TOLKIEN TENÍA RAZÓN (tercera parte).

Ningún instrumento, imagen o prueba de laboratorio tiene en poder de revelar la naturaleza de la enfermedad y el diagnóstico específico con la rapidez, seguridad, exactitud e inocuidad de la historia clínica. Se considera que una historia clínica bien hecha permite llegar al diagnóstico correcto en más del 80 por ciento de los casos. Claro que el médico debe ser diestro y tener el conocimiento suficiente para entender con exactitud el significado de las quejas, sentimientos y observaciones del paciente”.

Eugene W. Straus y Alex Straus. Medical Marvels. The 100 Greatest Advances in Medicine, 2006.

            El quinto determinante del gran dominio tecnológico en la práctica de la medicina actual es la capacidad que tiene la tecnología para perpetuarse a si misma. La presencia de complejos equipos en torno a los pacientes, como ocurre, por ejemplo, en las unidades de cuidados intensivos, demanda la adición de equipos complementarios en una especie de ciclo incesante. Los resultados que proporciona un equipo o instrumento plantean preguntas nuevas cuya respuesta sólo puede obtenerse mediante el uso de más técnicas.  En ocasiones, los fabricantes de los instrumentos crean expectativas exageradas acerca de su exactitud y precisión para fomentar su uso indiscriminado. En algunos casos, el médico llega a utilizar la tecnología no sólo por los beneficios potenciales que ofrece o por la ganancia económica que podría obtener, sino porque se siente muy atraído por las expectativas creadas en torno a su uso.

El sexto determinante del uso inapropiado de la tecnología médica es el poder que confiere a los médicos y a las instituciones de salud. En este punto conviene explicar el significado de poder que se relaciona con el uso de la tecnología. El poder para actuar es básico en la existencia humana y se emplea para controlar o influenciar los fenómenos de la vida cotidiana. Puesto que vivimos en una sociedad, el poder reside en nosotros como individuos y también de acuerdo al lugar que se nos reconoce dentro de la comunidad. Las relaciones de poder dentro de la jerarquía social son dinámicas y es muy difícil pecar de exageración cuando nos referimos a la importancia que tiene dentro de la sociedad el uso del poder y lo que se experimenta cuando se ejerce. En cualquier sociedad, la habilidad para hacer cosas mejor que otros confiere poder. El acceso a instrumentos que realizan tareas con mayor eficacia puede alterar el estatus social, colocando al usuario en un mayor nivel dentro de la jerarquía.

En el caso de la práctica de la medicina, la tecnología aumenta considerablemente el poder de las acciones, las sensaciones y hasta de los pensamientos del médico, independiente de quién la utilice. Cada acción diagnóstica y terapéutica es una demostración de eficacia que otorga poder. En la medida que la tecnología da acceso a una mayor eficacia, confiere también más poder. Además,  el médico obtiene ese poder con menos compromiso personal e invirtiendo menos tiempo y esfuerzo. Un buen ejemplo de lo anterior es el creciente uso de la tomografía axial computada y/o la resonancia magnética nuclear en detrimento de la exploración clínica neurológica minuciosa. La tecnología le da al médico y mayor estatus y lo mismo ocurre con los hospitales, que compiten por la preferencia de los pacientes a través de la adquisición de aparatos más modernos y eficaces. El poder de la tecnología depende en última instancia de lo mucho que la aprecia la mayor parte de la sociedad. Ese poder se manifiesta, entre otras cosas, cuando nos hace creer que al utilizarla podemos prescindir de las cualidades personales y destrezas del médico.

Además de los determinantes individuales e intrínsecos que explican el uso y abuso de la tecnología en la práctica médica y que han sido descritos en los párrafos precedentes, también existen determinantes más generales que podríamos llamar sociales. Como su nombre lo indica, estos factores tienen que ver, por un lado, con el momento histórico en el que estamos viviendo y, por otro, con la escala de valores de nuestra sociedad de consumo. Sigo en esta parte los razonamientos expuestos por el doctor Leonardo Viniegra Velázquez en su artículo “El fetichismo de la tecnología” (Revista de Investigación Clínica, 2000).

