EL OLMO VIEJO, HOY DERRIBADO (un homenaje al doctor Guillermo Ramírez Valdés).

De no haber fallecido este viernes 2 de marzo de 2012, en agosto próximo el doctor Guillermo Ramírez Valdés hubiese cumplido 104 años. Mi esposa y un servidor tuvimos la fortuna de ser sus alumnos cuando cursamos dermatología en la carrera de Medicina de la Universidad Autónoma de Aguascalientes y, desde entonces, nos dispensó un especial afecto.

Durante estos últimos veinte años que hemos vivido en Aguascalientes, lo hemos recordado con frecuencia y, cuando alcanzó un siglo de vida, lo festejamos y nos regocijamos escuchando sus anécdotas que relataba con gran sencillez, magnífico buen humor y asombrosa lucidez. En aquella ocasión, hace casi cuatro años, escribí una Mesa de autopsias dedicada a su persona, titulada “Memo el perverso”. Por la hondísima huella de incomparable bonhomía que dejó en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, el acontecimiento de su partida me permite compartir de nuevo lo que escribí entonces, porque no todos los días se nos va un maestro de la vida, un ejemplo de bondad y un modelo de médico que deseamos imitar:

 

“El que tiene lo bastante para poder hacer bien a otros, es rico”.

Thomas Browne. 1605-1682.

                  Vivimos engañados por partida doble. No solamente porque nos obligan a vivir la vida corriendo para que no podamos detenernos a pensar, sino porque nos hacen creer que somos nosotros los que llevamos las riendas. Vivimos en un mundo descarnado, sin esperanza, de un cinismo profundamente ofensivo, en donde el discurso público imperante expresa lo contrario de la realidad que todos conocemos. Para resistir sin caer en una amargura irreversible debemos hacer un alto y construir en nuestro entorno inmediato y en nuestro interior una fortaleza donde nos podamos guarecer de la erosión espiritual.

            Por fortuna, en medio de la corriente que nos enajena, existen seres humanos del pasado y del presente cuya luz de inteligencia y bondad son como el faro que nos guía en plena oscuridad para que no extraviemos el camino.

             El doctor Guillermo Ramírez Valdés nació un seis de agosto de 1908, por lo que ha alcanzado en estos días la edad de cien años en plena posesión de sus facultades mentales y con algunas mermas de sus capacidades físicas que yo considero muy poco significativas. Escuchándolo recientemente, me asombra su permanente agradecimiento hacia lo que considera una vida afortunada, la humildad cuando sostiene que sus méritos, si los hubiese, se deben a la buena suerte que siempre lo ha acompañado y un permanente buen humor que aflora a la menor provocación cuando relata las muchas anécdotas que han ido llenando su dilatado discurrir por este mundo.

            Me asombra y llena de gozo su existencia porque es un desafío a los deseos secretos, ambiciones nunca satisfechas y competencias permanentes en las que vivimos envueltos muchos de los médicos que hoy estamos en ejercicio. Por si fuera poco, este desafío es de lo más involuntario y ajeno para una persona como la del doctor Ramírez Valdés, que nunca quiso estar en la palestra ni ser el centro de ninguna controversia. No es lo que dice o lo que calla, sino el ejemplo de su vida entera lo que, sin pretenderlo, nos da un jalón de orejas y nos enfrenta con una esencia que buena parte de los médicos hemos olvidado: ser útiles a nuestros semejantes. Ya lo decía Winston Churchill: “el problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes”.

            En el doctor Ramírez Valdés se cumple aquel adagio de Michel de Montaigne que dice así: “una prueba de la propia bondad está en confiar en la bondad de los demás”. Junto a la poca importancia que se concede a si mismo, pone una confianza casi ilimitada en los dones ajenos. Algunos pensarán que eso se llama exceso de ingenuidad, pero al doctor Guillermo Ramírez le ha funcionado de maravilla. Eso no significa que en su larga vida no haya enfrentado desilusiones y malos pagos a sus buenas acciones, pero esos descalabros han pesado muy poco en su ánimo y en sus convicciones cuando llega a los cien años conservando la fe en sus semejantes. Las pensiones por vejez que recibe del Instituto Mexicano del Seguro Social, del Centenario Hospital Miguel Hidalgo y de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, que nosotros consideraríamos el pago merecido a los muchos años de trabajo en el sector público, a él no dejan de avergonzarlo un poco, pues las considera una retribución excesiva cuando ya no trabaja con la intensidad de antes. Paradigma de la bondad, sus amigos le apodaron con ánimo festivo Memo el perverso.

            Con el paso vacilante y una sonrisa en los labios, Don Guillermo nos señala un camino que es contrario a la acumulación de los bienes materiales. No sé si al morir les heredará a los suyos muchos terrenos, residencias en los fraccionamientos de moda, abultadas cuentas bancarias depositadas en el extranjero, automóviles de lujo, seguros de vida contratados en dólares y varios negocios de óptimos rendimientos, pero sospecho que no será así. Sabe que lo que se posee nos encadena y, en última instancia, nos entorpece. En camino hacia su extinción física, tal y como lo ha hecho durante los últimos cien años, se va desprendiendo de todo. Me parece que en lo más profundo de su corazón aspira a lo que nos dice Antonio Machado:

“Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar”.

 

            Ya escucho las voces de quienes me responderán, airados y burlones, que esa actitud del doctor Ramírez Valdés no es más que falta de ambición, pusilanimidad y cobardía para acometer grandes empresas. Puede que tengan razón, pero yo creo que están equivocados. Me parece que ha descubierto que la grandeza del hombre radica en los pequeños y sencillos detalles de la existencia: la familia, el trabajo y las devociones.

            Memo el perverso luce llamativamente apacible. Más allá del ensimismamiento al que lo orilla la sordera, su presencia transmite una paz que no he visto con frecuencia. No puede ser casualidad. Sospecho que conoce algún secreto vital. En su avanzada vejez, el doctor Ramírez Valdés vive un descubrimiento. No veo en él el temor a la enfermedad y a su hijo predilecto, el dolor. Si en él hay algún miedo, lo oculta muy bien. Aunque se sigue ocupando de lo que le interesa, la suya es una espera en la que nos dice: ¡Que sea lo que Dios quiera!

            La palabra abandono tiene un dejo de tristeza y derrota, pero existe un abandono que se funda en una fe inquebrantable y en una confianza ilimitada. El soltar las amarras para abandonarse sin prejuicios ni condiciones en el océano de la divinidad. Sólo quienes han vivido a plenitud pueden abandonarse así. Y al hacerlo, nos dan la lección postrera. Son las hojas verdes que le han nacido al olmo seco de Antonio Machado:

“Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo,

algunas hojas verdes le han salido…

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida”.

 

            Memo el centenario, maestro y médico de miles, hombre bueno para todos…¡muchas felicidades!

 

Hoy, que por fin ha colmado su ciclo y nos ha dejado ayunos de su presencia, aunque muy satisfechos de haberle conocido, podemos decir como pocas veces: ¡gracias, muy querido maestro!

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