TOLKIEN TENÍA RAZÓN (segunda parte).

Se escucha decir: cuanto mayor el conocimiento y la pericia científicos, cuanto más eficiente la aparatología para el diagnóstico y la terapia, más difícil resulta encontrar un buen médico, tan sólo un médico”.

Karl Jaspers. El médico en la era técnica, 1958 .

            Antaño se solía decir que la medicina es una de esas profesiones cuya práctica ennoblece a quien la ejerce. Hoy ya no estamos tan seguros. Eric J. Cassell nos explica que ya no es así porque nos hemos convencido a nosotros mismos de que ante la gran eficacia tecnológica que ha alcanzado nuestra profesión, los médicos como personas ya no son una parte crucial de la misma.

¿Cómo es que la tecnología ha llegado a ocupar un papel tan preponderante en el ejercicio de la medicina? Cassell (Doctoring. The Nature of Primary Care Medicine. Oxford University Press, 1997), señala una serie de características que responden a esta pregunta de una manera bastante satisfactoria. Son caraterísticas inherentes a la propia tecnología y, sobre todo, a nuestra naturaleza humana. Podríamos llamarlas los determinantes humanos o individuales del dominio tecnológico en la medicina.

El primero es nuestra capacidad de maravillarnos y sentirnos fascinados por lo nuevo y brillante, especialmente si hace cosas aparentemente fantásticas e inexplicables que fijan nuestra atención. Esta capacidad se despierta con facilidad y, una vez activada, se vuelve adictiva. Quienes producen y venden tecnología médica lo saben y se encargan de estimularnos por medios diversos, de manera muy particular a través de la publicidad de sus productos. Basta hojear una revista médica que contenga anuncios de este tipo para comprobar este hecho. Ante nuestros ojos se presentan supuestos profesionales de aspecto impecable concentrados en la operación de instrumentos que los hacen todavía más atractivos. Es un hecho que la capacidad de maravillarnos y sentirnos fascinados influyen en que los médicos usemos y abusemos de la tecnología.

El segundo es el atractivo de lo inmediato. La tecnología hunde sus raíces en lo inmediato. El conjunto de dispositivos, tubos, cables, válvulas, agujas, etc. nos hablan del aquí y del ahora. A los resultados que producen les concedemos un valor absoluto. Gracias a nuestra preferencia por lo inmediato, parecen sostenerse por si mismos. No es necesario someterlos a un razonamiento prolongado y minucioso. Por eso, la mayor parte de los médicos prefieren hablar de las cifras de las constantes vitales y datos de laboratorio para definir la enfermedad y su evolución. En cambio, cuando nos enfrentamos al paciente completo, son muchas más las preguntas que las respuestas. Con el paciente como persona, el esfuerzo que debemos invertir es mucho mayor y nuestro análisis debe ser exhaustivo si no queremos pasar por alto algo importante. Además, nos vemos obligados a recorrer toda su historia clínica, desde el pasado hasta el presente, y a tratar de imaginar ese futuro que llamamos pronóstico. Es un trabajo fatigoso.

El tercero es el encanto de lo cierto, de aquello que no tiene ofrece dudas. A los seres humanos no nos gusta la ambigüedad. La tecnología ofrece valores carentes de ambigüedad y un lenguaje que entienden los médicos de diferentes latitudes, así que parece muy conveniente. El problema es que los médicos no saben ni cómo ni cuándo usar o dejar de usar la tecnología. Cuando se profundiza en el paciente como persona, aumentan la complejidad y la ambigüedad. Cuando usamos un instrumento complejo o una técnica sofisticada ocurre lo contrario, pues reducen la ambigüedad.

Lo que la tecnología define como bueno o malo no necesariamente es lo mejor o peor para el paciente. El hallazgo mediante un estudio de una anormalidad en un sujeto asintomático no siempre equivale a una enfermedad. Si el médico sólo toma en cuenta los resultados de los exámenes de laboratorio o gabinete al margen del cuadro clínico del enfermo puede incurrir en tratamientos injustificados o excesivos. En las unidades de cuidados intensivos, espacios donde con mayor fuerza está presente la tecnología médica, ese exceso llega a convertirse en lo que se ha llamado “encarnizamiento terapéutico”. Cuando se mantiene con vida a un ser humano sin ninguna esperanza de recuperación, se prolonga innecesariamente su agonía. Al dejarnos dominar por la tecnología, los médicos valoramos más al cuerpo que a la persona, concedemos más importancia a la supervivencia que a la función óptima y le damos prioridad a la prolongación de la vida en detrimento de la calidad de la misma.

La tecnología no es un suceso sino un proceso. Se inventó para resolver los problemas que surgen en la búsqueda de las prioridades o valores de la medicina. Los valores de la tecnología fomentan y reducen a la vez las prioridades de la medicina, lo que conduce a un nueva etapa en el desarrollo de la tecnología. Se trata de un círculo vicioso y cada vez que el médico usa tecnología más sofisticada para romperlo, ese círculo se estrecha más y más en torno a él. De acuerdo a Cassell, a la fascinación y el atractivo de lo inmediato se añaden ahora los valores sin ambigüedad de la tecnología, lo que hace que sea ésta la que domine al médico y no al revés.

