LO QUE LA ESCUELA DE MEDICINA NO ENSEÑA.

Los médicos a los que se refiere Oé, médicos que se veían abocados a la desesperación más absoluta al detectar los efectos de la radiación no sólo en sus pacientes sino también en si mismos, tenían que hacer a menudo, después de haber emitido diagnósticos optimistas sobre la remisión de la enfermedad, amargas rectificaciones.

Kenzaburo Oé. Prólogo. En Cuadernos de Hiroshima, 1965.

            Los médicos debemos desarrollar una maestría en el conocimiento del ser humano. No sólo en lo relativo a los aspectos biológicos, sino también en lo que se refiere a los sicológicos, a las motivaciones internas y las presiones externas que explican la conducta en la mayor parte de las situaciones imaginables. Y ese conocimiento, tan importante como el que abarca todo lo primordialmente orgánico, no suele impartirse en la escuela de medicina. Su ignorancia forma parte de aquello a lo que se refería el doctor José de Letamendi cuando decía: “el que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”.

Al conocer con profundidad al ser humano sano y enfermo, el médico estará en una mejor posición para ayudarlo, podrá atender integralmente su padecimiento y no sólo intentará reparar aquella parte de su organismo que no funciona bien. El padecimiento, que abarca mucho más que la sola enfermedad, incluye también las percepciones que el propio paciente tiene sobre su mal y las repercusiones del mismo en sus relaciones familiares y sociales.

No existe una receta infalible para alcanzar esa maestría. Si bien hay algunas asignaturas en los planes de estudio de la carrera de medicina que apuntan a llenar ese hueco en la formación de los futuros médicos como la historia, la sociología, la antropología, la sicología, etc., es bastante frecuente que los propios estudiantes subestimen su valor y las releguen a un lugar secundario, haciendo muy poco esfuerzo por estudiarlas a fondo.  Frente a las imponentes disciplinas científicas a las que temen y las materias clínicas que anhelan aprender, lo demás parece salir sobrando.

Las mismas escuelas médicas conceden poco valor a esos estudios y no ponen especial esmero en contratar profesores que las impartan con entusiasmo y contagien a los alumnos la pasión por su conocimiento. No sólo es una pena y un despilfarro del tiempo precioso que no regresará, sino la pérdida de una oportunidad para adentrarse en los fascinantes laberintos del alma humana.

Hace apenas unos días que acudí a la cita ya tradicional a la que me invita anualmente el doctor Eduardo Poletti frente a sus alumnos de propedéutica médica. Mi compromiso es hablarles de la historia del método clínico o anatomoclínico, el procedimiento mediante el cual los médicos obtenemos de los pacientes la valiosa información que, una vez analizada, contrastada con los exámenes de laboratorio y gabinete e integrada en lo que llamamos el cuadro clínico, conduce al diagnóstico de la enfermedad.

En esta ocasión, con el deseo de no ofrecer el mismo discurso que en las oportunidades anteriores, decidí llevarme a la exposición algunos de los libros que me rodean durante estos días, colocados de manera estratégica ya sea en mi propia habitación, el estudio-biblioteca ubicado en la parte alta de la casa, en el asiento del copiloto de mi automóvil o en alguna de mis dos oficinas, la del Hospital Hidalgo o la de mi laboratorio privado. Son los libros que pretendo leer de manera simultánea a lo largo de las últimas semanas. No siempre lo consigo. Algunos permanecen encallados por semanas o meses en algún acantilado de mi entorno inmediato hasta que los retomo una vez más. La conclusión de su lectura es impredecible.

La idea es expresarles que a través de los libros no necesariamente médicos pueden completar su educación universitaria y aprender aquellas cosas necesarias que no se imparten dentro del programa oficial de la escuela de medicina. La estrategia frente a los alumnos parece tener éxito. Varios anotan en sus cuadernos o en los dispositivos electrónicos que llevan a cuestas los títulos de los libros que les voy presentando y escuchan atentos los breves párrafos que he seleccionado para intentar interesarlos en su lectura. Un día después, el propio doctor Poletti me propone una sesión adicional con los alumnos para seguir hablando sobre libros. Me parece una buena idea. Creo que debería incluirse en el currículo de las escuelas de medicina una materia que podría llamarse “Literatura para médicos”.

Aunque creo que la lectura no es la única manera de profundizar en los secretos del alma humana, es un camino relativamente seguro, de fácil acceso y amplia disposición. Desde luego que nada sustituye a la experiencia directa, pero se trata de algo azaroso, muy particular de la línea vital de cada persona y no exenta de riesgos. La lectura es una herramienta que puede adaptarse a nuestras necesidades e incluirse bajo ciertas condiciones en la formación de los futuros médicos.

Con la suficiente suerte, uno puede acercarse con un buen libro a los límites de la experiencia dolorosa y llegar a conocer de lo que es capaz el ser humano, tanto en lo bueno como en lo malo. Si la ignorancia es una desgracia que puede repararse, el engaño es una tragedia de proporciones inconmensurables, especialmente si se da entre aquellos que supuestamente han recibido los beneficios de la educación superior.

