EL MÉDICO Y EL SEÑOR HYDE.

Uno se maravilla de que los seres humanos puedan ser tan excelsos y siente su espíritu purificado, exaltado y orgulloso al contemplar esa nobleza. Francis ha encendido una lámpara que para mí y para muchos es el símbolo del alma humana triunfante”.

Alphonse Raymond Dochez. 14 de octubre de 1927.

            A la pregunta que recientemente nos formuló a mi esposa y a mi el director del Hospital Miguel Hidalgo, respondí que este año cumpliremos veinte años de servicio en la institución. El paso del tiempo tiene una ventaja: permite mirar hacia atrás y examinar la evolución de los pensamientos y la calidad de los hechos en el lapso transcurrido. Evaluar si uno se ha mantenido fiel a eso que llamamos los ideales y cuántas concesiones ha tenido que hacer a los que consideró principios irrenunciables.

Es muy alentador observar en algunos jóvenes –subrayo algunos– los elevados pensamientos y propósitos que conciben para su vida futura y cómo se entregan sin restricciones a la consecución de esas metas. Y puede uno comprender como todo ese esfuerzo se repite siempre –uno mismo se entregó así en su momento– con resultados impredecibles que exigen una dosis necesaria de fe y optimismo en el provenir. Es la ilusión, la euforia que caracteriza a la etapa juvenil de la vida. Es la eterna lucha entre los ideales y las realidades, cuyo desenlace no podemos conocer sino hasta muchos años después. La enorme fuerza potencial del entusiasmo juvenil entraña siempre el punto débil de la inexperiencia. Es el paso de los años, el tiempo vital consumido, lo que determinará si estuvimos a la altura de lo que pensamos entonces.

Hace casi cuatro lustros que mi esposa y yo regresamos a Aguascalientes tras prepararnos como médicos especialistas en dos de los grandes hospitales que forman parte de ese grupo selecto llamado Institutos Nacionales de Salud. Con conocimientos razonablemente suficientes y abrigando los más caros anhelos de dejar una huella positiva en el devenir de la medicina aguascalentense, empezamos a trabajar en el Hospital Miguel Hidalgo que en aquellos días experimentaba una de las más notables transformaciones que ha sufrido a lo largo de su centenaria existencia. Se respiraba un ambiente de optimismo. No sólo se podía, sino que se debía soñar. Los ideales juveniles estaban al alcance de la mano.

Parecía posible ser parte de un cambio que nos llevase a la profesión que habíamos intuido con las primeras lecturas de la literatura médica internacional en la etapa estudiantil y que habíamos aprendido como residentes en aquellos grandes centros de instrucción. Una medicina que era capaz de combinar con singular fortuna el más alto nivel científico con el cultivo del humanismo más acendrado.

Hoy sabemos que esa medicina exige unas condiciones sociales e históricas que no son fáciles de encontrar y, mucho menos, de reproducir. Que las grandes vivencias se dan en confluencias espaciotemporales tan exquisitas como infrecuentes y que, a la postre, resulta una enorme fortuna que en la vida personal se tenga la oportunidad de haberlas experimentado siquiera una vez. Ya solamente ese hecho nos debe inspirar un agradecimiento inextinguible. Muchos hay que no tendrán la misma suerte.

Y puestos a prueba en la arena de la realidad cotidiana, mucho de este arte vivir como médicos y como seres humanos consiste en impedir que las desilusiones –inevitables y más frecuentes de lo que suponíamos– no erosionen los ideales hasta el punto de hacerlos irreconocibles. No siempre se tiene éxito en este empeño.

¿Qué es lo que determina los muy diversos desenlaces de las historias personales de aquellos médicos que, forjados bajo los mismos principios, acaban diferenciándose hasta llegar a volverse extraños entre si? Creo sinceramente que este punto debería ser motivo de estudios científicos del más alto nivel, diseñados con metodología rigurosa, conducidos por expertos en el tema asesorados por venerables filósofos que conociesen a fondo el alma humana. Con las respuestas –deben ser varias– a este interrogante, se podría formular un temario y proponer a las escuelas de medicina la incorporación en su plan de estudios de una asignatura que informase a los futuros médicos sobre los riesgos que les esperan en su vida profesional y las medidas de prevención que les permitan sortearlos.

¿Qué hace que aquel que pintaba para médico de altos vuelos se transforme, al contacto con la realidad cotidiana, en un mercader incapaz de reconocerse como tal? Porque ese es uno de los puntos álgidos. La transformación lleva implícita una suerte de anestesia, una amnesia progresiva que le impide a la víctima ser consiente de su deterioro. Como ocurre en la mayor parte de las enfermedades crónico-degenerativas. La diferencia aquí es que los grupos de autoayuda formados por enfermos aquejados del mismo mal –tal útiles en otras condiciones morbosas– suelen resultar contraproducentes. Con frecuencia se observa que el contacto con los iguales no sólo retarda o impide la corrección del mal, sino que lo lleva a niveles de gravedad insospechados.

La conservación de la esencia de los ideales juveniles no significa mantenerse en un estado de ingenuidad perenne. Bien aprovechado y reflexionado, el paso del tiempo al que hacía referencia en los primeros párrafos debe dar un fruto agridulce. La parte agria la proveerán los desengaños que son parte inevitable de la vida y la dulzura será el resultado de haber sabido conservar, a pesar de todo, aquellas aspiraciones que, pudiéndolas llevar o no a su consumación, sigan despertando en nosotros aquella ilusión de saberlas factibles.

No sé si será peor haber carecido desde el principio de propósitos elevados y, por lo tanto, no haber perdido nada valioso con el paso del tiempo, o, haberlos acariciado en la juventud y verlos desgastarlos con el paso del tiempo hasta volverlos inútiles. Esa pérdida de lo que se tuvo alguna vez conduce con frecuencia a la amargura o, lo que es mucho más temible, a un cinismo que busca una reparación inalcanzable en el atesoramiento de bienes materiales.

Conforme me acerco al punto que antecede al descenso de la vejez más me preocupo de estos asuntos. Tal sea el deseo de obtener alguna enseñanza útil que me permita vivir mejor de ahora en adelante. Obtener un fruto, aunque sea pequeño y seco, de estos años transcurridos. Veinte años de ejercicio profesional en toda línea deben servir para algo más que acumular conocimientos. Si reflexiono con mayor profundidad tal vez obtenga de ellos el secreto que me permita conocerme mejor y darme cuenta si se está gestando en mi interior esa transformación del médico con algunos ideales en el señor Hyde que tanto abunda en estos tiempos.

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2 thoughts on “EL MÉDICO Y EL SEÑOR HYDE.

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