LA BRECHA INSALVABLE (cuarta parte).

Mi trabajo, mi vida, giran en torno a los enfermos; pero el enfermo y su enfermedad me hacen pensar cosas que de otro modo quizá no pensaría”.

                                                                Oliver W. Sacks. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, 1985.

Recientemente, un colega y viejo compañero durante aquel año del servicio social que ambos compartimos en el Departamento de Gastroenterología del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán bajo la  bondadosa guía del doctor José de Jesús Villalobos Pérez, me preguntaba extrañado si yo me dedicaba a la medicina clínica. Este compañero, con el que luego conviví ya sólo esporádicamente y al que dejé de ver hace ya varios años, me hacía esa pregunta desconcertado al leer algunos de estos ensayos que también “subo” a la página de Facebook de la Asociación de Médicos del Instituto referido (AMINNSZ).

Y es que suelo escribir sobre médicos y pacientes como si yo fuera un médico clínico, cuando en realidad no lo soy… o por lo menos no lo soy en el sentido habitualmente aceptado del término. Lo que ocurre es que no concibo mi oficio de patólogo sin el firme vínculo que tienen mis análisis y diagnósticos con todo aquello que gira en torno a la atención de los enfermos. Sé que al leer lo que acabo de escribir, algunos colegas patólogos enarcarán la ceja y verán confirmadas sus sospechas acerca de mi heterodoxia profesional, pero así me concibo a mi mismo y así entiendo el papel que juego en el concierto de la medicina.

Por todo ello, en este escrito de la serie que estoy dedicando a la conciencia y la relación mente-cerebro, volveré a tocar el tema de los enfermos, en este caso, aquellos que padecen del sistema nervioso. La razón para hacerlo nos la expresa Christof Koch:

            Históricamente, la clínica ha sido el terreno más fértil para el estudio del cerebro y la mente. Los caprichos de la naturaleza y del hombre, con sus automóviles, balas y cuchillos, producen lesiones destructivas que, cuando tienen alcances limitados, iluminan el vínculo entre la estructura y la función y sacan a la luz rasgos que apenas se perciben cuando se está sano.

 

            Las enfermedades y los accidentes que afectan al cerebro suelen producir alteraciones que en neurología se llaman déficits. Oliver W. Sacks, un neurólogo connotado y escritor extraordinario, reflexiona sobre esta palabra:

La palabra favorita de la neurología es déficit, que indica un menoscabo o incapacidad de la función neurológica: pérdida del habla, pérdida del lenguaje, pérdida de la memoria, pérdida de la visión, pérdida de la destreza, pérdida de la identidad y un millar de carencias y pérdidas de funciones (o facultades) específicas. Tenemos para todas estas disfunciones (otro término favorito) palabras negativas de todo género –afonía, afemia, afasia, alexia, apraxia, agnosia, amnesia, ataxia–; una plabra para cada función mental o nerviosa específica de la que los pacientes, por enfermedad, lesión o falta de desarrollo, pueden verse privados parcial o totalmente.

           

            Se sabe que el estudio científico de la relación mente-cerebro empezó a mediados del siglo XIX, gracias a los estudios de Pierre Paul Broca, aquel anatomista y antropólogo francés, que, como niño prodigio, se graduó de médico a la edad de 20 años, cuando la mayoría de sus contemporáneos apenas empezaban la carrera de medicina. En 1861, su primer paciente en el Hospital Bicêtre, que se apellidaba Leborgne, se ganó el apodo de “Tan” porque era la única palabra que podía pronunciar. Este pobre hombre tenía una lesión en cierta área del hemisferio cerebral izquierdo. Eso le hizo pensar a Broca que las facultades mentales específicas del ser humano tenían asiento en una zona concreta de la topografía cerebral. En cierta forma es así, aunque el asunto no es tan sencillo y hoy sabemos que varias funciones cerebrales que son el fruto de la colaboración de diferentes regiones del encéfalo.

Cuando estas alteraciones no son letales y dejan una secuela relativamente limitada, se vuelven atractivas para aquellos que estudian las relaciones entre la mente y el cerebro. Y, en ese terreno, encontramos disfunciones que nos parecen exóticas y que, a la vez, nos revelan facetas sorprendentes de nuestra conciencia.

Del libro de Christof Koch (Consciousness. Confessions of a Romantic Reductionist. The MIT Press, 2012), tomamos por ejemplo la acromatopsia, que es la incapacidad para ver los objetos a todo color. Como si el paciente viese el mundo que lo rodea a través de una televisión en blanco y negro. En estos enfermos se ha destruído aquella parte de la corteza cerebral que regula la visión cromática llamada el centro del color. Curiosamente, la comprensión de las palabras para nombrar a los colores y su asociación con los colores mismos no se ha perdido. El paciente entiende lo que significa “color rojo” pero no puede verlo en los objetos que pasan frente a sus ojos.

Otra alteración extraña es la prosopagnosia, la incapacidad para reconocer los rostros familares o conocidos. Estos enfermos entieden que están viendo una cara, pero no pueden saber a quién pertenece. Todos los rostros les parecen iguales o indistinguibles. Son incapaces de experimentar el reconocimiento instantáneo de sus seres queridos. En los casos graves, no pueden ver una cara como una cara. Perciben los diferentes elementos que constituyen el rostro –ojos, nariz, orejas, boca, etc., pero no los pueden integrar en el concepto único “cara”. Sin embargo, conservan cierta capacidad no consciente de familiaridad, ya que sudan ligeramente cuando están frente a una persona conocida, aunque no la reconozcan.

La otra cara de la prosopagnosia es el síndrome de Capgras, en el que el afectado cree que una persona conocida, su esposa por ejemplo, ha sido reemplazada por un impostor que se parece, habla y se mueve de una forma similar, aunque no totalmente idéntica, al de la persona verdadera. Reconoce el rostro, pero ha perdido su familiaridad con él.

Un cuarto ejemplo es la akinetopsia, la incapacidad para ver el movimiento. El paciente ve los objetos como si estuviesen bajo una luz estroboscópica, como nos ocurre cuando estamos en una discoteca a oscuras y sólo podemos ver a los que bailan a nuestro alrededor cada vez que la lámpara del local emite un intenso destello, un pulso luminoso. Un rato bajo este efecto óptico puede ser divertido, pero padecerlo continuamente debe ser insufrible. El afectado infiere el movimiento de los objetos al comparar sus posiciones a lo largo del tiempo, pero no los ve moverse. Las otras funciones relacionadas con la visión, como la identificación del color y la forma de los objetos, están totalmente conservadas.

Todos estos ejemplos nos conducen a una idea interesante. Los aspectos que forman parte de la conciencia también son coordinados por diversas regiones de la geografía cerebral. Es lo que Semir Zeki, del University College de Londres, ha llamado “nodo esencial”. El daño de uno de estos nodos de la conciencia conduce a la pérdida de la facultad que coordina, aunque pueden quedar intactos los demás atributos.

El mensaje que se desprende de aquí es que pequeñas porciones de la corteza cerebral son responsables de un contenido específico de la conciencia. Este vínculo entre una función concreta y una región o regiones cerebrales específicas es un rasgo distintivo de nuestro sistema nervioso. Ningún otro órgano lo tiene desarrollado con la exquisitez de nuestro cerebro. Es la expresión de una especialización radical que hace del encéfalo un órgano sin par. Tal vez sea por eso que Eduardo Punset, el extraordinario divulgador de la ciencia catalán, haya escrito un libro que se titula “El alma está en el cerebro”.

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