COMENTARIOS A UNA NOVELA MÉDICA (segunda y última parte).

La práctica de la medicina en el sentido más amplio abarca la totalidad de la relación del médico con su paciente. Es un arte que se basa de manera creciente en las ciencias médicas, pero que incluye mucho de aquello que todavía se encuentra fuera del ámbito de cualquier ciencia”.

Francis W. Peabody, El cuidado del paciente. 1927.

            Como decía en la primera parte de este escrito, en esta novela titulada “Los hijos del ancho mundo” (Salamandra, 2010), el protagonista y narrador de la historia es Marion Stone, o Marion Praise Stone, según se lee en diferentes partes del libro. Marion y su hermano gemelo Shiva son producto de la unión impensada entre el cirujano Thomas Stone y su enfermera y ayudante quirúrgica, la monja de la Orden Carmelita Diocesana de Madrás, Mary Joseph Praise.

Marion y Shiva nacen en circunstancias muy difíciles coronadas con la muerte inmediata de su madre por una hemorragia uterina a la que se quiso poner remedio demasiado tarde y, además, con el abandono en el mismo quirófano de su nacimiento por su atribulado padre, que queda paralizado de terror y es incapaz de reaccionar ante la inesperada sorpresa de su paternidad. La hermana Mary Joseph Praise le había ocultado hasta ese momento su estado grávido.

Los dos gemelos son adoptados de inmediato por la ginecóloga Kalpana Hemlatha (mejor conocida como Hema) y su esposo, el doctor Abhi Ghosh, internista de formación, que acabará convertido también en cirujano ante la desaparición de Thomas Stone. Y buena parte del personal del Hospital Missing (su nombre original era Mission Hospital), empezando por la enfermera jefe Hirst y siguiendo con el portero Gebrew, la cocinera Almaz, Rosina y su hija Genet, el boticario Adam y el técnico de laboratorio Wonde Wossen Gonafer, rebautizado sin mayor empacho como W.W. Gónada –gónada es el nombre general de los testículos y los ovarios–, fungirá como la cariñosa familia sustituta de Marion y Shiva.

Criados en el ambiente de un hospital, con unos padres adoptivos que son médicos y rodeados por todas aquellas personas, no resulta una sorpresa que los dos hermanos terminasen dedicándose a la Medicina. Pero lo hicieron de manera tan distinta como diferentes eran sus personalidades. Marion, racional, tímido y responsable, entrará a la facultad de medicina y, tras muchas peripecias, se graduará como cirujano de trauma en los Estados Unidos de Norteamérica. Shiva, intuitivo y desinhibido, que vive sólo en el presente (salvo en la parte final del libro), se convertirá de manera prácticamente autodidacta en el más grande experto del mundo en la reparación de esas comunicaciones anormales entre los órganos –en este caso entre los órganos genitourinarios femeninos y el recto– que llamamos fístulas.

Una de las escenas que deseo comentar sucede en el Hospital Mecca de Boston, donde Thomas Stone trabaja como uno de los cirujanos más destacados y es un experto en trasplantes de hígado. Durante una sesión de morbimortalidad en la que se discuten los casos difíciles, cuyo diagnóstico y tratamiento resultan controvertidos y que pueden haber terminado con la muerte del paciente, Thomas Stone lee ante el público médico asistente una carta que le había entregado la madre de un joven recientemente fallecido:

Doctor Stone:

