LA BRECHA INSALVABLE (primera parte).

No te puedo decir lo que es en realidad, sólo puedo decirte cómo se siente”.

                                                                                                                                Eninem. Love the Way You Lie, 2010.

Cuando les explicaba a mis colegas de la Corresponsalía en Aguascalientes del Seminario de Cultura Mexicana la estructura de la sinapsis –punto de comunicación entre dos neuronas– pude observar en algunos rostros gestos de asombro, de perplejidad, de admiración y de interés. No me extrañó. Esa reacción es una experiencia que he tenido con cierta frecuencia cuando trato de explicar con la mayor claridad y sencillez posibles algunos de los fascinantes secretos de nuestra naturaleza biológica a quienes tal vez no estén tan familiarizados con ella.

El asunto no era para menos. Se trataba de una serie de reacciones electroquímicas relativamente sencillas, que ocurren en un espacio de apenas 20 millonésimas de milímetro, la distancia que separa una neurona de otra. Reacciones químicas que son la última expresión reconocible de aspectos tan complejos como el raciocinio, la voluntad, los sentimientos y todo aquello que nos permite identificarnos como seres humanos. ¿Puede establecerse una relación entre la aparente sencillez de la comunicación neuronal y fenómenos como los mencionados, acostumbrados como estamos a considerarlos espirituales, es decir, sin un sustento físico?

Francis Crick, aquel famoso biólogo que junto a James Watson descubrió la estructura química de nuestro material genético, el ácido desoxirribonucleico o ADN, dedicó los últimos años de su fructífera carrera científica a las neurociencias, el conjunto de disciplinas que estudian la estructura, la función, el desarrollo, las bases químicas y las enfermedades del sistema nervioso. Las neurociencias también analizan cómo las interacciones de todos los componentes de este sistema dan lugar a las bases biológicas de la conducta. Francis Crick colaboró estrechamente con Christof Koch, destacado investigador y divulgador en este campo. Desde 1986, el doctor Koch es el profesor Lois y Víctor Troendle de la cátedra de Biología Cognitiva y de la Conducta del Instituto Californiano de Tecnología, más conocido como CalTech.

En 2004, Christof Koch publicó un hermoso libro titulado “La búsqueda de la conciencia. Un enfoque neurobiológico” (The Quest for Consciousness. A Neurobiological Approach. Roberts and Company Publishers), que dedicó a su mentor Francis Crick. Éste escribió el prólogo, en donde señala que la conciencia es el principal problema de la biología que permanece sin resolver:

…¿Cómo es que lo que los filósofos llaman cualidad de las cosas, como lo rojo del color rojo y lo doloroso del dolor, nacen de la acción concertada de las células nerviosas, las células gliales y sus respectivas moléculas? ¿Puede ser explicada la cualidad con lo que hoy sabemos en la ciencia moderna, o se necesita algún tipo de explicación distinta? ¿Cómo acercarse a este problema aparentemente intratable?

 

La perplejidad mostrada por Crick es la misma que observé en los rostros de quienes me escuchaban hablar sobre la estructura sináptica. Y es que cuesta mucho salvar la brecha que separa una serie de fenómenos químicos que ocurren en nuestras células nerviosas y facetas de nuestra naturaleza que, por su gran complejidad, parecen pertenecer al dominio de aquello que, por inexplicable, llamamos sobrenatural.

Christof Koch se niega a aceptar las explicaciones sobrenaturales. Justo en este 2012 acaba de publicar otro libro sobre la conciencia cuyo subtítulo revela muy claramente su postura. Se trata de “La conciencia. Confesiones de un reduccionista romántico” (Consciousness. Confessions of a Romantic Reductionist. The MIT Press).

En él cita al filósofo David Chalmers, quien acuñó el concepto del “problema arduo” para referirse a la dificultad para explicar el porqué alguien siente algo en particular. Chalmers exponía a través de una serie de razonamientos que la experiencia consciente no podía derivarse de las mismas leyes físicas que gobiernan al universo. Estaba convencido que nunca podría explicarse de una manera reduccionista (con argumentos basados en evidencias físicas obtenidas mediante la investigación científica) el vínculo que une al mundo objetivo con el mundo de las experiencias subjetivas.

Y Koch nos dice que David Chalmers le dejó una gran enseñanza acerca de los filósofos, en especial cuando éste insistió que ningún hecho empírico, ningún descubrimiento biológico ni ningún avance conceptual en las matemáticas podrían convencerlo de que llegaría el día en el que se encontrarían las evidencias científicas para explicar y entender la experiencia consciente. Para Koch, lo afirmado por el filósofo Chalmers era un argumento impecable, pero sin ninguna prueba sólida que lo sustentara.

Nos advierte Koch que desde entonces ha conocido muchos filósofos totalmente convencidos de la veracidad de sus ideas y que esta confianza en las propias ideas –sin confrontarlas con las de otros y sin someterlas al trabajo experimental­– casi nunca se ve entre los científicos. Por el contrario, quienes hacen experimentos, a fuerza de someter sus hipótesis al juicio severo de la Madre Naturaleza, en no pocas ocasiones se tienen que resignar a desechar sus propias ideas, por más queridas y entrañables que les hayan sido a lo largo de los años. Por lo mismo, el científico ve sus propios razonamientos con un grado saludable de escepticismo y sólo acepta sus ideas cuando tiene evidencias suficientes que disipan cualquier duda razonable sobre su veracidad.

¿Será posible que algún día podamos entender los fenómenos de la mente a través la investigación científica sin tener que recurrir a explicaciones sobrenaturales? Dos médicos mexicanos, Bruño Estañol y Eduardo Césarman, en su interesante libro “El telar encantado. El enigma de la relación mente-cerebro” (Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa, 1994) nos ofrecen una interesante respuesta:

La identificación y comprensión de los fenómenos biológicos, entre los que se encuentran el funcionamiento del cerebro y los fenómenos de la mente, requieren de una teoría unificada y holística, que integre la perspectiva microscópica con la macroscópica, el estudio analítico con el fenomenológico y los conocimientos de la física con los de la biología y que, además, tome en cuenta la relación del hombre con los demás seres humanos, con la cultura y con la historia, y con su propia biografía.

De algunas de estas cuestiones iremos tratando en las siguientes partes de este escrito.

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