TOLKIEN TENÍA RAZÓN (primera parte).

Pero Saruman la había transformado poco a poco para adaptarla a sus cambiantes designios, y la había mejorado, creía él, aunque se engañaba; pues todos aquellos artificios y astucias sutiles, por los que había renegado de su antiguo saber y que se complacía imaginar como propios, provenían de Mordor; lo que él había hecho era una nada, apenas una pobre copia, un remedo infantil, o una lisonja de esclavo de aquella fortaleza-arsenal-prisión-horno llamada Barad-dûr, la imbatible Torre Oscura que se burlaba de las lisonjas mientras esperaba a que el tiempo se cumpliera, sostenida por el orgullo y una fuerza inconmensurable”.

                                                                                           J.R.R. Tolkien. El Señor de los Anillos. Las Dos Torres, 1954-1955.

            “El Señor de los Anillos”, la fantástica trilogía escrita por J.R.R. Tolkien entre 1937 y 1949, es mucho más que un relato fantástico. La obra contiene varias alegorías muy ilustrativas. Destaco aquella en la que Saruman, el poderoso mago corrompido por su propia codicia, ha convertido su fortaleza en una especie de factoría tenebrosa y humeante en donde crea un ejército de orcos especialmente dotados para la guerra llamados Uruk-Hai. Para lograrlo, ha devastado el medio ambiente que lo rodea perforando la tierra y talando todos los árboles de su propiedad con máquinas gigantescas. Se trata de una crítica de los aspectos negativos de la tecnología e incluso adelanta la posibilidad de la creación de seres vivos por medios artificiales.

La palabra tecnología tiene muchas definiciones, desde las más generales a las más especificas. El Diccionario de la Real Academia la define como “Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico”. Pero no es sobre la tecnología en general de lo que me interesa escribir en estas líneas sino de la tecnología aplicada al ejercicio de la medicina. Omnipresente hoy en nuestra profesión, es objeto de atención no sólo de los médicos, sino del público en general. No podemos concebir la medicina moderna sin su componente tecnológico.

Conviene en este momento definir con precisión a qué nos referimos cuando hablamos de la tecnología en el ámbito de la medicina. Usaremos como definición de tecnología el conjunto de modalidades, instrumentos y artefactos que potencian significativamente el poder de las acciones, las sensaciones y los pensamientos humanos, independientemente de quién las utilice.

¿Por qué resulta pertinente reflexionar hoy sobre la tecnología en la medicina? Porque existen sólidas evidencias de que es uno de los factores –no el único, desde luego– que incide en lo que el doctor James Le Fanu llama las cuatro paradojas de la medicina moderna, expuestas en su interesante libro “El ascenso y la caída de la medicina moderna” (The Rise and Fall of Modern Medicine. Carroll & Graf Publishers, 1999).

Le Fanu nos dice explica que, aunque hoy somos testigos del desarrollo más grande de la medicina en toda su historia, vivimos con cuatro hechos desconcertantes. A saber:

1.-Un número creciente de médicos desilusionados y aburridos, especialmente los más jóvenes. Aunque pueden sentirse felices con su profesión, tal vez carecen de la pasión que les permita practicarla con plenitud.

2.-Uno esperaría que en una época en la que la medicina puede reducir significativamente el miedo a la enfermedad y la muerte, el público viviría más confiado y menos angustiado que en el pasado. Sin embargo, no parece ser así. Cada vez son más quienes viven excesivamente preocupados por su salud. A este fenómeno, Le Fanu lo llama “el saludable preocupado”.

3.-El gran ascenso de la medicina alternativa, impensable cuando tenemos una medicina con sólidas bases científicas. ¿Qué es lo que provoca esta fe ciega de tanta gente en formas de tratamiento que jamás son sometidas a los protocolos de la investigación clínica?

4.-El ascenso imparable de los costos de la atención médica. Cuando más alcances tiene la medicina, su costo es también cada vez mayor. En los Estados Unidos de Norteamérica –el país cuyo desarrollo médico marca la pauta en el mundo– los gastos de la atención médica han tenido un aumento exponencial cuya explicación no es la de un incremento de la cobertura social de estos servicios.

La situación descrita en el párrafo precedente se reproduce con matices y variantes en nuestro ámbito. Hay una conciencia más o menos generalizada de que el modelo de atención médica en boga tiene aspectos que no nos satisfacen, e incluso que nos desagradan profundamente. Y es aquí donde resulta especialmente pertinente exponer el papel de la tecnología en la práctica médica actual.

Para ello resulta muy revelador lo escrito por el doctor Eric J. Cassell en su libro “Siendo doctor. La naturaleza de la atención médica primaria” (Doctoring. The Nature of Primary Care Medicine. Oxford University Press, 1997). Cassell titula al capítulo 3 “El problema especial de la tecnología” y en él expone la tesis de que la tecnología médica no es algo inerte, sino que adquiere una especie de vida propia, como los utensilios de limpieza en “El aprendiz de brujo”, aquella parte de la película “Fantasía” de Walt Disney. Según Cassell, los diferentes tipos de tecnología médica nacen para servir a los propósitos de quienes las utilizan, pero, finalmente, los usuarios acaban por redefinir sus objetivos en los términos dictados por la tecnología.

