COMENTARIOS A UNA NOVELA MÉDICA (primera parte).

El intelecto del hombre ha de escoger

entre la perfección de la vida y la del trabajo.

Y si elige la segunda, debe renunciar

a una mansión celeste, y rabiar en la oscuridad.

Cuando todo se ha acabado, ¿qué queda?

Con suerte o sin ella, el trabajo ha marcado:

queda la perplejidad, la bolsa vacía,

o por el día vanidad, por la noche remordimiento”.

William Butler Yeats, La elección. 1933.

            Es posible que todavía haya quien crea que los médicos estamos hechos de una madera especial. Yo mismo lo creí así durante muchos años, pero con el paso del tiempo he aprendido que estamos hechos de la misma materia que los demás.

Cada vez que me es posible, les digo a los estudiantes de Medicina que pidan tener la sensibilidad necesaria para ponerse en el lugar de sus pacientes y que ese es justamente el verdadero significado de la compasión.

¿Cómo se adquiere esa sensibilidad? Desde luego que no se suele enseñar en la escuela de Medicina, a pesar de que es un ingrediente esencial para la formación de un buen médico. Aunque matiza y muchas veces determina el uso de los conocimientos científicos y las destrezas técnicas, se adquiere por métodos distintos a los que empleamos para obtener el título profesional.

Además de la observación detenida de lo que sucede tanto a nuestro alrededor como en el interior de nosotros mismos y la reflexión consecutiva, la sensibilidad a la que hago referencia se puede cultivar con la lectura de buenas historias relacionadas con la medicina que se encuentran con cierta frecuencia en la literatura universal. Por fortuna, existen buenos médicos-escritores.

Abraham Verghese es un médico que nació en Adis Abeba (Etiopía) en 1955, hijo de padres indios provenientes de Kerala. En la actualidad, combina sus actividades como Profesor de Teoría y Práctica de la Medicina y Profesor Asociado de Medicina Interna en la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford, California, con la de escritor. Se preparó para ello asistiendo al prestigiado Taller de Escritores de la Universidad de Iowa. Ya había escrito dos libros de memorias titulados “Mi propio país” (My Own Country), sobre su experiencia tratando pacientes con sida y “El compañero de tenis. Una historia de amistad y pérdida” (The Tennis Partner: A Story of Friendship and Loss), en donde relata su relación con un médico residente adicto a las drogas que jugaba con él al tenis.

Su primera novela, “Los hijos del ancho mundo” (Salamandra), ha sido traducida al español en 2010, aunque fue publicada en inglés un año antes (Cutting for Stone, Knopf, 2009) y me parece un libro que muchos médicos deberíamos leer. Si bien pueden desanimar a los pusilánimes sus más de 600 páginas y los fragmentos en los que la historia se torna un tanto árida por lo prolijo de las descripciones, el libro ofrece momentos extraordinarios de gozo, profunda enseñanza y toca las fibras sensibles del alma en varias ocasiones. Un libro apropiado para quienes conciben que la profesión médica es algo más que un simple modus vivendi. Es un relato que expone la materia humana que comparten los médicos y los enfermos, uniéndolos estrechamente con un lazo que muchas veces nos empeñamos en ignorar.

La historia discurre principalmente en Adis Abeba y guarda ciertos paralelismos autobiográficos con el autor. En tan breve espacio no es posible resumir por completo toda la historia, que discurre a través de varias décadas del siglo pasado y tiene múltiples facetas que merecen comentarios extensos. Por ello, destacaré sólo algunos puntos que me interesa compartir porque me han hecho reflexionar. El narrador es Marion Stone, principal protagonista.

Uno de esos puntos destacados de la novela es una idea que nunca antes se me había ocurrido. Aparece por sorpresa cuando acabamos de iniciar la dilatada jornada de su lectura (en mi caso, con interrupciones, varios meses):

Llegamos a esta vida espontáneamente y, si tenemos suerte, encontramos un objetivo además de hambre, penuria y muerte prematura que es, no lo olvidemos, lo que aguarda a la mayoría. Crecí y hallé mi objetivo, que fue convertirme en médico. Más que salvar al mundo, mi propósito era curarme yo (las negritas son mías). Pocos médicos lo admitirán, desde luego no los jóvenes, pero de forma subconsciente, al elegir esta profesión debemos creer que curar a otros nos librará del mal que nos aflige. Y puede que así sea. Pero también es posible que ahonde en la herida.

            El solo pensamiento de que al escoger la profesión médica lo haya hecho por una necesidad no reconocida de aliviar un mal propio me resulta, en principio desconcertante. Sin embargo, si uno la medita lentamente, no resulta tan extraña. El médico sufriente, “el sanador herido”, como el antiguo mito de Quirón, que puede expresarse en la idea de que cuanto más se ha sufrido y madurado a través del dolor, más capacitados estaremos para sanar y ser sanados. No creo haber pensado en ello anteriormente.

Marion Stone, el protagonista, le pregunta a la enfermera jefe Hirst a qué podría dedicarse en el futuro y ella le responde con otra pregunta: ¿Qué es lo más difícil que podrías hacer? Y Marion queda completamente desconcertado. No esperaba esa respuesta. Lo lógico era escoger algo para lo que se tuviese algún talento más o menos innato. De nuevo, un pensamiento que nos agarra por sorpresa. ¿Escoger lo más difícil? No es lo que se acostumbra, sin embargo, siguiendo el consejo de la enfermera jefe, Marion decide hacerse cirujano a sabiendas de que por su carácter podría ser más apto para una disciplina cognitiva como la Medicina Interna o la Psiquiatría. Tras muchos años de práctica quirúrgica, Marion Stone revela:

Treinta años después, no soy conocido por la rapidez, la audacia o la pericia técnica. Llamadme seguro, llamadme tenaz; decid que adopto el estilo y la técnica que se adecuan tanto al paciente como a la situación particular y lo consideraré un gran cumplido. Me animan los colegas que acuden a mí cuando ellos mismos deben someterse al bisturí. Saben que Marion Stone se interesará tanto después de la operación como antes y durante. Que aforismos quirúrgicos como “En caso de duda, extírpalo” o “¿Por qué esperar si se puede esperar”, en mi opinión, sólo son reveladores fidedignos de las inteligencias más superficiales en nuestro campo.

¡Cuánta verdad se descubre ahora en el consejo que la enfermera jefe Hirst le dio a Marion Stone! La razón de escoger lo más difícil a lo que uno puede dedicarse estriba en el hecho de que en nuestro interior se encuentra un instrumento que mediante la dedicación paciente y el esfuerzo a lo largo de muchos años nos permitirá alcanzar el máximo grado de realización personal. No pulirlo y afinarlo hasta la perfección es desperdiciar nuestra vida.

La medicina que se despliega en las páginas de “Los hijos del ancho mundo” revela, por encima de todo, la humanidad de los médicos, su relación fraterna que no sólo nos une a quienes servimos, sino a todo lo viviente que comparte con nosotros este planeta.

En la siguiente parte de este escrito, seguiré compartiendo y comentando más hallazgos de este libro extraordinario.

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