La terrible muerte de mi hijo no es algo que vaya a poder superar en mi

 vida, pero quizá con el tiempo se haga menos dolorosa. No quiero pasar por alto sin embargo una imagen, una última imagen que podría haber sido diferente. Antes de que se me pidiese que saliera de la habitación de una forma bastante cruda, debo decirle que vi que mi hijo estaba aterrorizado y que no había nadie que aplacase su miedo. La única persona que lo intentó fue una enfermera. Lo cogió de la meno y dijo: “No te preocupes, todo irá bien”. Los demás lo pasaron por alto. Los médicos estaban ocupados con su cuerpo, claro. Habría sido una bendición que hubiese estado inconsciente. Ellos tenían cosas importantes que hacer. Se cuidaban sólo de su pecho y de su vientre, pero no del niño pequeño que tenía miedo. Sí, era un hombre, pero en un momento vulnerable como aquél, estaba reducido a la condición de un niño pequeño. No vi ningún indicio del más leve rastro de compasión humana. Mi hijo y yo éramos molestias. Su equipo habría preferido que me hubiese marchado y que él estuviese callado. Finalmente, lo consiguieron. Doctor Stone, como jefe de cirugía, tal vez como padre también, ¿no cree que su equipo tiene cierta obligación de confortar al paciente? ¿No estaría mejor el enfermo con menos angustia, con menos miedo? El último recuerdo consciente de mi hijo será el de gente que no le hacía caso y el mío será el de mi niño pequeño, que veía aterrado cómo sacaban a su madre de la habitación. Es la imagen que llevaré conmigo hasta mi propio lecho de muerte. El hecho de que hubiese gente que se cuidaba de su cuerpo no compensa el que no le hicieran caso.

Lo que describe esta madre destrozada lo atestiguamos con frecuencia en las salas de urgencias y en las unidades de cuidados intensivos. La presión que representa el peligro inminente de que los enfermos pierdan la vida a veces nos hace olvidar que lo que tenemos en frente no es un costal de órganos cuya función y fragilidad registramos a través de una serie de constantes vitales, sino un ser humano, con un espíritu que suele pasar a segundo plano, enterrado bajo toneladas de datos clínicos y de laboratorio que exigen nuestra atención absoluta. Es muy difícil mantener un desempeño equilibrado e integral en esas circunstancias, pero nunca está demás recordarlo para que no dejemos de aspirar a convertirnos en médicos completos.

Cuando Thomas Stone termina de leer aquella carta, sólo se escucha el murmullo de quienes se remueven inquietos en sus asientos. Nadie se atreve a pronunciar una palabra. Tras algunos minutos, el doctor Stone lanza la gran pregunta:

 

¿Cuál es el tratamiento que se administra por el oído en una urgencia?

 

            Sólo uno entre los asistentes conoce la respuesta precisa. Y la conoce porque la ha leído en el libro que, muchos años atrás, había escrito su padre biológico. Marion Praise Stone se levanta de su asiento y los demás médicos residentes fijan su mirada en él, incrédulos porque aquellos arrogantes jóvenes médicos norteamericanos no pueden creer que alguien de Etiopía pudiese responderle a Thomas Stone. Y éste dirige su mirada hacia el joven médico que, permaneciendo de pie, parece no tener prisa en responderle. Sin embargo, Marion lo hace sin titubeos:

 

Palabras de consuelo.

 

¡Qué gran lección nos brinda el autor del libro, Abraham Verghese, a través de su personaje Marion Stone! El consuelo que brota de la compasión, un valor que debemos cultivar y hacer crecer en nosotros todos los médicos. Compasión, una palabra que hoy se malinterpreta y menosprecia tanto. Habremos de profundizar en su significado médico en futuras colaboraciones.

Marion Stone ya había experimentado la compasión mucho antes de convertirse en médico. Quiero creer que se la habían transmitido con su vida de entrega amorosa a la medicina Hena y Gosh, sus padres adoptivos. Fue en aquella ocasión cuando acompañó a Tsige, madre de un pobre niño raquítico –¿Ves las piernas arqueadas y la curva desigual de la frente y esa forma de bollo de pasas de Viernes Santo de la parte superior del cráneo?, le dijo Gosh– que falleció de difteria tras varias horas de agonía respiratoria. Nos dice Marion:

Me sentí muy triste: el sufrimiento del niño había terminado, pero el de la madre no había hecho más que empezar.

 

            Recomiendo con entusiasmo y emoción la lectura de esta novela, en especial a aquellos que

hoy se preparan para ejercer esta profesión sin igual.

Anuncios

2 thoughts on “COMENTARIOS A UNA NOVELA MÉDICA (segunda y última parte).

  1. Its like you read my mind! You appear to know so much about this, like you wrote the book in it or something.
    I think that you can do with a few pics to drive the message home a bit, but instead
    of that, this is great blog. An excellent read. I will definitely be back.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s