La tesis del doctor Cassell me parece muy atractiva y creo que esclarece lo que se esconde atrás del uso cada vez más indiscriminado de la tecnología entre los profesionales de la medicina. Explora los determinantes humanos, individuales, que explican el éxito arrollador de la tecnología en la medicina actual.

Según el doctor Cassell, cuando la tecnología se vuelve dominante como vemos hoy, manifiesta su reduccionismo, simplifica excesivamente el fenómeno complejo de la enfermedad, es intolerante con la ambigüedad y está al alcance de casi todo el mundo, independiente del nivel de preparación académica.

Lejos de lo que suele pensarse, la tecnología no es un objeto neutral dominado por la voluntad de quien la utiliza. Cada instrumento tecnológico es diseñado, fabricado y comercializado con el supuesto propósito de adaptarse a las necesidades del usuario. El enorme despliegue de la tecnología médica no cambiará en tanto no entendamos el lugar singular que ocupa en nuestra profesión y mientras no enseñemos a nuestros médicos en formación a usarla y controlarla.

Para finalizar esta primera parte, señalaré que el poder que tiene hoy la tecnología en la práctica de la medicina es el resultado de dos fenómenos reduccionistas que han ocurrido en la historia de la medicina. El primero fue la reducción del problema del padecimiento humano al aspecto biológico de la enfermedad. El segundo es el haber aceptado los frutos de la investigación científica como las únicas explicaciones posibles del vasto cuadro de la enfermedad, lo que simplifica en exceso un fenómeno con una complejidad muy grande. Se establece entonces una especie de círculo vicioso. Las definiciones de la enfermedad exigen la intervención de la ciencia. La ciencia hace aumentar el conocimiento de la enfermedad empleando la tecnología e impulsando el desarrollo de más tecnología. La nueva tecnología proviene del esfuerzo por entender la enfermedad y refuerza la visión científica de la enfermedad presente al principio del proceso.

Todo ello explica cómo la tecnología ha llegado a incorporarse a la medicina, pero no explica las razones de su expansión asombrosa y casi autónoma. Ese será el tema de la siguiente parte de este escrito.

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4 thoughts on “TOLKIEN TENÍA RAZÓN (primera parte).

  1. Doctor que análisis tan interesante y pertinente, la tecnología continua cambiando la medicina de manera diaria y nadie parece reparar demasiado en ello.
    Me parece de suma importancia rescatar ese valor nostálgico donde la enfermedad es el enfermo.
    Y en patología? Que opina de los cambios tecnológicos que tiene hoy día esta fascinante área de la medicina?

  2. Estimado Humberto:
    Creo que la patología pasa en este momento también por una revolución tecnológica todavía mayor que la que hace relativamente poco introdujo la inmunohistoquímica. Me refiero, por supuesto, a las técnicas derivadas de la biología molecular y el conocimiento del genoma humano. Yo sigo pensando que nosotros los patólogos debemos seguir insistiendo en integrar todo lo que contribuye a nuestro análisis, desde la información clínica a la biología molecular y nuestro centro de decisión debe seguir siendo por ahora la morfología, en la que debemos desarrollar la mayor maestría posible.
    Por último, déjame preguntarte otra vez: ¿tienes alguna relación de parentesco con el Dr. Humberto Cruz Ortiz, patólogo del Hospital General de México?

    1. No tengo el gusto de conocer a ese Dr, viniendo uno de las sedes de patología de provincia está uno poco fuera de las luces de la patología aquí en el Distrito (actualmente me encuentro en rotación). Completamente de acuerdo con su comentario, me ha tocado ver, y más en las sedes del distrito, un uso gustoso y casi placentero de la inmunohistoquímica. Solo que uno como residente, como médico en formación a veces se pregunta que tanto es apropiado. Incluso veo que en ocasiones se da más peso a estas nuevas técnicas como la inmunohistoquímia y la biología molecular para el diagnóstico, y la morfología comienza alguna gente como ha querer ponerla en un rincón. Creo que también será un tiempo en lo que integramos la tecnología en la patología. Saludos

  3. Estimado Humberto:
    Gracias por tu respuesta. Ya me queda claro que, a pesar de la similitud de nombres, no tienes ninguna relación con el médico que conocí. Respecto a lo de la tecnología en la patología (inmunohistoquímica, biología molecular, etc.), yo hago una analogía con la medicina clínica. No se trata de usarla o no usarla. Se trata de utilizarla juiciosamente que, en nuestro caso, significa hacerlo tras un análisis clínico y morfológico minuciosos. Como el médico clínico debería hacer con los exámenes de laboratorio y gabinete después que que ha hecho una historia clínica exhaustiva y puede decir que conoce bien al paciente. De otro modo, la posibilidad de abusos y errores es creciente, como vemos con regular frecuencia. La realidad que estudiamos en compleja y su comprensión exige un conocimiento clínico-morfológico detallado y, de ser necesario, el uso de la inmunohistoquímica y la biología molecular.

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