Nuestra época se caracteriza por la incertidumbre y el sentido de la vida está dominado por lo efímero, lo inmediato, lo tangible y lo que se obtiene en el corto plazo. Por ello, el imperativo de la ganancia se ha convertido en el móvil más poderoso e imperioso de la conducta humana. Este imperativo distorsiona la forma de vida de las mayorías e impone un modelo basado en la explotación intensiva del trabajo, con exigencias crecientes de productividad y eficiencia. Para obtener el máximo de ganancia posible, las grandes empresas compiten ferozmente para acaparar la preferencia inducida de los consumidores e invierten cuantiosas sumas para convencerlos de que sus productos no sólo son los mejores, sino que son indispensables. De esta manera, la tecnificación y la tecnología son presentadas de manera engañosa como “la única solución de los problemas que nos aquejan”, en detrimento de las actividades propias de una sana convivencia a favor del intercambio afectivo y fraternal. Un buen ejemplo es lo que está ocurriendo con los niños, a quienes la disposición de todo tipo de artefactos electrónicos los aísla del entorno social y reduce su convivencia a la comunicación virtual a través de las llamadas redes sociales.

El interés predominante de los grandes consorcios crea las condiciones para la imposición de una masificación cada vez más abrumadora y, paradójicamente, el fomento de una ideología individualista basada en una especie de competencia contra los demás para lograr  el éxito fundado en la posesión creciente de bienes de consumo. Nos dice Viniegra que “en todos los espacios y por todos los medios se conmina a consumir o a ser excluido. Con ello tenemos una triada formada por la masificación, el individualismo y el consumismo que se convierten en el ‘clima predominante’ en el que se despliegan los quehaceres sociales”.

¿A qué llama el doctor Viniegra “el fetichismo de la tecnología”? Empieza señalando que el deseo de consumo está enraizado en la forma fetichizada que rodea a los bienes materiales. Anteriormente, los bienes de consumo sólo pretendían un valor de uso, su utilidad era satisfacer una necesidad y se asumía que todo producto era resultado del trabajo y ahí radicaba su valor. En el momento en el que esos bienes adquirieron un valor de cambio, es decir, cuando se volvieron mercancías para comerciar, se enmascaró su origen en el trabajo humano y cobraron un valor por si mismos, se volvieron autónomos. Ese valor intrínseco que le dimos a los bienes materiales los dotó de un carácter mágico y su posesión alimentó el culto al objeto. Dicho con otras palabras, a los objetos los hace fetiches y al venerarlos nació el fetichismo. No es una exageración. Basta pensar en el culto que le dispensamos a los automóviles lujosos y potentes. Poseerlos quita el sueño a más de uno.

La tecnología condensa como pocas mercancías el carácter fetichista del objeto y su posesión. Según Viniegra, esto se debe a “las posibilidades que ofrece para la creación de nuevos ámbitos, espacios o situaciones, o para efectuar con tal precisión operaciones, procedimientos y procesos de intrincada complejidad que para las manos desnudas y los sentidos escuetos de una persona serían inaccesibles o implicarían una gran inversión de tiempo”. Y agrega que, además, fomenta el deseo de consumo mediante el recambio permanente y la actualidad renovada, creando una moda.

El doctor Viniegra va más allá al acuñar el término tecnofetichismo, al que define como “esa representación idealizada de la tecnología que le confiere un valor y un poder propios, sobrestimando así sus alcances y fincando en ella la solución de los problemas de la vida individual y social”. Y en su reflexión se pregunta por qué avanza tanto el tecnofetichismo. Él mismo ofrece una respuesta: “la razón debemos buscarla en el orden económico globalizante de nuestro tiempo, donde todas las expresiones del movimiento social tienden a adquirir el carácter de negocio, donde se garanticen copiosas ganancias”.

Y es el pingüe negocio uno de los motores más poderosos, si bien no el único y no sé si el más importante, que explica el dominio avasallador de la tecnología en la práctica actual de nuestra venerable profesión.

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