EL CAMINO A SANTIAGO (tercera parte).

Conforme avanzamos en la senectud disminuyen los amigos y aumentan los desdeñosos y censores… Contratiempos soportables si a ellos se redujeran todos los abandonos. Lo terrible es que hasta nuestro cuerpo, el inseparable compañero de glorias y fatigas, nos repudia. Desertan las células nobles y nos rondan los microbios. El alma, de cada vez más aislada, experimenta algo semejante a la angustia del explorador del desierto, que cruza solitario la trágica llanura interminable, agotadas su provisiones, caídos sus camaradas y perseguido de cerca por cuervos que husmean el cadáver”.

                                   Santiago Ramón y Cajal. Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias, 1921.

Muchos han sido los sabios que han escrito sobre la vejez. Tal uno de los primeros y más connotados fue Séneca, el filósofo romano nacido en Córdoba, Hispania, que fue preceptor de Nerón. En el año 49 de nuestra era, Nerón regresó a Roma tras siete años de destierro en Córcega y fue entonces cuando publicó “De la brevedad de la vida”. En esta obra, Séneca nos dice que la vida es larga para quien sabe aprovecharla y no se deja arrastrar por las vanas preocupaciones del mundo:

La mayor parte de los mortales, Paulino, se queja de la maldad de la naturaleza, porque nacemos para corto tiempo, porque esos espacios de tiempo que se nos han entregado transcurren tan veloz, tan rápidamente que, exceptuados sólo unos pocos, la vida abandona a los demás en el apogeo de la vida…

… No tenemos un corto tiempo, sino que perdemos mucho. La vida es suficientemente larga y se nos ha entregado con abundancia para lograr la consumación de las cosas más importantes…

… Así es, no recibimos una vida breve, sino que la hacemos breve, y no estamos faltos de ella, antes somos sus despilfarradores… así nuestra vida se extiende mucho, para quien sabe disponerla bien.

 

            Cuando uno es joven no se ocupa de estas reflexiones. Igual que cuando comienza un fin de semana que luce infinito desde el viernes a mediodía, cuando empezamos a vivir nos parece que nunca vamos a dejar de hacerlo. Pero una vez rebasada la cincuentena, estos pensamientos acuden si somos un poco reflexivos y si nos vemos en el espejo de quienes nos anteceden en el camino de la vida.

            Hombre reflexivo y observador, Santiago Ramón y Cajal también escribió sobre la vejez. Hay un capítulo en “Charlas de café” al que tituló “En torno a la vejez y al dolor”:

Comparable a un ejército, nuestro organismo tiene la edad de sus generales. Son éstos: el corazón, el cerebro, los riñones y el pulmón. Todo va bien si se conservan lozanos y animosos. Cuando claudican, la derrota está próxima.

Providencial encuentro la frecuente sordera del anciano. Gracias a ella vegeta relativamente tranquilo sin oír el coro de enterradores que, formado por envidiosos y émulos, parecen gritar : “Viejo chocho, ¿cuaándo acabarás?”.

 

            Sin embargo, es en “El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arterioesclerótico”, que publicó en 1934, el año de su muerte y tras haber cumplido los 82, donde se reúnen la mayor parte de sus reflexiones acerca de la vejez. La introducción me parece que no tiene desperdicio:

Hemos llegado sin sentir a los helados dominios de Vejecia, a ese invierno de la vida sin retorno vernal, con sus honores y sus horrores, según decía Gracián. El tiempo empuja tan solapadamente con el fluir sempiterno de los días, que apenas reparamos en que, distanciados de los contemporáneos, nos encontramos solos en plena supervivencia. Porque el tiempo “corre lento al comenzar la jornada y vertiginosamente al terminarla” (Schopenhauer, Parerga).

El sabio aragonés trata en las dos primeras partes tanto los aspectos de la decadencia orgánica del viejo como los cambios del ambiente físico y moral. La parte tercera la dedica a las teorías de la senectud y la muerte. Y la última parte trata sobre los paliativos y consuelos de la vejez. Hay capítulos con títulos tan llamativos como “El anciano juzgado por los jóvenes”:

Se ha exagerado mucho el desdén y desestimación de los jóvenes contra los viejos laboriosos. Dígase lo que se quiera, la juventud estudiosa no es iconoclasta…

… Los auténticos adversarios del anciano pertenecen a la generación inmediatamente anterior, algunos de los cuales se miden con él en lides académicas, políticas, literarias o de caza de sinecuras… ¿Y quiénes son estos jóvenes arrogantes, prometedores de obras estupendas? Pues, salvo algunas excepciones, donceles cartilagíneos que frisan entre los cincuenta y los sesenta y cinco años. Dotados de un cerebro despierto por descansado, dichos enterradores suelen pertenecer a la caterva de los cazadores de enchufes, como ahora se dice, ansiosos de puestos preeminentes, no para trabajar fogosa y heroicamente, antes bien para darse tono y acrecentar sus ingresos.

 

            En lo personal, las reflexiones sobre la vejez me ocupan cada vez más. Si uno es suficiente sensible y observador, el cuerpo avisa y el ambiente también. A los 52 años no puedo considerarme un anciano, pero tampoco puedo verme en igualdad de condiciones con quienes andan en la veintena, la treintena e incluso, la cuarentena. Todo estriba en prepararse con tiempo. En pensar con frecuencia que no podremos mantener indefinidamente el ritmo de actividades actual y que hay que desarrollar una ocupación satisfactoria que no exija tanto esfuerzo como la que hoy constituye nuestra vida laboral.

Don Santiago pone en su libro algunas claves para que vayamos preparando el camino que conduce al fin terrenal. Basta echarle un vistazo a los títulos que componen la parte cuarta “Los paliativos y consuelos de la senectud”: la templanza o vida morigerada, régimen dietético y moral, el prurito de escribir, lectura de cartas emocionantes, abstención de la política.

Me interesa sobremanera ese “prurito de escribir”. La razón es que a él deseo dedicarme con mayor ahínco cuando tenga que dejar a un lado el ejercicio profesional en que ya llevo más de veinte años. Al respecto nos dice el sabio aragonés:

El trabajo máximo del espíritu sáciase en la turquesa de las cuartillas… Quien ha consagrado buena parte de su vida a un orden de actividad intelectual siente en su cerebro el callado palpitar de regiones postergadas. Una catarsis ideal o emocional  puede ser provechosa para restablecer el equilibrio.

 

            Llegado el momento, esperemos tener el vigor suficiente y la necesaria lucidez para dedicarnos a escribir ya no a ratos, sino cotidianamente. ¿Tan pronto piensas tirar la toalla?, me dirán algunos. En absoluto. Es sólo previsión. Conciencia de la fragilidad, sentido del transcurrir y oído muy atento a las señales que, como el personaje aquel que acompañaba a emperadores y generales romanos en los desfiles victoriosos, nos dicen…”recuerda que te vas a morir”.

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