntad de contactar con el lector motivado la que mueve nuestro proyecto editorial”. Melusina tiene su ubicación en Santa Cruz de Tenerife, capital de la Comunidad Autónoma de Canarias (Islas Canarias, España).

Karin Johannisson, la autora de Los signos. El médico y el arte de la lectura del cuerpo es profesora de historia de las ideas y del conocimiento en la Universidad de Uppsala, Suecia. La combinación de la recomendación de dos colegas bibliófilos, un tema muy interesante y una autora que parece muy competente en su campo profesional convirtieron este libro para mí en una verdadera pieza de caza mayor. Pero el intento por solicitarlo directamente a la editorial resultó infructuoso. El modo de pago a través de la tarjeta de crédito era demasiado complejo y representó un obstáculo infranqueable. Me quedaba una opción, buscar una librería argentina que lo tuviese y me lo pudiese enviar hasta México. De todas las que consulté, la que me ofreció condiciones favorables fue Prometeo Libros, que, en la primera consulta, tenía el libro en su catálogo electrónico. Sin embargo, no lo tenían en sus estantes, así que lo solicitaron a un proveedor.

Se conjugó el hecho de que en días recientes yo pasaría tres días en Buenos Aires, así que les pregunté a Jimena González, mi contacto en Prometeo Libros, si podría pasar en persona a recoger el ejemplar solicitado y ahorrarme de este modo los gastos de envío. Ella accedió de inmediato. Así que me dispuse a entrar en uno de los cotos de caza más codiciados por los bibliófilos de habla hispana: la Avenida Corrientes de Buenos Aires. Por fortuna, el hotel en donde me tocó alojarme se encontraba a una distancia que, tras una caminata nada despreciable, me permitiría alcanzar mi objetivo.

La Avenida Corrientes cruza de manera perpendicular a la Avenida 9 de Julio justo en donde se encuentra el famoso Obelisco de Buenos Aires, situado en la Plaza de la República. Este monumento que mide 67.5 metros de altura es uno de los emblemas más conocidos de la ciudad rioplatense. Caminar por la Avenida Corrientes es sumergirse en un universo de arte representado por sus numerosos cines y teatros, tiendas de discos, bares, cafés, pizzerías y, muy particularmente, por sus casi infinitas librerías. Se dice que fue en una de ellas donde Umberto Eco se inspiró para escribir su famosa novela El nombre de la rosa.  En la intersección de Avenida Corrientes con Riobamba, localicé Prometeo Libros y cobré la pieza ansiada. Creo que una vez que termine de leer ese libro, tendré motivos más que sobrados para dedicarle al menos una de estas colaboraciones.

Pero la cacería no terminó ahí. Al dìa siguiente y tras otra buena caminata, visité la librería El Ateneo, en la Avenida Santa Fe, que sienta sus reales en el edificio del que fuera el teatro Grand Splendid. Sólo por verse inmerso en ese ambiente único de la que, según el periódico inglés The Guardian, es la segunda librería más hermosa del mundo –sólo superada por la Bokhandel Selexyz Dominicanen de Maastricht, Holanda–, vale la pena la visita. Y para coronar este viaje que se convirtió en una verdadera experiencia cinegética y bibliofílica, todavía realicé el último día una incursión a Corpus Libros en la Avenida Tucumán, tras uno de esos raros ejemplares sobre adimistración de hospitales que me había encargado mi esposa Lucila. Regresé con el zurrón lleno.

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4 thoughts on “COTO DE CAZA.

  1. Como siempre un placer leer sus textos, seria genial que aqui en mexico tuvieramos librerias tan bellas como la del ateneo, no se diga tener tantas bibliotecas como hay de bancos o tiendas comerciales.

    PD:Le mando un afecutoso abrazo y le deseo un excelente inicio de semana

  2. Estimado Adrián:
    Muchas librerías, bibliotecas y, sobre todo, lectores, necesitamos en este país. Por eso debemos seguir pugnando para que las cosas cambien algún día, aunque a nosotros no nos toque disfrutar ese cambio. Te mando un abrazo.
    Luis.

  3. Pero que modernidad, claro que tenía que tener un blog doctor.
    Me encantaría volver a tener tanto tiempo para la lectura, espero y estoy tratando de retomarla poco a poco.

    Le mando un saludo, desde mi servicio social. (Diana Alvarado)

    1. Estimada Diana:
      ¡Siempre hay tiempo para leer, aunque sea un poco cada día! Ya llegará el momento en el que podrás disponer de más tiempo. El caso no es dejar le lectura, aunque por el momento sea poca.
      Un abrazo.
      Luis.

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