LA FORMACIÓN DE UN MÉDICO (segunda y última parte).

“El concepto popular de que un científico es un hombre que trabaja en un laboratorio y que usa instrumentos de precisión es tan inexacto como superficial. Porque a un científico se le conoce, no por sus procesos técnicos, sino por sus procesos intelectuales. Y el método científico es el que procede de manera ordenada hacia el establecimiento de una verdad”.

Francis W. Peabody, The Care of the Patient. 1927.

                  Finalmente, el doctor Peabody y el resto de la comisión zarparon con destino a China el 21 de marzo de 1914. Un viaje en varias etapas, primero de Nueva York a Cherburgo (Francia) en el SS Imperator y, tras paradas intermedias en París y Berlín, realizaron el último tramo en el famoso ferrocarril Transiberiano, que los llevó desde Rusia a China. En aquel grupo viajaba Virginia Gribsby Chandler, una mujer de 28 años que era hija de un hombre de negocios de Chicago. Francis Peabody se enamoró de ella y, años después, se convirtió en su esposa.

Tras visitar numerosos hospitales, misiones y escuelas de medicina, llegaron a la conclusión que era necesario mejorar el nivel de la educación médica en China, para lo que planearon la fundación de una escuela de medicina en Pekín y, posteriormente, otra en Shanghai. Antes de regresar a los Estados Unidos, visitaron Japón. El doctor Peabody conoció varios casos clínicos interesantes y lamentó no disponer de más tiempo para estudiarlos con calma.

Durante la Primera Guerra Mundial, viajó a Europa Oriental, donde prestó servicios médicos dentro de una comisión de la Cruz Roja en Rumanía y Rusia. En este país fue testigo de la Revolución bolchevique que derrocó al gobierno provisional instalado tras el fin de la dinastía de los zares. Ya de regreso en Boston, prestó sus servicios al Ejército de los Estados Unidos estudiando una serie de casos afectados por enfermedades del corazón, en especial la fiebre reumática y una rara condición llamada síndrome de Da Costa. Por estos servicios recibió el grado de mayor.

Su prestigió como médico creció considerablemente y recibió numerosas ofertas de trabajo de varias instituciones, desde las nuevas escuelas de medicina fundadas en China, hasta la escuela de medicina de la Universidad de Chicago y el Hospital Johns Hopkins. Peabody las rechazó todas.

Fue entonces cuando en el Hospital Municipal de Boston se concibió la idea de crear una unidad de investigación clínica y un nuevo departamento de radiología. El proyecto era totalmente innovador. Nunca antes se había planeado algo así para un hospital municipal. Esta unidad de investigación clínica fue llamada el Thorndike Memorial Laboratory y se propuso a Francis W. Peabody como su director. También fue nombrado médico en jefe del Cuarto Servicio Médico del Hospital Municipal de Boston. La inauguración de las flamantes instalaciones del Thorndike Memorial Laboratory tuvo lugar el 15 de noviembre de 1923.

La producción de aquella unidad de investigación clínica fue muy pronto de gran importancia. Peabody reunió allí, en torno a su persona, un equipo de mentes brillantes que supieron convivir armónicamente, trabajar con denuedo y hacer notables aportaciones a la ciencia médica. El Thorndike Memorial Laboratory fue un gran semillero de investigadores médicos que, al trasladarse a otras instituciones del país, crearon sus propios equipos de investigadores que realizaron descubrimientos de gran trascendencia.

Uno de sus colaboradores se expresó así de él:

 

El personaje inolvidable fue, sin duda, el mismo doctor Peabody. Para mí, sigue siendo hasta la fecha el jefe de departamento ideal, un maestro de medicina clínica, un científico, un filósofo y un perfecto caballero. Su completa consideración para quienes trabajábamos con él nunca ha sido superada… Su amable y amorosa esposa lo secundaba en todos sus esfuerzos.

           

El 24 de marzo de 1924, Francis Weld Peabody, con apenas 42 años de edad, ingresó al Hospital Peter Ben Brigham por mareos, debilidad, náusea y la presencia de sangre en las heces fecales. No se pudo demostrar la causa y fue dado de alta con un tratamiento para una supuesta úlcera gástrica. Dos años más tarde, fue ingresado nuevamente por las mismas manifestaciones clínicas y se pensó que pudiese tener un tumor en el intestino delgado que tampoco pudo comprobarse en esta ocasión.

Fue admitido en el hospital por tercera y última vez el 17 de julio de 1926. Esta vez, el doctor Channing Frothingham, su médico tratante, le palpó un tumor en el abdomen que no había detectado durante los internamientos previos. Fue operado por el doctor John Homans, quien encontró un tumor en el estómago que crecía hacia la cavidad abdominal y se acompañaba de numerosos implantes –mestástasis– en el hígado. Se tomó una biopsia de una de estas metástasis y se consideró que el caso correspondía a un cáncer inoperable.

El estudio de patología demostró un tipo poco frecuente de cáncer gástrico que hoy llamamos sarcoma del estroma gastrointestinal. En aquella época no existía ningún tratamiento curativo en la avanzada etapa que tenía la enfermedad del doctor Peabody. Fue dado de alta el 31 de julio. Logró sobrevivir más de un año y falleció el 13 de octubre de 1927, a los 46 años de edad. Si Peabody hubiese vivido en nuestros días, se hubiese podido beneficiar de una nueva generación de medicamentos contra el cáncer que son especialmente eficaces en casos como el suyo.

Durante la última etapa de su vida no permaneció ocioso. Además de proseguir con sus investigaciones, fue justamente en aquellos meses cuando reescribió su famosa conferencia “El cuidado del paciente”, misma que sería publicada el mismo año de su muerte por la Revista de la Asociación Médica Norteamericana (Journal of the American Medical Association , JAMA, por sus siglas en inglés).

Esta conferencia tiene numerosos párrafos de gran interés para quienes ejercemos la medicina, pues muestra su visión integradora de la relación entre el paciente y su médico. Hacia el final, escribe sobre la importancia que tiene el conocimiento de todo lo que concierne al enfermo y lo expresa de la siguiente manera:

El buen médico conoce a sus pacientes por completo… El médico debe ofrecer su tiempo, simpatía y comprensión con absoluta generosidad. A cambio, descubrirá que ese lazo personal  que lo une al paciente es una de las mayores satisfacciones de la práctica de la medicina. Una de las cualidades esenciales del médico clínico es su interés en la humanidad, porque el secreto del cuidado del paciente consiste en hacerse cargo de él.

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