LA ESTRATEGIA COJA.

Nuestro conocimiento de […] los defectos moleculares del cáncer proviene de veinte años de dedicación a la mejor investigación en biología molecular. Esa información sin embargo, no se traduce en ningún tratamiento efectivo y tampoco ayuda a explicar por qué muchos de los tratmientos actuales tienen éxito y otros fracasan. Es un momento frustrante”.

Ed Harlow, An introduction to the Puzzle. 1994.

            La frustración a la que refería el genetista Ed Harlow en la cita que encabeza este escrito ha empezado a reducirse en los últimos diez años. En mayo de 2001, la Agencia Federal de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos de Norteamérica (FDA, por sus siglas en inglés) aprobó el uso de un nuevo medicamento contra la leucemia granulocítica crónica. Se trataba del mesilato de imatinib, un fármaco anticanceroso cuyo desarrollo es hoy ejemplo de lo que se llama diseño racional de medicamentos. Posteriormente, se pudo comprobar su eficacia en el tratamiento de otros tumores malignos.

El imatinib fue el primero de una serie de medicamentos de nueva generación contra el cáncer. Su síntesis fue el fruto del conocimiento profundo de la biología del cáncer que hoy recogemos tras varias décadas de investigación que iniciaron con aquella “Ley Nacional contra el Cáncer” que Richard Nixon, trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos, firmó el 23 de diciembre de 1971. Y hoy por hoy, conocimiento profundo en biología significa desentrañar las reacciones químicas que explican lo que llamamos vida, tanto sana como enferma.

Vivimos inmersos en una época en la que la investigación biomédica, incluyendo la que se hace en patología, exige una variedad distinta de aquella venerable disección anatómica de antaño. En los modernos laboratorios, las pinzas y los bisturíes son reemplazados por un sinnúmero de reactivos y de instrumentos delicados y complejos, con cuya operación los científicos logran esclarecer día tras día el laberinto demencial de las casi infinitas reacciones químicas entrecruzadas que, contra todo pronóstico, nos mantienen vivos y, en el momento menos pensado, nos acreditan como ciudadanos de aquel territorio que Susan Sontag llamaba “el lado nocturno de la vida”, es decir, la enfermedad.

Justo anoche, viernes 3 de febrero de 2012, di una conferencia a la que titulé “Conceptos actuales sobre la biología de los tumores malignos”. Fui invitado a impartirla por una nueva agrupación médica que se llama “Servicios Oncológicos de Aguascalientes”. Se trata de una empresa privada que ofrece tratamientos de quimioterapia y, sobre todo, de radioterapia contra el cáncer. En sus instalaciones disponen de un acelerador lineal, el segundo equipo de este tipo en Aguascalientes. La invitación no pudo ser más oportuna. Este sábado 4 de febrero de 2012 –momento en el que redacto estas líneas–, se conmemora el Día Mundial contra el Cáncer.

Lo que expuse en la conferencia fue un resumen somero de lo que hoy se sabe sobre los mecanismos comunes de los cánceres humanos. Encuentro que la biología tumoral es un tema apasionante, pero reconozco que su complejidad y, particularmente, el lenguaje molecular en el que se expresa son una barrera que dificulta su difusión y asimilación por buena parte de la comunidad médica. Al final de mi intervención, escuché algunos comentarios sobre la complicación conceptual de este tema. Barrera que desanima a muchos de los médicos que desearían profundizar en él. Por eso, es muy importante expresarlo de la forma más comprensible posible sin caer en la simplificación excesiva. Creo que no sólo es factible, sino indispensable. Es una tarea que, desde que empecé a estudiar la Maestría en Oncología Molecular –hoy felizmente concluida–, me parece de mucha importancia dentro del medio profesional en el que me desenvuelvo.

