LA BRECHA INSALVABALE (sexta parte).

Debemos recordar que todas nuestras ideas provisionales sobre la psicología quizás tendrán algún día una base orgánica”.

                                                                                                                Sigmund Freud. Introducción al narcisismo, 1914.

            Todos tenemos la sensación de estar al frente de nuestras acciones y, sin embargo, una parte muy importante de nuestra mente permanece oculta, aunque su actividad determina mucho de lo que pensamos y hacemos. Esa parte desconocida es el inconsciente, o como lo llaman Christof Koch y Francis Crick, “los zombis del cerebro”.

Es relativamente fácil advertir la existencia del inconsciente. Basta recordar la multitud de acciones automáticas que realizamos a lo largo del día sin la necesidad de prestar en su proceso una atención sostenida. Nos rasuramos, bañamos, vestimos, conducimos el automóvil, tecleamos teléfonos y computadoras y hasta lavamos los platos de la cena sin estar totalmente conscientes de ello.

Todos estos mecanismos inconscientes coordinan de una manera fluida y rápida las interrelaciones entre los músculos y los nervios que son necesarios para realizar esas tareas y nos hacen la vida más llevadera. Se parecen a los reflejos clásicos como el parpadeo, la tos, el quitar la mano del fuego o sobresaltarse con un estruendo. Los reflejos clásicos son automáticos, rápidos y dependen de circuitos neuronales ubicados en la médula espinal y el tallo cerebral, el segmento del sistema nervioso que une a la médula espinal con el encéfalo. En cambio, los mecanismos inconscientes parecen ser reflejos más flexibles coordinados por circuitos neuronales ubicados en el propio encéfalo.

Los zombis del cerebro realizan acciones rutinarias por debajo del umbral de atención de la conciencia. Uno puede ser consciente de la acción del zombi, pero sólo después de que ya ha ocurrido. Muchas veces realizamos movimientos que nos evitan un peligro. Por ejemplo, vamos caminando por la calle cuando, de pronto, damos un paso más largo que impide que caigamos en una zanja. No fuimos conscientes de la trampa hasta que ya la evitamos. La acción precedió y fue más rápida que el pensamiento. Marc Jeannerod, que trabaja en el Instituto de las Ciencias Cognitivas en Bron, Francia, ha demostrado de manera experimental que la acción motora correctiva (evitar la zanja) se adelanta a la percepción consciente un cuarto de segundo.

Los agentes del inconsciente son susceptibles de entrenamiento. A fuerza de repetir ciertos movimientos una y otra vez, acaban por volverse automáticos. Eso es algo que todos hemos experimentado. Lo vemos en el entrenamiento de las artes marciales. Durante mis clases de judo y karate siempre me pregunté la razón de dedicar tanto tiempo a realizar rutinas de llaves y golpes. Es lo que hay detrás de las elaboradas series de movimientos casi coreográficos que en varias artes marciales reciben el nombre de “katas”. Con el adiestramiento suficiente, se acaba por ejecutarlas sin pensar en cada paso. De hecho, es justamente lo que se busca con estos ejercicios. Liberarse de la mente consciente. Son formas de meditación en movimiento.

Es lo que expresa de manera magistral Eugen Herrigel en su libro “Zen en el arte del tiro con arco” (Zen in the Art of Archery. Vintage, 1999). Al referirse a la esgrima en el último capítulo de esta obra extraordinaria, el autor nos dice lo siguiente:

El alumno debe desarrollar un nuevo sentido, o dicho con mayor exactitud, un nuevo estado de alerta de todos sus sentidos que le permita evitar las estocadas peligrosas conforme las ve venir. Una vez que domine con maestría el arte de la evasión, ya no necesitará observar con atención los movimientos de su adversario, incluso si enfrenta varios a la vez. Así, él ve y siente lo que va a ocurrir, y evita sus efectos sin que entre la percepción y la evasión medie “el grosor de un cabello”. Y eso es lo que cuenta: una acción fulgurante que ya no requiere observación consciente.

Eso significa que existen complejos mecanismos cerebrales perfectamente adaptados para la realización de estas tareas. El paso de los actos que demandan la atención y acaparan nuestra conciencia a las acciones inconscientes ocurre cuando se utilizan una serie de recursos neuronales que van de la corteza prefrontal a los ganglios basales –núcleos neuronales en el centro del cerebro– y el cerebelo. Es curioso observar que, cuando ponemos atención a estas tareas automáticas, solemos cometer errores de desempeño. Es una experiencia frecuente en la ejecución de una melodía que ya anteriormente habíamos ensayado que, si pensamos en cada uno de los movimientos que vamos a realizar, nos equivoquemos.

El estudio del inconsciente es una puerta que conduce a revelaciones sorprendentes y, a veces, perturbadoras. Así como existe un inconsciente individual, parece haber también un inconsciente colectivo. No somos islas. Somos animales sociales. Los publicistas lo saben y sacan partida de ello. Todos conocemos y hasta tememos los efectos de los llamados mensajes subliminales que dirigen su influencia a esa parte de nosotros mismos sobre la que no podemos ejercer control alguno.

En última instancia, cabe preguntarnos hasta qué punto tenemos el control de nuestras propias intenciones conscientes y de las elecciones deliberadas que regulan las interacciones con familiares, amigos y desconocidos. Décadas de investigación en psicología social parecen demostrar que nuestras interacciones son gobernadas por fuerzas más allá de nuestra comprensión, por deseos inconscientes, motivaciones y temores diversos.

Christof Koch nos dice que “la comprensión de la importancia del inconsciente es un reto para la psicología y las neurociencias. Es también necesario para darle sentido a nuestras vidas. Sin la introspección, sin asumir que nuestras acciones no son simplemente el resultado de elecciones conscientes y deliberadas, no es posible ser cada vez mejores. Sin embargo, ninguno de los datos disponibles hasta ahora sugiere que el inconsciente tiene poderes vastos e ilimitados que puedan ser aprovechados para resolver todos nuestros problemas. Eso sólo se puede lograr a través de acciones meditadas y disciplinadas, hábitos cultivados a lo largo de muchos años”.

La comprensión del inconsciente también apunta hacia otro tema tan controvertido como la existencia de un alma incorpórea. Nos obliga preguntarnos si acaso existe el libre albedrío.

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