ESCUCHANDO EL ALMA Y LEYENDO EL CUERPO (tercera parte).

Cuando la filosofía introdujo su antorcha en medio de los pueblos civilizados, se permitió al fin llevar una mirada escrutadora a los restos inanimados del cuerpo humano, y estos despojos, antes miserable presa de los gusanos, se convirtieron en la fuente fecunda de las verdades más útiles”.

J. L. Alibert, Nosologie naturelle. 1817.

            En la segunda parte de este escrito señalé que, según la profesora Karin Johannisson (Los signos. El médico y el arte de la lectura del cuerpo. Editorial Melusina, 2006) el médico de los siglos XVII y XVIII determinaba la naturaleza de una enfermedad a través de tres técnicas: escuchar el relato del paciente, observar los signos en el exterior del cuerpo y examinar los fluidos corporales. Ya traté algunos aspectos de la primera técnica, pasaré ahora a comentar sobre las otras dos.

La interpretación de los signos que manifestaba el enfermo se llama semiótica. La profesora Johannisson nos recuerda que, aunque esta palabra se relaciona hoy con la lingüística y la cultura en general, desde su aparición y hasta 1920 tuvo un significado estrictamente médico: “ciencia de los signos de las enfermedades”. Es posible que de semiótica, la palabra original, se derive semiología, a la que hoy le damos el significado de “el estudio de los síntomas y signos de las enfermedades”.

Y lo que el médico de aquella época entendía por semiótica era observación. A eso se reducía en buena parte la técnica de captar los signos en el exterior del cuerpo el enfermo. Aunque un médico más moderno en muchos sentidos, William Osler (1849-1919) apreciaba mucho el arte de la observación, al que él llamaba “el método de Zadig”, inspirado en un cuento de Voltaire. Insistía en que la observación debía ser desarrollada al máximo por el futuro médico. Todavía se conservan fotos de él observando con profunda atención al enfermo tendido en la cama.

Lo primero que el médico registraba con la mirada era la constitución y temperamento del paciente: ¿flemático, colérico, sanguíneo o melancólico? Aunque ya hacía tiempo que las enseñanzas de Hipócrates y Galeno sobre los humores (líquidos) corporales habían empezado a ser abandonadas, se puede encontrar su rastro en expresiones e ideas médicas de los siglos posteriores. El concepto de la constitución y el tenperamento entre los médicos del siglo XVIII es un buen ejemplo. Y no es raro. El ujedu (whdw), un prinicipio morboso que residía en las heces fecales inventado por los antiguos egipcios sigue siendo recordado por las abuelas cuando no hablan de los efectos saludables de una buena purga con aceite de ricino.

Al parecer, la semiótica no tenía como objetivo el diagnóstico de la enfermedad, sino estimar el pronóstico. ¿Qué tipo de evolución y desenlace le esperan al paciente? ¿Mejorará, sufrirá mucho e incluso morirá? Aquel médico observaba no para identificar datos concretos, sino para apreciar de una manera general los cambios en el temperamento ocasionados por la enfermedad para poder adivinar su gravedad.

Nos dice Karin Johannisson que la semiótica era muy distinta de la mirada diagnóstica moderna. Que los médicos antiguos veían cosas muy diferentes de las que vemos los médicos de hoy. Las tres categorías de signos eran el pulso, la orina y la piel. La mirada de aquellos médicos de antaño nos resulta hoy completamente extraña. Por ejemplo, el médico francés Pierre Pommes observó que el tejido nervioso de una paciente “ablandado a causa de prolongados baños diarios” fue expulsado a través de la boca, el intestino y la uretra en “pequeños trozos de membrana que parecían pergamino mojado”. A la luz de los conocimientos actuales es muy difícil saber lo que el doctor Pomme vio en realidad.

Aquellos médicos se tomaban muy en serio –tanto como nosotros hoy otras cosas que aceptamos como verdades científicamente comprobadas–  condiciones a las que consideraban auténticas enfermedades. Tal es el caso de la nostalgia, de cuyo estudio anatómico mediante la autopsia se conservan protocolos con los hallazgos atribuidos a esta condición. Se señalaba en ellos que los enfermos de nostalgia mostaban “pulmones adheridos, meninge jaspeada o corazón roto”. ¿Qué era lo que en realidad observaban aquellos colegas al realizar la disección del cadáver de un enfermo que había muerto de nostalgia?

De los siete signos principales descritos a principios del siglo XIX por el médico Christoph Wilhelm Hufeland –el pulso, el aliento, la sangre, la digestión, las emisiones (saliva, sudor, orina, flema, etc.), los afectos del alma y los nervios y el aspecto del enfermo–, el pulso era el más importante.

Del comportamiento del pulso, el médico antiguo podía obtener una serie de conocimientos que hoy nos parecen difíciles de aceptar. Por ejemplo, podía captar el carácter y la personalidad del paciente. Su fuerza vital y sensibilidad, su relación con el dolor y su estado de ánimo. El conocimiento del pulso era indispensable para conocer el pronóstico y para apreciar el momento en el que la enfermedad se resolvía a través de la crisis.

El pulso se valoraba de un modo cualitativo, no cuantitativo, como hacemos hoy. Por tanto, no eran los números, sino las palabras las que lo definían. Se hacía referencia al pulso ancho o al pulso filiforme. Al pulso lento o al pulso vacío, una variedad del filiforme. Existían categorías especiales, como el pulso del moribundo, el pulso alternante (que precede a un derrame) o el pulso que se lentifica para anunciar una crisis. Esta valoración cualitativa del pulso era difícil de aprender y exigía, según Hufeland, una larga experiencia, talento y mucha sensibilidad. Muy distinto de la forma en la que tomamos el pulso en la actualidad.

Había otros signos que hoy la medicina moderna apenas toma en cuenta. Por ejemplo, estaban el bostezo, el estornudo, los crujidos, los chasquidos, los ruidos de gárgaras y los zumbidos, los diferentes tipos de llanto y los gritos, gemidos, sollozos y suspiros.

El contacto directo entre médico y el enfermo –en especial si era una mujer– estaba restringido. Apenas los dedos sobre la muñeca de la paciente para tomar el pulso. Para apreciar la temperatura corporal se recurría al aliento y rara vez se utilizaba el termómetro. Tocar en exceso al enfermo se consideraba una forma baja de práctica médica, propia de los cirujanos, a los que no se consideraba verdaderos médicos. Los estudiantes de medicina rara vez tocaban a los enfermos y, mucho menos a los muertos. Para eso estaban los aprendices de cirujano.

Este panorama iba a cambiar radicalmente a partir el siglo XIX, cuando el vendaval de la Revolución Francesa traería aparejado el nacimiento de la clínica.

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One thought on “ESCUCHANDO EL ALMA Y LEYENDO EL CUERPO (tercera parte).

  1. Cómo estás, estuve con vos en el curso de Mexico en Febrero. Necesito, por favor si podés enviarme el mail del señor de los CD con las conferencias ya que lo perdí. Recordé al “PATOLOGO INQUIETO” que comenzaré a leer y aproveché este medio para conseguirlo.
    Mil gracias
    Saludos

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