EL CAMINO A SANTIAGO (segunda parte).

No hay duda, sólo los artistas son atraídos por la ciencia… Debo lo que ahora soy a las aficiones artísticas de mi niñez, a las que mi padre se opuso con todas sus fuerzas. A la fecha, habré realizado unos 12, 000 dibujos. Para el profano, son dibujos extraños cuyos detalles se miden en milésimas de milímetro, aunque revelan los mundos misteriosos que emanan de la arquitectura cerebral”.

                                                                                                                                                Santiago Ramón y Cajal, 1900.

            Conocí al doctor Jorge Larriva Sahd durante mi paso como residente de anatomía patológica en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. El doctor Larriva realizaba en aquel entonces investigaciones en el área de las neurociencias, mismas que sigue desarrollado hasta hoy en el Instituto de Neurobiología de la Universidad Nacional Autónoma de México, ubicado en Juriquilla, Querétaro, donde funge además como Jefe del Departamento de Neurobiología del Desarrollo y Neurofisiología.

Recuerdo muy bien que en su oficina destacaban dos gruesos volúmenes de la obra cumbre de Santiago Ramón y Cajal, “Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados”. Aquellos libros correspondían a una traducción al francés realizada por el doctor L. Azoulay, publicada en 1952. El doctor Larriva me permitió hojearlos en varias ocasiones, a la par que me relataba su estrecha amistad con Rafael Lorente de Nó, el más joven de los discípulos directos de don Santiago.

Pero no todo paró ahí. Una tarde de viernes, propicia para divagar tras haber cerrado la puerta a la exigencia de los deberes cotidianos, el doctor Larriva me llamó desde su oficina. Acudí al punto y me recibió con aquella sonrisa entre picaresca y bondadosa que a uno lo hacía sentirse en la presencia de un híbrido entre el centauro Quirón y el dios Baco. Sabedor de mi interés en Cajal, me alargó con su mano una curiosa preparación histológica invitándome a verla con el microscopio.

Aquella laminilla de vidrio –un portaobjetos– contenía un corte de cerebro teñido de negro, cubierto por una gruesa capa de resina amarilla, que recordaba a los insectos prehistóricos atrapados en gotas de ámbar fosilizado. La etiqueta que podía verse en un extremo estaba escrita a mano, con tinta china también negra, en un estilo de letra antiguo. Me dijo que aquello había sido preparado por el propio Santiago Ramón y Cajal. Al doctor Larriva se lo había regalado Rafael Lorente de Nó.

Tomé con reverencia la laminilla y, ya que tendría que regresársela en breve, le pedí permiso para retratarla con el fotomicroscopio. Con la generosidad que lo caracteriza, accedió de inmediato. Cuando la puse bajo los objetivos del microscopio y me asomé a los oculares, quedé extasiado. Apareció ante mí un universo ambarino interrumpido en varias direcciones por delicadísimas prolongaciones neuronales teñidas del negro que otorgan a estas estructuras los colorantes basados en las sales de plata –tinciones argénticas–, tan propicios para el estudio microscópico de las células nerviosas.

Destacaban también los cuerpos neuronales, de los que nacían aquellas prolongaciones que, además, exhibían el finísimo detalle de su aspecto arrosariado, característica que le confieren las llamadas espinas dendríticas. Uno adivinaba el curso de las prolongaciones al observar como se volvían borrosas hasta desparecer en el plano más profundo o más superficial de aquel corte de tejido cerebral. Bastaba mover ligeramente el tornillo micrométrico del microscopio para que aquellas prolongaciones reapareciesen revelándose en todo su esplendor y delicadeza.

Tras lo dicho en los dos párrafos precedentes, no resulta extraño admitir que la observación de la estructura microscópica del tejido nervioso es una fuente incuestionable de emociones estéticas. Ya lo decía el propio Don Santiago en sus célebres “Recuerdos de mi vida” (1923):

De hecho, dejando a un lado las adulaciones egocéntricas, el jardín de la neurología ofrece al investigador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. En él, mis instintos estéticos se han saciado por completo.

 

Sin embargo, el mérito de la invención de aquellas tinciones argénticas que resultan indispensables para estudiar el tejido nervioso no puede atribuirse a Don Santiago. Fue Camilo Golgi, profesor en la Universidad de Pavía, su colega y feroz contrincante científico, quien un 16 de febrero de 1873 le escribió lo siguiente a su amigo Niccolo Manfredi:

He pasado largas horas en el microscopio. Soy dichoso porque he descubierto una nueva reacción para hacer ver hasta a los ciegos la estructura de la corteza cerebral. Dejé que el nitrato de plata reaccionase con rebanadas de cerebro que habían sido endurecidas en bicromato de potasio. Obtuve resultados magníficos y espero obtener mejores en el futuro.

 

Golgi se refería con aquellas palabras a una nueva forma de teñir el tejido nervioso para observarlo al microscopio con mucha mayor claridad. Al teñir a las células nerviosas de negro, llamó a la técnica de su invención “la reacción negra” (reazione nera, en italiano).

A pesar de que la técnica inventada por Camilo Golgi para el estudio microscópico del sistema nervioso era muy superior a las que habían estado disponibles hasta entonces, obtuvo en sus principios un tibio recibimiento, cuando no el franco desprecio, de la comunidad científica internacional.

Fue entonces cuando el psiquiatra y neurólogo Luis Simarro (1851-1921) le mostró a Cajal un corte cerebral teñido con la técnica de Golgi. Don Santiago quedó maravillado con las bondades de aquel método y lo empezó a utilizar de una manera exhaustiva y obsesiva en el estudio del sistema nervioso de varias especies de seres vivos. Él mismo señaló que, entre 1877 (cuando Simarro le mostró aquel corte de cerebro) y 1889, trabajó “no ya con ahínco, sino con furia”.

El dominio extraordinario de la técnica de Golgi le permitió a Cajal hacer importantes avances en sus estudios microscópicos. Hasta ese momento, los investigadores de la estructura del tejido nervioso pensaban –incluyendo a Camilo Golgi– que las células nerviosas estaban unidas físicamente, formando una especie de red o retículo que se extendía por todas las dimensiones de los órganos nerviosos. Se le llamaba a esta idea la teoría reticular del sistema nervioso. Muy pronto haría Cajal el descubrimiento que sepultaría para siempre aquella teoría reticular. Dejaremos ese momento cumbre y sus repercusiones para una parte futura de este escrito.

Importa aquí señalar que, más allá de la preparación minuciosa de aquellos cortes cerebrales, de su coloración con la técnica de Golgi y de su paciente observación durante horas y horas con el microscopio, Santiago Ramón y Cajal fue mucho más allá del estado contemplativo en el que tanto se deleitan algunos microscopistas. Con el dominio de aquellas tinciones y su genio reflexivo hizo avanzar de una manera portentosa el conocimiento del sistema nervioso.

Por eso, en su maravilloso libro “Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre investigación científica” (1897), advierte contra aquellos científicos que no pasan de la simple contemplación de las maravillas naturales sin aportar nada nuevo al progreso científico:

Contempladores.- Variedad morbosa muy frecuente entre astrónomos, naturalistas, químicos, biólogos y físicos, reconócese en los síntomas siguientes: amor a la contemplación de la Naturaleza, pero sólo en sus manifestaciones estéticas: los espectáculos sublimes, las bellas formas, los colores espléndidos y las estructuras elegantes…¿A qué seguir? Todos nuestros lectores recordarán tipos y variedades interesantes de esta especie, tan simpática por su entusiasmo juvenil y verbo cálido y cautivador como estéril para el progreso efectivo de la Ciencia.

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