LA BRECHA INSALVABLE (tercera parte).

Mi alma es como una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tañe o rechinan en mi interior, cuerdas y arpas, timbales y tambores. Sólo me reconozco como sinfonía”.

                                                                                                            Fernando Pessoa. El libro del desasosiego, 1913-1935.

Como lo he mencionado en las dos partes anteriores, he tomado como libro base sobre el tema de la conciencia el publicado recientemente por Christof Koch (Consciousness. Confessions of a Romantic Reductionist. The MIT Press, 2012). Para otros autores, la conciencia se refiere únicamente al conocimiento inmediato que uno tiene de sí mismo, sus actos y reflexiones. Koch nos dice que la conciencia, además de lo señalado, abarca otras facetas. Por lo mismo, admite la posibilidad de que algunos animales, los mamímeros en especial, experimentan alguna forma de conciencia, tal vez menos compleja y desarrollada que la humana, pero conciencia al fin. Nos dice que esos animales ven, oyen, huelen, es decir, experimentan el mundo. Para él cada animal tiene su sensorio particular, un centro cerebral que recoge, procesa y transmite las sensaciones, adaptado al nicho ecológico en el que vive, fruto de su propia historia evolutiva.

Este enunciado apunta a una idea que a mí me parece importante: las funciones cerebrales superiores son también el resultado de nuestra evolución como especie. No son algo externo que escapa a los determinantes biológicos, tanto los que nos son propias, como los que compartimos con el resto de los seres vivos. Existe una continuidad estructural y conductual entre los animales y los seres humanos. Como dice Christof Koch “todos somos hijos de la naturaleza”. Los argumentos que esgrime para apoyar esta aseveración son tres:

1.-Ante los mismos estímulos, el dolor, por ejemplo, la conducta de muchos mamíferos es muy parecida. Y no sólo en lo que se refiere al dolor físico, sino también al sufrimiento. Koch considera que los animales sufren cuando se abusa de ellos de manera sistemática, cuando se les separa de su camada o se les priva de una compañía humana satisfactoria. Dicho sea de paso, es un punto a considerar en las discusiones recientes sobre la tauromaquia.

2.-La estructura del sistema nervioso es bastante similar en las diferentes especies de mamíferos. Aunque tambièn existen diferencias notables, en especial si incluimos en la comparación nuestro propio cerebro.

3.-Todos los mamìferos existentes están estrechamente emparentados. Compartimos un ancestro común con los grandes simios hace apenas seis millones de años.

Koch resume todo ello en esta frase: “El Homo sapiens es parte de un continuo evolutivo, no es un organismo único que cayó del cielo dotado de una sensibilidad plena.

Conforme he ido avanzando en la lectura de este libro apasionante, me he encontrado con una sorpresa. Aunque ya se empieza a adivinar desde el subtítulo, cuando Koch se describe como “un reduccionista romántico”, yo suponía que un neurocientífico de su talla nunca admitiría en su esquema sobre la conciencia elementos que pueden sonar sospechosamente inmateriales, conceptos que escuchamos más bien en los labios de los maestros espirituales. Y, sin embargo, Koch los incluye aquí con gran naturalidad.

Me recordó lo que describía la neuroanatomista Jill Bolte Taylor en su intersantísimo libro “Un ataque de lucidez. Un viaje personal hacia la superación” (Editorial Debate, 2008). Hace tres años, yo mismo escribí sobre la doctora Taylor una “Mesa de autopsias” titulada “El hemisferio revelado”, describiendo lo que ella recordaba con gran nitidez durante los momentos consecutivos a una grave hemorragia dentro de su hemisferio cerebral izquierdo:

A la par que ya no podía distinguir con claridad las fronteras físicas entre su cuerpo y todo lo que lo rodeaba, notaba que su conciencia ya no podía retener los detalles de su vida normal. En su lugar, le iba ganando la sensación de que formaba parte indisoluble un todo, de que “era uno” con el universo. Cobró conciencia del trabajo incesante de sus millones de células. En sus palabras: “¡Vaya! ¡Menudo concepto insondable! Soy vida celular… no, soy vida molecular con destreza manual y una mente cognitiva”. Estas sensaciones le resultaron muy reconfortantes.

           

Según Christof Koch, esta experiencia de unión indisoluble con el entorno junto a la reducción considerable o la pérdida de la conciencia en uno mismo puede experimentarse en situaciones mucho menos traumáticas. Por ejemplo, durante la máxima concentración necesaria para escalar una montaña –una de sus aficiones favoritas–, haciendo el amor, en medio de un debate muy acalorado, bailando swing o conduciendo una motocicleta. Él lo describe así cuando está escalando:

Es un estado poderoso en el que estoy exquisitamente consciente de mi entorno, la textura del granito bajo mis dedos, el viento agitando mis cabellos, los rayos del sol pegando en mi espalda y, siempre, siempre, la distancia del último punto de apoyo por debajo de mí.

 

Algo parecido nos sucede cuando nos embebemos contemplando una película:

Esta es una razón por la que nos gusta ver películas. Nos distraen de nuestra siempre activa autoconciencia, de nuestro diario aluvión de preocupaciones, ansiedades, miedos y dudas. Por unas pocas horas, escapamos de la tiranía de nuestros dominios cerebrales. Permanecemos muy conscientes de lo que ocurre en la historia, pero apenas atentos a lo que sucede en nuestro interior. Y esto a veces es una verdadera bendición.

 

Para quienes estamos siquiera vagamente familiarizados con algunas disciplinas orientales, lo que nos está diciendo Koch tiene enormes resonancias. Llamativas coincidencias con la práctica de la meditación del budismo zen y otras exquisitas expresiones espirituales del ser humano. Esa experiencia la tuvo la doctora Taylor durante una hemorragia cerebral, lo que le permitió descubrir las propiedades del hemisferio cerebral derecho –el único que estaba funcionando durante la catástrofe del hemisferio opuesto– y otros lo perciben en diferentes circunstancias. Pero es más interesante saber que existe todo un camino espiritual para lograrlo. Por eso han existido acercamientos entre los estudiosos del sistema nervioso y los monjes budistas.

Si, como dice Koch, reducir la permanente autoconciencia que domina nuestras vidas es una bendición, entonces coincide con aquellos que nos dicen que merece la pena meditar para “vaciar la mente”, para “detener el parloteo incesante de nuestro ego”.

Esta convergencia entre las neurociencias y disciplinas espirituales como las señaladas es para mí motivo de gran alegría. Significa que nos vamos acercando a un punto en el que podremos tener un panorama mucho más completo del ser humano. Tengo la firme esperanza de que así será y entonces nos daremos cuenta que en el lienzo de eso que llamamos “la realidad” todos tenemos alguna pincelada que dar.

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