EL CAMINO A SANTIAGO (primera parte).

Un buen dibujo, como una buena preparación histológica, es un fragmento de la realidad. Ambos son documentos científicos que conservan su valor por tiempo indefinido. Su estudio siempre tendrá una utilidad independiente de la interpretación que puedan inspirar”.

Santiago Ramón y Cajal, 1899.

            No recuerdo cuándo empecé a interesarme en la vida y obra de Santiago Ramón y Cajal. Ya en la casa familiar había yo escuchado a mi madre mencionar su nombre. Lo hacía cuando recreaba aquella anécdota de su lejana infancia sobre un retrato enmarcado y autografiado del sabio que presidía la mesa del despacho de su tío médico, el casi mítico tío Nombela. Retrato que en su inquietud de niña había tirado al suelo, haciendo trizas el vidrio que lo protegía.

Tal vez desde entonces, su nombre asombroso, en el que aparecía otro nombre con vocación de apellido, fue despertando en mí la inquietud por conocerlo, por acercarme a un poco al que todos conocían mucho más por un Cajal rotundo que tantas resonancias sigue conservando a pesar de los años transcurridos.

Y, sin embargo, no fue allá, en la patria de origen, donde pude empezar a dialogar con él. Tuve que saltar el charco y encontrar, algunos años después, el primer libro de los varios que de él o sobre él ocupan hoy un lugar especial en mi biblioteca. Aquel librito se titula “Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias” y no es precisamente su obra más famosa y distinguida.

Tampoco recuerdo dónde lo adquirí, pero pienso que fue en Publicaciones Excélsior, aquel establecimiento que en el Aguascalientes somnoliento de hace 30 años –todavía hoy sigue durmiendo una siesta ayuna de buenos libros– era casi el único lugar en el que uno podía toparse con un libro inesperado, una joya enterrada que sus dueños habían puesto a la venta con el secreto deseo de que fuese descubierta por un lector si no digno, al menos genuinamente interesado en su contenido.

“Charlas de café”, un pequeño volumen de la portentosa “Colección Austral”, de la Editorial Espasa Calpe, fue el detonador de una vocación que sigue alimentando mi entusiasmo por el estudio de las células y los tejidos que, como las capas de una cebolla, cubren una esencia humana hasta hoy inasible.

No por casualidad, mi más entrañable mentor e iniciador en los saberes histológicos, el doctor Luis Manuel Bustos Arango, conserva un parecido físico y una afinidad espiritual con Santiago Ramón y Cajal que se acrecientan con el paso de los años. Nuestra convivencia cotidiana en la extraña geografía de la anatomía mórbida sigue siendo velada por la mirada serena, aunque curiosa e inquisitiva, que Don Santiago nos dirige desde el cartel en blanco y negro que el propio Luis Manuel Bustos me regaló hace muchos años.

Leer la pequeña reseña que se encuentra en la cara interna de la portada rústica de “Charlas de café” es un anticipo del gozo que nos espera cuando exploramos el interior de sus páginas. Allí hay una frase que se quedó grabada para siempre en alguna circunvolución de mi limitado cerebro: Ser un Cajal continúa siendo una aspiración de la mejor mocedad universitaria. Desde que la leí, siempre he aspirado a “ser un Cajal”, pero, como es lógico, ese es un anhelo inalcanzable.

Sigo leyendo la reseña y me encuentro otra clave. Cajal fue un gran escritor, con esa prosa cenceña e inteligente de los investigadores que no divagan. Aclaro cenceña, término que ya no usan ni los españoles peninsulares. Significa, según el Diccionario de la Real Academia, “delgado y enjuto, puro, sencillo, sin composición”. Esa es una de las varias ganancias que se obtienen al leer la obra cajaliana. Y así me sucedió a mí. Conforme avanzaba en la lectura de “Charlas de café” –y después en el resto de sus libros– iba anotando en una hoja de papel todas aquellas palabras de mi propio idioma que nunca había escuchado o leído hasta ese momento.

