DON CELESTINO Y EL TÍO MANOLO.

Si en un congreso de naturalistas se diesen a la tarea de escoger las siete maravillas del mundo animal, se verían obligados a incluir a las poderosas y extrañas civilizaciones de las hormigas cortadoras de hojas. A lo largo de las regiones tropicales y subtropicales del Nuevo Mundo, estos insectos dominan los bosques, las praderas y los pastizales”.

Bert Hölldobler y Edward O. Wilson, The Leafcutter Ants. Civilization by Instinct. 2011.

            Ya he manifestado en otras ocasiones y en este mismo espacio mi afición por lo que solían llamarse las ciencias naturales. Impresionado durante mi niñez por la imagen televisiva de Félix Rodríguez de la Fuente (léase El naturalista sin par), fue mi deseo juvenil hacer carrera en la Zoología para dedicarme de lleno a ella como un profesional. Mi padre, hombre de fino olfato para lo práctico, me recomendó optar por una profesión que, además de satisfacer mis deseos infantiles, me permitiese ganarme honradamente la vida. Y fue así como devine en médico. Siendo hoy anatomopatólogo, di cauce a aquella vieja aspiración dedicándome a la más biológica de las disciplinas médicas.

He aprovechado los días recientes que he pasado fuera del país asistiendo al 101 Congreso de la Academia Norteamericana y Canadiense de Patología llenando los tiempos muertos que se dan obligatoriamente durante los desplazamientos para dedicarme a la lectura de una obrita deliciosa de Edward Osborne Wilson, uno de mis científicos-escritores favoritos de los que sigo aprendiendo sobre aquellos temas que tanto me han interesado desde que era niño. El libro en cuestión es “El reino de las hormigas. José Celestino Mutis y los albores de la Historia Natural en el Nuevo Mundo” (Kingdon of Ants. José Celestino Mutis and the Dawn of Natural History in the New World. The Johns Hopkins University Press, 2010). Wilson, biólogo de gran prestigio y profesor emérito en la Universidad de Harvard, escribió este libro con José María Gómez Durán, miembro fundador de la Asociación Ibérica de Mirmecología. Esta disciplina es la rama de la Biología que se dedica al estudio de las hormigas.

La obra trata de la vida de José Celestino Mutis y Bosio (Cádiz, España, 1732-Santa Fe de Bogotá, Colombia, 1808), médico, botánico, matemático, catedrático y sacerdote que dirigió la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, una de las varias iniciativas científicas que se dieron con el auspicio real durante la época de la Colonia. Renombrado como un botánico destacado, los estudios de Mutis sobre las hormigas de las selvas colombianas habían permanecido casi olvidados y son ahora Wilson y Gómez Durán quienes los traen a la luz en este hermoso libro de apenas cien páginas.

Lamentablemente, los tratados mirmecológicos de Mutis permanecen hasta este momento perdidos, sin embargo, a través del estudio de sus cartas y otros documentos, los autores reconstruyen una historia fascinante que hace de José Celestino Mutis un científico de talla excepcional en los anales de la Biología del continente americano, a la altura del mismísimo Alexander von Humboldt. Basta mencionar que junto a los cinco años que duró el viaje americano del ilustre barón alemán, Mutis pasó en lo que hoy es un territorio que abarca Colombia, Ecuador, Panamá, Venezuela, norte del Perú, Brasil y el oeste de Guyana cuarenta y ocho años, la totalidad de su vida adulta.

Animado por el famoso Carlos Linneo (Carl von Linné), con quien mantenía relación epistolar, José Celestino Mutis decidió estudiar las hormigas colombianas, particularmente las llamadas hormigas legionarias y las cortadoras de hojas o podadoras. Éstas representan una sociedad de insectos con hábitos extraordinarios. Su afición a cortar vegetales las convierte una temible plaga para los cultivos y, a la vez, causa maravilla saber que con los fragmentos de hojas y flores abonan en sus hormigueros auténticos campos de cultivo en los que crecen los hongos de los que se alimentan. Estos cultivos son cuidados con auténtico esmero por las hormigas y los mantienen libres de la contaminación por otros hongos y microorganismos nocivos gracias a las diversas sustancias antibióticas que fabrican las bacterias que viven en simbiosis sobre la superficie corporal de las propias hormigas. Una relación mutualista entre la hormiga y el hongo verdaderamente asombrosa. Mutis fue el primer entomólogo –estudioso de los insectos– en esta parte del mundo. Su esfuerzo solitario empieza a ser conocido en su verdadera dimensión.

