LA BRECHA INSALVABLE (séptima y última parte).

Los muchos otros órganos que constituyen nuestro cuerpo pueden ser comprendidos bastante bien como máquinas dedicadas a cumplir funciones claramente definidas, aunque complejas. El reto especial que plantea la máquina cerebral es que en su interior reside también un espíritu: nuestra conciencia emergente, cuyas propiedades exceden con mucho las conexiones internas y las descargas electromecánicas que la producen”.

                                                                Rob Desalle y Ian Tattersall. The brain. Big Bangs, Behaviors, and Beliefs, 2012.

            La semana pasada escribí la sexta parte de esta serie y, un poco por la presión de terminar a tiempo para su entrega y publicación en El Heraldo de Aguascalientes, decidí llamarla la última parte. Apenas lo había hecho así, cuando surgió en mi interior una vaga inquietud. El lectura del libro de Christof Koch que me había inspirado a lo largo del último mes –Consciousness. Confessions of a Romantic Reductionist. The MIT Press, 2012– no había concluido todavía. Por otro lado, parecía necesario hacer un recuento de lo escrito y volver al punto de partida para cerrar el círculo de esta serie, aceptando con humildad que un tema como la relación mente-cerebro es inagotable. Heme aquí.

Parece ser que una de las claves en el estudio científico de la conciencia se llama integración. Los receptores distribuidos por todo el cuerpo son capaces de registrar tanto lo que ocurre en el medio ambiente como lo que acontece en la vida interna de nuestros órganos. Los estímulos viajan por vías que llegan a diversas regiones de ese kilo y medio de cerebro con sus 86 mil millones de neuronas. La función de ciertas coaliciones de neuronas consiste en integrar esa información en algo coherente que llamamos la conciencia. Eso es lo que propone Giuglio Tononi con su teoría de la información integrada.

El grado de integración que son capaces de desarrollar las neuronas conectadas está en relación directa con el nivel de conciencia que un ser humano tiene en cierto momento. Lo que lleva implícita la idea de que la capacidad integradora de nuestras células nerviosas cambia a lo largo del tiempo. En el estado de vigilia –cuando estamos despiertos– esa capacidad alcanza su estado máximo. Al dormir, en especial durante el sueño profundo, la capacidad de integración se reduce al mínimo. Entre ambos extremos existen grados variables de conciencia.

La teoría de la información integrada admite también la posibilidad de que diversos sistemas biológicos, es decir, que otros seres vivos distintos del hombre, tienen cierto grado de conciencia. Sus defensores se han atrevido a postular que incluso creaciones artificiales como las computadoras también lo poseen y que llegará el día en el que seremos capaces de lograr la tan debatida inteligencia artificial. Eso respalda el uso de modelos experimentales como los monos del Viejo Mundo y los ratones en el estudio científico de la conciencia.

Al respecto, Koch nos señala que “la hipótesis de que toda la materia es capaz de sentir en alguna medida es muy atractiva por su elegancia, simplicidad y coherencia lógica. Una vez que asumimos que la conciencia es algo real y distinta de su sustrato físico, queda sólo un paso para concluir que todo el cosmos está lleno de esa capacidad de sentir. Que estamos rodeados e inmersos en la conciencia. Está en el aire que respiramos, en el suelo por el que caminamos, en las bacterias que colonizan el intestino y en el cerebro que nos permite pensar”.

Es una forma elaborada del pansiquismo tan propio del budismo y otras religiones orientales y que también podemos encontrar en la filosofía de la Grecia clásica, en pensadores tan distinguidos como Spinoza, Leibniz, Schopenhauer, Goethe y en aquel paleontólogo y jesuita tan controvertido que fue Teilhard de Chardin y que lo expresó de la siguiente manera:

Lógicamente, nos vemos forzados a asumir la existencia de una forma rudimentaria… de una suerte de psique en cada partícula, incluso en aquellos corpúsculos cuya complejidad es de un orden tan modesto como para hacer de esa psique algo manifiesto.

 

El equipo de investigadores encabezado por el propio Christof Koch ha propuesto que la conciencia aparece una vez que se activan las vías de retroalimentación entre grupos neuronales de la corteza cerebral y entre las neuronas corticales y algunos grupos de células nerviosas ubicados en el tálamo, una zona situada en el centro del encéfalo. Una vez que esto ocurre, se da una actividad repetitiva en coaliciones de neuronas que disparan sus estímulos de manera coordinada. Cuando la actividad neuronal viaja de ciertas regiones de la corteza cerebral visual –en el lóbulo occipital– a regiones inferiores o de la corteza frontal a la occipital, surge la información integrada por esta coaliciones de células nerviosas, lo que produce la sensación de conciencia o pensamiento.

En estos momentos, los investigadores mencionados, que trabajan en el Instituto Allen para la Ciencia del Cerebro en Seattle, están inmersos en la exploración sistemática y completa de las vastas y heterogéneas redes que forman el complejo tálamo-cortical. Piensan que en unos pocos años contarán con una clasificación completa de todos los tipos de neuronas que se encuentran en la corteza cerebral del ratón –su modelo experimental–, así como de los estímulos que estas células reciben. Con ello confían en acercarse cada vez al esclarecimiento del misterio de la conciencia.

En palabras del propio Christof Koch “la biología trata de la complejidad y especificidad inauditas a nivel celular y molecular. La química no avanzó cuando se pensaba que la materia era una mezcla de los cuatro elementos propuestos por los antiguos griegos, la tierra, el agua, el aire y el fuego. Pues lo mismo puede decirse de la conciencia. La experiencia de los fenómenos no nace de regiones cerebrales activas o silenciosas, sino de la formación y disolución incesantes de coaliciones de neuronas cuya complejidad y capacidad de representación son el último sustrato de nuestros pensamientos más íntimos”.

En el último capítulo de este extraordinario libro de Koch que me ha permitido reflexionar sobre la relación mente-cerebro y que como buen tratado científico me plantea nuevas y fascinantes preguntas que serán objeto de reflexiones futuras, el autor confiesa su evolución interior en relación al tema que es el centro de sus investigaciones. Habiendo nacido en una familia católica, con los años ha ido abandonando sus creencias infantiles, pero no de una manera completa. Creo que en realidad las ha transformado a través de su trabajo tan destacado como neurocientífico y sus experiencias como ser humano. En sus propias palabras:

Si buscamos una visión única, racional e intelectualmente coherente del cosmos y de todo lo que contiene, debemos abandonar la creencia clásica en un alma inmortal. Esta creencia tiene raíces profundas en nuestra cultura, llena nuestras canciones, relatos, películas, grandes edificios, el discurso público y nuestros mitos. La ciencia nos ha llevado al fin de la infancia. Crecer es perturbador para mucha gente e insoportable para algunos, pero debemos aprender a ver el mundo como es y no como nos gustaría que fuese. Una vez que nos libramos del pensamiento mágico, tenemos una oportunidad de comprender cómo encajamos en este universo en desarrollo.

 

Christof Koch nos confiesa que cree en que algún principio organizador elemental y profundo creó el universo y lo echó a andar con un propósito que él no alcanza a comprender. Y se dice optimista ya que la ciencia está cerca de resolver el enigma de la relación mente-cerebro.

Comparto con él ese optimismo y espero estar todavía por aquí cuando eso suceda.

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