El cuarto determinante del dominio tecnológico en la medicina es la constante búsqueda de la certidumbre. La incertidumbre es el principal problema al que se enfrentan los médicos. La incertidumbre en la medicina tiene dos orígenes: la insuficiencia del conocimiento de cada médico en particular y de la medicina en general. Por eso, en el caso improbable de que un médico dominase todo el conocimiento médico existente en un momento determinado, seguiría habiendo incertidumbre. Sólo desaparecería cuando la medicina y los médicos alcanzasen un conocimiento absoluto, lo que es prácticamente imposible. En 1975, Sam Gorovitz y Alisdair MacIntyre señalaron otras dos razones que impiden la desaparición de la incertidumbre en la medicina. La primera es que toda decisión médica, grande o pequeña, se dirige al futuro y el futuro lleva implícita la incertidumbre. La segunda es que la ciencia, médica o de otro tipo, trata de asuntos generales y cada paciente es un individuo particular y, por tanto, distinto en mayor o menor grado de lo general. Por eso, los juicios clínicos son siempre inciertos y el conocimiento médico siempre conlleva un cierto grado de incertidumbre. Y esa incertumbre inevitable interfiere de manera muy importante en la labor del médico, que consiste esencialmente en tomar decisiones que afectan las vidas ajenas.

Los pacientes también sufren la incertidumbre. Para aliviar ese sufrimiento, confían en su médico y le transfieren su incertidumbre. El médico cargará ahora con las incertumbres propias y las del enfermo. Para reducir esa carga, el médico confiará tanto en los colegas a los que pedirá consejo –los médicos interconsultantes– como en la tecnología.

Ante una incertidumbre que no puede eliminarse por completo, la propiedad que tiene la tecnología de simplificar o reducir un problema complejo de un paciente en particular –su padecimiento– a un asunto más simple y general localizado en un órgano enfermo, es una de las razones más importantes del uso cada vez más frecuente e indiscriminado que los médicos hacen de los recursos tecnológicos.

Hablando de un ejemplo ilustrativo, cuando un médico que investiga la causa de un dolor lumbar solicita una resonancia magnética nuclear de la columna vertebral, se engaña al suponer que aleja la evidencia diagnóstica desde el análisis clínico del enfermo –lleno de la incertidumbre implícita en la particularidad y subjetividad del paciente– a un estudio cuyo resultado –la imagen impresa en una placa o mostrada en un monitor– es considerado totalmente objetivo e independiente de lo que el paciente pueda decir. El engaño incluye la idea de que ya no se necesita al paciente para diagnosticar su enfermedad.

En resumen, muchas veces los médicos recurrimos a la tecnología para reducir la angustia que nos produce la incertidumbre inevitable de nuestra profesión. Esa angustia que tanto nos preocupa es conocida por los fabricantes de tecnología médica y la aprovechan muy bien para orillarnos al uso justificado e injustificado de sus artefactos. La industria de la tecnología médica también influye en los propios pacientes a través de grandes campañas publicitarias para que les exijan a sus médicos el uso de estas herramientas. De esta forma, los enfermos se han convertido en una fuerza cada vez más activa a favor del dominio de la tecnología en la práctica de la medicina. Este análisis continuará.

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4 thoughts on “TOLKIEN TENÍA RAZÓN (segunda parte).

  1. Yo me extendería más allá del campo de la medicina. La tecnología en general avanza a pasos gigantes en relación con nuestro desarrollo económico y social. Existe una gran desproporción entre estos dos últimos. Mientras se descubren cada vez más cosas “útiles” tanto en medicina como en otras áreas de la tecnología, llegan a menos gente. La mayor parte de la población del planeta no tiene acceso a ellas.Además este desarrollo de la teconología implica utilizar más recursos energéticos y generación de residuos muy contaminantes. La pregunta que deberiamos hacernos es ¿ para qué seguir creando y descubriendo más cosas?. Por ejemplo hoy día tenemos muchas herramientas que nos permiten “comunicarnos ” como telefonos móviles ( celulares), Iphone, Epad, etc..pero realmente eso mejora la comunicación? Pues no, los niños de hoy en día juegan menos, son menos creativos…etc…en fin este es un tema para estar horas debatiendo.

    1. Totalmente de acuerdo. Desde luego que lo dicho puede aplicarse a otros campos fuera de la medicina. Es lo que escribí en el primer párrafo del artículo inicial de esta serie y es también lo que le da el título. Se nos olvida cuál es la parte más importante de los instrumentos que utilizamos a diario. Por ejemplo, ¿cuál es la parte más importante del microscopio? La cabeza del patólogo que se asoma por sus oculares.
      Saludos cordiales, estimada Isabel.
      Luis.

  2. me sumo a estos hemos dejado a un lado el uso del recurso mas importante “el ser humano” cada vez tenemos a mano mas y mas tecnologia y mas metodos diagnosticos y dejamos de ver…tocar…y pensar y es mas dificil concluir, nos alejamos de los pacientes y que decir de nuestros colegas. con la tecnologia y el uso de cada vez mas complicados recursos hemos dejado de hablar, de verdaderamente comunicarnos. Dando el uso adecuado y sin dejar de ser “humano” creo que la tecnologia es excelente “colaborador”

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