Relaciono la historia anterior con la Manuel López Figueiras, un botánico nacido en Cuba, que estudió su carrera en España y que ha vivido por varias décadas en Mérida, Venezuela. La pasión científica de Manuel López han sido los líquenes, esas formas enigmáticas de simbiosis cuyo primitivo origen los sitúa en los inicios de la vida planetaria. Hay quien considera a los líquenes verdaderos fósiles vivientes, que siempre nos han acompañado discretamente –aunque su presencia es vital para los ecosistemas– dando ese tono verdoso, amarillo o anaranjado a las rocas húmedas y a los cortezas de los árboles en los bosques. Son organismos que surgen de la asociación mutuamente benéfica –simbiosis– entre un hongo y una alga o cianobacteria.

Manuel López Figueiras nació en Jobabo, Las Tunas, Cuba, en 1915 y fue hijo de un soldado gallego que luchó en la guerra contra los Estados Unidos. Enviado por sus padres a España, estudió en la Universidad Complutense de Madrid, donde en 1936 se graduó en la Facultad de Farmacia. De inmediato, se incorporó a su alma máter como profesor auxiliar de Botánica. En 1939, al final de la Guerra Civil Española, el gobierno del General Franco lo consideró desafecto al Régimen y lo separó de su cátedra, internándolo en un campo de concentración. Un año después lo sancionó inhabilitándolo para cargos directivos y de confianza e incapacitándolo para opositar y desempeñar cargos docentes por seis años y para obtener becas y pensiones de estudio por cuatro años. Ante esta situación, Manuel López decide renunciar a su nacionalidad española y acogerse a la cubana, por lo que fue liberado de su confinamiento y pudo trasladarse a la isla caribeña.

Casado, con un gran prestigio académico y bien establecido en su país natal, su vida volvió a dar un vuelco con la llegada al poder de Fidel Castro. Despojado de sus bienes y derechos académicos, decidió salir de Cuba y se trasladó a Nueva York en 1960, donde sobrevivió como lavaplatos. Un año después se estableció en Palmira, Colombia, donde se desempeñó como profesor de Botánica en la Facultad de Agronomía gracias a la recomendación del profesor José Cuatrecasas Arumi, su maestro en España que, obligado a emigrar como él, se había establecido en aquel país sudamericano, para trabajar después en la Smithsonian Institution de Washington, donde fue conservador del Departamento de Botánica.

En 1966, Manuel López logró reunir a su familia en Mérida, Venezuela, donde fue profesor del Departamento de Botánica de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Los Andes. Es en esa población venezolana donde sigue viviendo hasta hoy. En 1974, visitó Mérida el profesor Hale, quien tuvo una influencia decisiva para que Manuel López se interesase en los líquenes y se convirtiese en un experto del tema en la región de los Andes venezolanos.

Mientras escribo estas líneas, tengo junto a mí un ejemplar de su obra “Censo de macrolíquenes venezolanos de los estados de Falcón, Lara, Mérida, Tachira y Trujillo” editado en 1986 por la Facultad de Farmacia de la Universidad de los Andes. ¿Cómo llegó hasta mi biblioteca este libro? Es un obsequio personal de su autor. Resulta que Manuel López Figueiras es tío de mi madre y, por ende, mío también. Es el tío Manolo que da título a este escrito y quise vincular su historia a la de José Celestino Mutis porque ambos contribuyeron con su esfuerzo personal e insaciable curiosidad científica al conocimiento de la naturaleza sudamericana. Hoy el género de líquenes Lopezaria debe nombre a mi tío Manolo. Y Lopezaria también se llama en su honor el Grupo Venezolano de Liquenólogos.

Regreso para terminar a una frase que José Celestino Mutis escribió el 30 de septiembre de 1780:

¡Oh Sagrado Dios! ¡Cuánto tiempo y perseverancia se necesitan para descubrir los secretos de la naturaleza!

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2 thoughts on “DON CELESTINO Y EL TÍO MANOLO.

  1. Hola recien vi el artículo, Tio manolo falleció ayer, por la tarde, y le digo tio porque yo soy hijo de Mario Manuel Rodríguez López el hijo de su hermana Dolores (lolita) que vivió y murió en Cuba, tambien vivo en cuba con mis hijos, mama y esposa, mi papá viven en Venezuela, asi que indirectamente somos primos. mi más sentido pésame por tio, lo pude conocer personalmente el año pasado pues fui a Venezuela y me siento contento de poder hbalerlo hecho, es un orgullo para mi Patria y mientras mi sangre exista se le recordará en Cuba

    Mario Félix Rodríguez Tamayo

    1. Querido Primo:
      Recibí la triste noticia cuando estaba de viaje. Me di cuenta de tu comentario pero luego se me perdió. Lo acabo de recuperar. Yo también tuve la fortuna de conocerlo en un par de ocasiones que vino a visitarnos en Aguascalientes (México). Todo un tipo. Te mando un abrazo cariñoso.
      Luis.

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