A pesar de los enormes avances de las últimas décadas, no se puede ser demasiado optimista en lo que a la lucha contra el cáncer se refiere. Si bien es cierto que se han obtenido resonantes victorias en el tratamiento de algunos tumores –piénsese, por ejemplo, en la curación del 80% de los casos de cierto tipo de leucemias infantiles cuando los pacientes tienen la fortuna de ponerse en las mejores manos–, el cáncer sigue siendo una fuente de enorme sufrimiento y muerte para millones de seres humanos. Y lo que es más ominoso: nadie puede garantizarnos que nosotros mismos estaremos a salvo de convertirnos en víctimas de este azote durante los próximos años. Hasta se puede aventurar un pronóstico: uno de cada cinco entre aquellos que lean estas palabras –incluyendo a su autor– desarrollará un tumor maligno en lo que le resta de vida.

Según varios informes publicados en la literatura médica,  a partir del 2005 se pudo constatar que la mortalidad de casi todas las formas principales de cáncer –pulmón, mama, colon y próstata– en los Estados Unidos de Norteamérica había venido disminuyendo a una tasa aproximada del 1% anual los últimos quince años. Eso significaba que entre 1990 y 2005, la tasa de muertes relacionadas con el cáncer había caído casi un 15%. Algo sin precedentes en la historia de esta enfermedad. ¿La causa? No era una sino varias.

En el caso del cáncer de pulmón la razón principal fue la prevención, es decir, la lenta reducción del hábito tabáquico que pudo lograrse primero con la demostración inobjetable de la relación entre el consumo de tabaco y el cáncer pulmonar y, posteriormente, con las medidas legislativas que forzaron a cancelar las enormes campañas publicitarias de la poderosísima industria tabacalera. Parece mentira, pero la promoción televisiva de los cigarrillos era una realidad omnipresente hace apenas algunos años.

La reducción de la muertes por cáncer de colon y cuello de la matriz puede atribuirse a la detección temprana de ambas enfermedades mediante el uso de la colonoscopia y del estudio citológico cérvico-vaginal –conocido popularmente como papanicolau–, respectivamente. Este último no ha tenido el mismo efecto en nuestro país debido, por un lado, a las barreras culturales y educativas tanto de los hombres como de las mujeres y, por otro, a deficiencias diversas en el proceso de la toma de la muestra, su interpretación, el establecimiento del diagnóstico y el adecuado contacto y seguimiento de la población femenina en estudio.

En lo que se refiere a la leucemia, los linfomas y el cáncer de testículo, el factor principal que redujo su mortalidad fue el desarrollo de esquemas de quimioterapia cada vez más eficaces.

De todos los tipos tumorales, fue en el cáncer de mama donde se observó una mayor disminución de la mortalidad en esa década y media. Una caída del 24%, lo nunca visto. Tres eran las causas: la mamografía, que permite la detección temprana, la cirugía y el uso de la quimioterapia adyuvante (la quimioterapia que se administra después de la cirugía para eliminar las células malignas residuales).

Las lecciones de lo expuesto en los párrafos precedentes están a la vista. La lucha contra el cáncer debe darse en diversos frentes. En un país como el nuestro, esta responsabilidad no puede dejarse exclusivamente en manos de la iniciativa privada. El gobierno debe intervenir de manera mucho más decidida y constante, más allá de las fronteras sexenales que impone la ambición política.

Los ciudadanos organizados debemos exigir que se destinen muchos más recursos públicos que los que se desvían para asegurar la pitanza de la casta privilegiada que los que tienen o buscan el poder. No podemos conformarnos con tibias medidas de prevención primaria que son del gusto de los funcionarios porque no amenazan seriamente las arcas públicas que creen de su propiedad.

Las políticas de salud que sólo se basan en medidas de bajo costo sin promover otras acciones igualmente importantes como la investigación científica que exige cuantiosos recursos y la construcción de buenos centros hospitalarios en los que puedan ponerse en práctica los avances terapéuticos existentes es, ni más ni menos, una estrategia coja.

Y, francamente, ya estamos cansados de producir camadas de nuevos ricos frente a las necesidades básicas no resueltas de millones de compatriotas.

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