EL DIOS INTERIOR.

“-¿Por qué tengo que hacer lo más dificil?

-Porque eres un instrumento de Dios, Marion. No permitas que esa herramienta se quede en el estuche, hijo mío. ¡Actúa! No dejes ninguna parte de tu instrumento sin explorar. ¿por qué conformarte con ‘Tres ratones ciegos’ si puedes interpretar el ‘Gloria’?”.

Abraham Verghese, Hijos del ancho mundo. 2009.

            A principios de esa semana recibí una llamada telefónica inesperada. Era la doctora Mª del Carmen Terrones Saldívar, quien, además de conducir el Departamento de Ginecología, Obstetricia y Pediatría del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, es profesora del Programa de Tutoría de la Carrera de Medicina. La llamada era para invitarme a participar en una de las sesiones de este programa frente a un grupo de alumnos que está a punto de dejar las aulas universitarias para empezar el año de práctica hospitalaria que se conoce como internado de pregrado.

La idea de la doctora Terrones era que, basándome en mi propia experiencia personal y en las lecturas y reflexiones que he acumulado a lo largo de más de veinte años de ejercicio profesional, tratase de infundir entusiasmo a los alumnos para convencerlos de lo mucho que merece la pena redoblar esfuerzos y asumir sin titubear los sacrificios necesarios que les permitan cimentar un futuro más prometedor con una preparación de excelencia.

La llamada que recibí de la doctora Terrones fue inesperada y su invitación muy honrosa, porque hace ya cinco años que, tras catorce consecutivos como catedrático, dejé por voluntad propia y motivos personales las aulas de mi alma máter, la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Además, alguien podría cuestionar que un médico patólogo como yo, sin el roce cotidiano con los pacientes, dedicado al estudio microscópico de las células y los tejidos de los enfermos en un laboratorio, pudiese aconsejar adecuadamente a quienes serán en su inmensa mayoría médicos clínicos y quirúrgicos.

Para mí, el argumento de mi falta de sensibilidad clínica carece de validez por varias razones. Una de ellas es mi peculiar formación de especialista, que incluyó un año de Medicina Interna en uno de los centros más emblemáticos de esta disciplina en México. Otra es que toda mi vida como médico patólogo la he desempeñado en el ambiente aleccionador y enriquecedor de los hospitales públicos, el primer año y medio en el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán de la ciudad de México y los veinte restantes en el Hospital Miguel Hidalgo de Aguascalientes.

El roce constante con los colegas clínicos, los cirujanos, los residentes, los médicos internos y los estudiantes de medicina deja, si uno es suficientemente sensible a esas influencias, una huella indeleble tanto en el intelecto como en el espíritu y una profunda compasión hacia los enfermos, hermanos en la condición humana, que, a diferencia de uno, sufren las duras e injustas condiciones socioeconómicas que hacen la vida angustiosa a más de la mitad de los 110 millones de mexicanos. En este punto y guardando las proporciones debidas frente a un gigante intelectual de la talla de Bertrand Russell, siento compartir con él lo que escribió en el prólogo de su autobiografía:

Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad.

 

            Para alguien que suele reflexionar sobre su quehacer cotidiano, dar una charla sobre la profesión a una veintena larga de futuros médicos no parecía algo demasiado difícil. El asunto era saber por dónde empezar y, ante el dilema, dejé como acostumbro que la inspiración surgiese espontáneamente. Ésta llegó la noche anterior a la cita y se presentó en la frase de un reconocido médico norteamericano de principios del siglo pasado, Francis Weld Peabody:

Una de las cualidades esenciales del médico es el interés en la humanidad, ya que el secreto del cuidado del paciente estriba en hacerse cargo personalmente de él.

 

En un principio pensé en hacer una exposición oral sin utilizar el acostumbrado recurso de la presentación electrónica. Sin embargo, a última hora me decanté por preparar la proyección de unas pocas ideas, incluyendo la frase del doctor Peabody, que acotasen mi natural tendencia a la dispersión a la par de recordarme los puntos esenciales que ampliaría mediante el uso de la palabra.

Nada es más estimulante que observar las caras de atención que los estudiantes muestran ante las palabras del ponente. Atención que, para no resultar fatigosa por sostenida, interrumpí salpicándola de anécdotas personales chuscas y algunos chistes médicos que le dan un toque de humanidad a un asunto tan serio.