Uno de los engaños más extendidos es la creencia en la absoluta bondad del hombre. A través de diversos medios, y uno de los más señalados es la educación religiosa convencional, que está más enfocada a lo que deberíamos ser, en lugar de centrarse en lo que en realidad somos, se nos ha hecho creer que el ser humano es un ángel atrapado en un cuerpo mortal. Por eso la otra noche, cuando mi esposa y yo cenábamos con un grupo de amigos y sus cónyuges, una de ellas enarcó sus cejas con incredulidad e hizo un mohín de disgusto cuando les expuse el reciente descubrimiento de un canibalismo sistemático por parte del ejército japonés en los campos de concentración donde los nipones confinaban a sus prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. El colmo de la estupefacción vino cuando, acto seguido, señalé las violaciones sistemáticas de mujeres alemanas por los soldados rusos hacia el final de la misma guerra. Ambos temas, cuidadosamente documentados, están escritos en sendos libros del prestigioso historiador británico Antony (así, sin la “h” después de la “t”) Beevor titulados “La II Guerra Mundial” y “Berlín. La caída: 1945”.

Las guerras son una de esas experiencias que ponen verdaderamente a prueba al ser humano. Quienes sobreviven a ellas –mis padres y abuelos sufrieron en carne propia la Guerra Civil Española– suelen quedar marcados para siempre y las consecuencias de ello son múltiples y variadas. Para muchos de nosotros una experiencia así es inimaginable, de modo que acercarse a ella a través de la literatura es muy importante para un médico. Por fortuna, hay muchos libros extraordinarios que nos permiten aproximarnos un poco y de manera relativamente segura a una vivencia tan estremecedora.

Entre los libros que les llevé a los alumnos del doctor Poletti estaba uno de adquisición reciente. Se trata de “Cuadernos de Hiroshima”, escrito por Kenzaburo Oé, laureado con el premio Nobel de literatura en 1994. Lo busqué tras leer un par de columnas recientes del doctor Arnoldo Kraus, un buen amigo, médico y escritor destacado del que ya he escrito anteriormente en estas páginas.

¿Cómo puede un médico de mis características tratar de comprender el horror inconcebible que sufrieron y siguen sufriendo los japoneses de Hiroshima con la explosión de la bomba atómica? Ese libro es una buena manera. He llorado en varias ocasiones al penetrar en sus páginas. Uno se pregunta cómo es posible que el ser humano pueda llegar a esos extremos de extraordinaria crueldad y provocar tanto sufrimiento de una forma deliberada. El hecho es que llega y se trata de una verdad incuestionable. Más vale saberlo y aceptarlo en lugar de desviar la mirada y ocupar atención en temas más agradables.

Sólo así uno puede entender al poeta Takeo Takahashi, que perdió en la explosión de Hiroshima a su hija mayor embarazada, al esposo de ésta y a sus otras dos hijas, cuando escribió el siguiente poema un año después de aquel infierno:

Sería reconfortante / que todas las criaturas vivas / de cielo y tierra / hubieran de perecer / en total desconsuelo.

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3 thoughts on “LO QUE LA ESCUELA DE MEDICINA NO ENSEÑA.

  1. Justo acabo de enterrarme de la referencia que usted hace sobre el canibalismo de los Japoneses. Un ejemplo más reciente de la maldad humana ( porque como bien comenta la maldad existe) en una guerra es la que ocurrió en Bosnia …..y estamos hablando de relativamente hace pocos años. Me viene a la mente también Ruanda. En verdad en mi humilde experiencia me ha servido ponerme siempre en el lugar del paciente , imaginarme estar en su situación. Alguna vez que se sido yo la paciente me he sentido en una posición “vulnerable”, el paciente lo es, al ser el médico el que supuestamente sabe lo que tiene o más bien está en posición de superioridad para asistirlo en esos momentos. Es duro el camino de la Medicina. Vocacional en la mayor parte de los casos , porque de otra manera seria insoportable ver continuamente el dolor de nuestros semejantes .Isabel Oviedo

  2. Estimada Isabel:
    Lo que tú describes respecto al paciente es la esencia de la COMPASIÓN (“padecer con”), cualidad que debe estar presente en todos los médicos.

  3. ¡Me uno a la propuesta de incrementar la lectura en el estudiante de Medicina! Precisamente a esa generación con la que habló le dí y doy clases, durante los dos semestres precios traté de acercarlos a la lectura. Con algunos obtuve grandes satisfacciones pero con los más tremendas desilusiones!

    Si leyeran y si tuvieran mas conocimientos de su idioma y su etimología les resultaría mucho más sencilla la carrera, creo al menos yo que así sería y de hecho, comercial incluido, de eso he escrito yo esta semana.

    Un saludo Luis, tú y Kraus son ejemplos a seguir para mí!

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