TOLKIEN TENÍA RAZÓN (cuarta y última parte).

Lo que está en juego en nuestro tiempo, es si la tecnología se erige como el medio principal de nuestra degradación y alienación o, por el contrario, como un recurso que, bajo nuestro dominio, coadyuve en la satisfacción de nuestras necesidades de una vida de refinamiento, digna, serena, solidaria y comprometida”.

Leonardo Viniegra Velázquez. El fetichismo de la tecnología, 2000.

            El afán de lucro es uno de los motores más poderosos del mundo actual y determina el desarrollo tecnológico explosivo que caracteriza a nuestra época. En el caso de la medicina, la tecnología también debe cumplir con las exigencias del negocio globalizado y, al mismo tiempo, ocultarlas bajo el disfraz de la necesidad.

Una de las razones por las que el negocio de la tecnología resulta tan próspero es la caducidad a muy corto plazo de sus productos. Para obligar a que el consumidor adquiera las nuevas versiones de sus aparatos, se diseñan y ponen en marcha campañas publicitarias que ensalzan las “virtudes” de los nuevos instrumentos y, por otro lado, desaparecen del mercado las refacciones de los aparatos viejos que, cuando se descomponen, ya no pueden ser reparados.

A la par que se desarrolla el tecnofetichismo se implanta una tecnocracia. La autoridad pasa a manos del “experto” frente a la posición pasiva de los “profanos”. Según el doctor Viniegra, el experto es un especialista cuyo conocimiento se restringe a un campo muy reducido de la experiencia, desvinculado del contexto histórico, social y cultural, es decir, carente de la complejidad de la existencia humana. Por eso, sus recomendaciones son de naturaleza técnica, unilaterales y simplificadoras. Sin esa visión de conjunto, las soluciones que propone no resuelven de fondo los problemas.

A la par del dominio tecnológico en tantos ámbitos de la vida humana, hoy los médicos somos testigos de una degradación y debilitamiento sin precedentes de la aptitud propiamente clínica. En palabras del doctor Viniegra, “la acuciosidad y refinamiento de los médicos para allegarse información relevante y detallada del paciente está en vías de extinción”. Quienes trabajamos en los hospitales, tanto públicos como privados, lo podemos constatar diariamente: “la elaboración de la historia clínica, que hasta hace poco constituía la verdadera base de sustentación de todo el proceso de atención, se va convirtiendo en una actividad burda, rutinaria, desdibujada”, remata Leonardo Viniegra.

Cada vez se acepta con mayor facilidad la idea de que los poderosos instrumentos para el diagnóstico hacen innecesario el trabajo clínico depurado. Cuando la medicina clínica se practica de manera burda, lo que ocurre hoy con una frecuencia y extensión crecientes, se compromete la orientación y juicio con los que se atiende a los enfermos. Esto que acarrea varias consecuencias negativas. Entre ellas hay que destacar el incremento injustificado de los costos de la atención médica, la aparición de hallazgos irrelevantes que se presentan como verdaderas alteraciones que exigen atención (resultados falsamente positivos), la saturación del tiempo de uso de la tecnología con el consecuente diferimiento de los estudios que se practican a los pacientes, la agudización de los problemas de mantenimiento de los equipos, el incremento de las molestias innecesarias de los enfermos al exponerse a estudios sin una indicación apropiada y, finalmente, una mayor dependencia y subordinación a la tecnología que debilita todavía más la práctica de una medicina clínica minuciosa. En un círculo vicioso.

Debido a su reciente aparición y desarrollo, los beneficios reales de un número creciente de técnicas e instrumentos que hoy se utilizan en la determinación del diagnóstico, seguimiento y pronóstico de varias enfermedades no está completamente comprobada. Las compañías fabricantes, en un afán por recuperar sus inversiones en el menor tiempo posible, le hacen creer al médico que la adquisición de sus productos es la manera más sencilla de que cumplan con el imperativo ético de la actualización. También le aseguran que su uso incrementará de una manera indudable y segura la calidad de la atención que le brinda a sus pacientes. Y es muy difícil resistir la tentación de realizar procedimientos que se consideran parte del conocimiento científico más avanzado. Desde luego que, en algunos casos, ciertas técnicas e instrumentos han significado una verdadera revolución en la práctica de la medicina, pero suele tratarse de casos muy esporádicos y concretos. Una proporción significativa de las “novedades” que llegan al mercado no ofrece ventajas clínicamente significativas, aunque, desde luego, llegan a convertirse en negocios muy jugosos.

Otro punto muy importante en este tema es reconocer que el desarrollo tan importante que tiene la tecnología médica en la actualidad se da en el campo de los aspectos curativos y, comparativamente, poco se hace en el terreno de la medicina preventiva. La razón es nuevamente económica. Un buen ejemplo es lo que está ocurriendo en el tratamiento de los tumores malignos. Mucho se investiga para crear nuevos medicamentos que hoy se dirigen a lo que se llaman “blancos terapéuticos” y, proporcionalmente, poco es lo que se indaga por esclarecer aquellos factores medioambientales que pudieran explicar el notable incremento de varias formas de cáncer. La medicina curativa es mucho mejor negocio que la medicina preventiva.

¿Se trata de abjurar de la tecnología en la práctica de la medicina? A todas luces, sería una insensatez. La medicina moderna es inconcebible sin el desarrollo tecnológico. De lo que se trata es que con una medicina clínica depurada y de alto nivel, es decir, con un conocimiento integral del paciente en cuanto persona y como integrante de la comunidad, subordinemos la tecnología al criterio juicioso y científicamente respaldado del médico. Sólo así podremos superar el tecnofetichismo prevaleciente y pondremos al servicio de nuestros enfermos y de nosotros mismos los verdaderos beneficios de la tecnología.

Como colofón de esta serie de reflexiones, transcribo unos “aforismos anónimos” incluidos por el doctor Viniegra en su artículo:

*La verdadera función de la tecnología es hacerte creer que la controlas.

*Un buen usuario realiza los deseos de la tecnología.

*La mejor hechura de la tecnología es un fanático feliz.

*Para la nueva religión, la tecnología no es lo importante… lo es todo.

*El tecnofetichismo tiene más adictos por privación que por posesión.

*No hallarás una tecnología que te haga olvidar aquella que no puedes poseer.

*La tecnología es de punta porque achata la conciencia.

*La tecnología es ese rayo deslumbrante que ensombrece la imaginación.

*Apostar por la tecnología vuelve ajenas las propias necesidades.

*La tecnología llega para suplantar, no para solventar nuestras aflicciones.

*El encandilamiento por la tecnología es condición del oscurantismo que padecemos.

*La tecnología te reserva un paraíso a condición de que habites un infierno.

*La realidad virtual no está detrás de la pantalla, sino… enfrente de ella.

*La identidad humana es cada vez más una continuación tecnológica.

*… y la tecnología hizo al hombre a su imagen y conveniencia.

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