Los insté a preguntarse qué tipo de médico les gustaría ser en el futuro. Y les di dos opciones: el médico “del montón”, fiel a la rutina, que nunca se somete a nuevos desafíos y que pone todo su empeño en cumplir escrupulosamente un horario burocrático para alcanzar, arrastrado por la corriente de los años, la ansiada jubilación, o el médico “en toda la extensión de la palabra”, es decir, un agente de cambio en el medio donde despliega su actividad profesional. Alguien que no puede permitirse su paso por la vida sin haber intentado siquiera corregir alguna de las injusticias, las insuficiencias o las indiferencias que tanto abundan.

Recordando una extraordinaria conferencia TED (Tecnología, Entretenimiento y Diseño) del doctor Abraham Verghese titulada “El toque de un doctor”, a la que se puede acceder por la Internet (http://www.ted.com/talks/lang/es/abraham_verghese_a_doctor_s_touch.html), les expuse los estudiantes las dos condiciones mínimas que debe reunir un buen médico. En primer lugar, su disposición irrestricta para acompañar al paciente en los difíciles trances de la enfermedad y la muerte. Y en segundo lugar, su compromiso de ser competente, de poseer los conocimientos actuales suficientes –aunque nunca lo sean del todo– y dominar las habilidades que le permitan servir con solvencia a quienes confían en él.

Por último, hice énfasis en la onmipresencia de los errores en la vida del médico. Consideré pertinente extirpar de su mente la ilusión de que alguna suerte de magia afortunada los librará de cometer yerros. Los errores son un fenómeno inevitable en todas las actividades humanas, máxime si se trata del ejercicio médico que, como decía William Osler, consiste fundamentalmente en valorar posibilidades. Y es en esos errores donde debemos buscar la fuente de nuestro progreso como médicos. Asumirlos como los peldaños necesarios para alcanzar el éxito, tal como lo señalaba Winston Churchill: “el éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse”.

Con estas palabras y algunas más intenté cumplir con ellos lo que esperaba de mí la doctora Terrones. Infundirles algo de ese entusiasmo que tan bien describió Louis Pasteur:

Entusiasmo, un dios interior. La grandeza de los actos de los hombres se mide por la inspiración de la cual surge. Feliz aquel que tiene un dios interior.

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6 thoughts on “EL DIOS INTERIOR.

  1. ¿Y la investigacion doctor, donde dejas la investigacion? Al menos en mi caso, mucho se me dice en la esucuela como debo ser como medico pero nunca se me orienta en cuanto a como seguir el camino de la investigacion.

    Te mando un abrazo

    1. Fue una charla para estudiantes a punto del internado. La investigacin debe inculcarse desde el pregrado. No con materias desvinculadas del quehacer mdico, como esradstica descriptiva pura, sino como parte de la validacin de los datos clnicos y de laboratorio. No como una materia ” de relleno”. No les habl de ello porque no era la intencin de la charla. Saludos. Luis.

      Enviado desde mi iPhone

  2. Me parece excelente la charla que les dio. Por los pocos pasos que llevo en la patología me he dado cuenta que el patologo tiene una ventaja en el gremio médico, ventaja que tiene el artista en la sociedad, es capaz y tiene el privilegio de ver todo el panorama desde fuera, son de las pocas áreas que verdaderamente estan en relación con todas las especialidades médicas. Me gustó mucho Dr, gracias por compartir con nosotros.

  3. Estimado Humberto:
    Tiene usted toda la razón, aunque yo diría que vemos el panorama de dentro hacia afuera (así dice el doctor González-Crussí refiriéndose a la autopsia). Gracias a usted por sus comentarios.
    Sólo dos preguntas: ¿dónde se formó o se está formando como patólogo? ¿Guarda usted algún parentesco con el Dr. Humberto Cruz Ortiz de la Unidad de Patología del Hospital General de México?
    Saludos cordiales.
    Luis Muñoz.

  4. Maravillosa reflexión. Tiene buena pluma ( escribe muy bien) le recomendaria escribir un libro. Nos deleitaria a todos con su profundo conocimiento. Isabel oviedo.

    1. Gracias Isabel. En realidad, ye escribí mi primer libro. Se llama “Mesa de autopsias. Reflexiones de un patólogo provinciano”. Salió apenas a mediados del pasado febrero y está formado por las primeras 180 colaboraciones como la que usted acaba de comentar. Saludos cordiales.

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