Vi crecer aquella lista con una velocidad neoplásica y me empezó a embargar cierta preocupación no exenta de vergüenza. Me ha vuelto a suceder lo mismo al asomarme a las páginas de Miguel Delibes. Pronto, muy pronto, esa vergüenza fue reemplazada por una gran alegría. El regocijo de comprobar la riqueza de nuestro español. Herencia a la que, en su ignorancia, la mayoría ha decidido renunciar para adoptar una jerga pobrísima que hoy caracteriza las comunicaciones de buena parte de la juventud “estudiosa” que llena las aulas universitarias.

En aquella prosa cenceña e inteligente de los investigadores que no divagan he querido abrevar no sólo para mi propia escritura sino para el ánimo. Saciar con ella esa sed de expresar los pensamientos con el menor número de las palabras más precisas. Huir de la verborrea que algunos confunden con elegancia expresiva. Labia que usan aquellos que ocultan su carencia de ideas tras una muralla de palabras inservibles.

“Charlas de café” es un libro de opiniones sobre diversos temas y asuntos. “Sobre la amistad, la antipatía, la ingratitud y el odio”, “En torno a la vejez y el dolor”, “Alrededor de la muerte, la inmortalidad y el odio”, “Sobre el genio, el talento y la necedad”, “Acerca de la conversación, la polémica, las opiniones, la oratoria, etc.”, “Sobre el carácter, la moral y las costumbres”, “Pensamientos de tendencia pedagógica y educativa”, “Sobre política, la guerra, cuestiones sociales, etc.” y “Pensamientos de sabor humorístico y anecdótico”.

A través de sus páginas pude comprobar que buena parte de los pensamientos plasmados en aquellas palabras me resultaban afines y, sobre todo, utilísimos como claves para penetrar en los secretos de este mundo tan incierto y engañoso. Aprendí, por ejemplo, a desconfiar de las alabanzas inmerecidas. De los elogios que no corresponden a la realidad propia. En palabras de Cajal, importa declinar, en lo posible, los agasajos inmerecidos y las alabanzas hiperbólicas. Quienes te obsequian o te encomian con exceso, te consideran solvente y te prestan esperando interés usurario.

Perla, tras perla, el lector va recogiendo un tesoro de frases o párrafos muy breves repletos de una sabiduría que sólo puede provenir de una vida dilatada y muy bien aprovechada como la de Don Santiago.

Si las alabanzas hiperbólicas menudean en el medio en el que uno se desenvuelve, no es menos abundante la envidia de los que se engañan pensando que los logros ajenos son el fruto de la casualidad o el favor de unos dioses cicateros que a ellos les han escatimado casi todo. Y eso cuando no tratan de desestimar lo de otros con una mueca burlona o una palabra soez. Y es que ya nos advierte Cajal que el odio puede ser desarmado por el amor, y acaba por olvidar; mas la envidia sólo cesa ante la muerte; y a menudo ni al borde del sepulcro se detiene.

            Uno de mis capítulos favoritos es “Sobre el genio, el talento y la necedad”. He aquí algunas frases que me siguen deleitando cada vez que las leo:

Para juzgar la mentalidad de los hombres, hablémosles de una invención científica o filosófica desprovista de aplicaciones prácticas.

            Unos exclamarán; ¡Admirable!…

            Y otros : ¿Para qué sirve?

            Cultivemos la amistad de los primeros.

 

            Al modo de las cordilleras, que en días grises parecen más alejadas que en días claros, ciertos talentos se envuelven en nubes para semejar profundos.

 

            Conócense infinitas clases de necios; la más deplorable es la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento.

 

Hace muchos años que inicié un camino que, como la Ruta Xacobea, me conduce a un consuelo interior. Es mi propio “Camino a Santiago”, no tan distinto del Camino de Santiago.

 

            

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