LA BRECHA INSALVABLE (quinta parte).

Explicar las funciones del cerebro parece una tarea tan difícil como pintar el alma, por lo que suele decirse que el hombre comprende todas las cosas, excepto a si mismo”.

                                                                                                        Thomas Willis. La anatomía del cerebro y los nervios, 1664.

            ¿Llegará el día en el que comprenderemos todas las facetas de la conciencia de una manera científica, sin echar mano de argumentos sobrenaturales? Como en muchos de los asuntos que tratan de la frontera entre lo biológico y lo espiritual, el cuerpo y alma, el cerebro y la mente, las respuestas se dividen en dos posibilidades que, a primera vista, parecen irreconciliables. Yo creo que no lo son.

No hay duda que una tarea tan difícil debe emprenderse con una dosis necesaria de humildad, es decir, reconociendo de antemano que hay limitaciones técnicas y conceptuales muy difíciles de superar, propias del momento histórico al que está ligado el grado de desarrollo del conocimiento científico. Ese saber es un edificio en construcción, por lo que se pueden aventurar hipótesis y tener breves chispazos de genial intuición, pero la certeza sobre el aspecto que irá adquiriendo cada parte de esa edificación es imposible. No por ello renunciaremos a continuar con la obra.

Esa dosis de humildad sobre nuestros propios alcances a la hora de conocernos a nosotros mismos la señaló muy bien el filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900) en su ensayo “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, publicado en 1873:

¿Qué sabe el hombre, en definitiva, de sí mismo? ¡Ni siquiera es capaz de visualizarse a sí mismo

cabalmente, tendido como está dentro de una campana de cristal iluminada! ¿No le soslaya la

Naturaleza el conocimiento de la mayor parte de las cosas, incluso por lo que a su propio cuerpo se refiere, confinándolo, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, el rápido flujo de los

torrentes sanguíneos, las vibraciones de las intrincadas fibras, a una conciencia tan orgullosa como falaz?

 

            Lo que llamamos realidad y nuestra existencia en ella abarca un enorme y complejísimo conjunto de elementos que forman una especie de tejido. Comprender esa urdimbre desafía nuestras posibilidades actuales, pero no tiene por que ser necesariamente imposible. Los avances de las neurociencias nos dan la esperanza de que estamos cada vez más cerca de esa comprensión.

No es una sorpresa que el hombre tardase tanto en reconocer al cerebro como el asiento de funciones tan elevadas. Su aspecto a simple vista y su discurrir silencioso –muy distintos del corazón– son poco llamativos. Basta recordar como se refería al cerebro Henry More, el filósofo inglés del siglo XVII:

Ese tuétano blando en el interior de la cabeza humana demuestra la misma capacidad de pensamiento que un budín de manteca o un tazón de requesón.

 

            Según refiere Carl Zimmer en su hermoso libro “El alma hecha carne. El descubrimiento del cerebro y cómo cambió al mundo” (Soul made flesh. The discovery of the brain and how it changed the world. Free Press, 2004), More escribió que “el cerebro era una sustancia acuosa sin estructura que no podía contener los trabajos del alma”. Y, sin embargo, lo que hoy se va descubriendo parece indicar lo contrario.

“Las neuronas y las sinapsis que las conectan son para la percepción, la memoria, el pensamiento y la acción como el átomo para la materia”, nos dice Christof Koch. Y luego señala que si la ciencia pretende algún día llegar a comprender estos procesos, deberá ser capaz de explicarlos en términos de las interacciones de grandes coaliciones de neuronas embebidas en una red de una complejidad inconmensurable.

Una de estas coaliciones neuronales juega un papel muy relevante en la conciencia: el complejo córtico-talámico. Toda la información proveniente tanto del exterior como del propio organismo –salvo el olfato, cuyas vías nerviosas se desarrollan en el embrión antes que el tálamo y llegan directamente al cerebro– converge en una zona clave del sistema nervioso llamada tálamo. Se trata de una estructura ubicada en la línea media del encéfalo, tiene el tamaño de un huevo de codorniz (un tercio de un huevo de gallina) y está conformada por unos 80 grupos neuronales. Las neuronas del tálamo, filtran la información que reciben, la mandan a las neuronas de la corteza cerebral (específicamente a las de la neocorteza, la parte más “moderna” de nuestro cerebro) y son retroalimentadas por éstas.

Con modernos métodos que registran la actividad de algunas pocas neuronas y evitan la interferencia de neuronas vecinas o distantes, Itzhak Fried, un neurocirujano y neurocientífico de la Escuela de Medicina de la Universidad de California en Los Ángeles, ha logrado descubrir un interesante grupo de células nerviosas situadas en los lóbulos temporales mediales. Esta región, que incluye también al hipocampo, transforma las percepciones en recuerdos. Y algo más: las neuronas de esta región responden selectivamente a percepciones muy concretas, como la observación de algún rostro conocido. Itzhak llama a estas células “neuronas conceptuales”.

Koch nos dice que al nacer estas neuronas no han sido programadas para reaccionar al estímulo que en el futuro las marcará selectivamente. Como el escultor que parece sacar del bloque de mármol la Venus de Milo o La Piedad, las vías de aprendizaje en el cerebro van esculpiendo los conjuntos de conexiones –campos sinápticos, los llama– en los que las neuronas conceptuales están inmersas. Cada vez que nos topamos con una persona u objeto en concreto, ciertas neuronas de la neocorteza se activan siguiendo un patrón específico que es reconocido por las neuronas conceptuales de los lóbulos temporales mediales. Al parecer, estas neuronas también guardan representaciones de ideas más abstractas, como lo que evocamos con la fecha del 11 de septiembre (la destrucción de las Torres Gemelas que está tan grabada en la conciencia de los norteamericanos), el número pi o la idea de Dios.

Esa parábola del escultor utilizada por Koch me gusta mucho, porque me recuerda una bella frase de Santiago Ramón y Cajal: “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”.

¿Tendremos una neurona para cada idea? Si es así, me preocupa que nuestros jóvenes destruyan con tanto entusiasmo como inconsciencia sus reservas neuronales cada vez que “se van de antro” –me fui al antro para relajarme, nos dicen–, apelativo que hace años tuvo connotaciones siniestras y era sinónimo de perdición, es decir, acudir a un antro era cancelar toda posibilidad de acceder a la salvación eterna. Una vez más, la ciencia confirma la sabiduría contenida en las viejas creencias.

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2 thoughts on “LA BRECHA INSALVABLE (quinta parte).

  1. Estimado amigo,
    Creo que a pesar de todo lo que hemos aprendido en las últimas décadas,el camino que falta por recorrer en la ruta del conocimiento científico es casi inalcanzable. Sin embargo todo parecería indicar, efectívamente, que en el gran complejo cerebral se aloja el alma. Por supuesto, nos sigue aterrando la idea que despues de nuestro paso por la vida no hay nada mas hallá. Esto nos debe hacer reflexionar profundamente sobre las grandes y difíciles cuestiones de la humanidad: ¿cuál es el papel del hombre en el mundo? ¿porqué estamos aquí?
    Un gran abrazo,
    Carlos Barrionuevo

  2. Querido amigo Carlos:
    Muchas gracias por tu comentario que da en el centro de la diana. Grande es nuestra responsabilidad en ESTE mundo. 
    Te mando un abrazo.
    Luis.

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