EL MÉDICO COMO INSTRUMENTO.

Además, como resultado de la confusión acerca de lo que los médicos y la atención médica pueden hacer por nosotros, hemos llegado a creer que más médicos y más tecnología resolverán nuestros problemas de salud. Y cada vez más, de acuerdo a esa creencia, y a pesar de algunos intentos excelentes para cambiar esa tendencia, los médicos son adiestrados para practicar una medicina tecnológica en la que la enfermedad es la única preocupación y la tecnología el único instrumento para combatirla.

Eric J. Cassell. The healer’s art, 1976.

Hoy, habiendo rebasado la primera década del siglo XXI, nos es difícil imaginar cómo era la práctica de la medicina antes del desarrollo tecnológico que nos ha dotado de herramientas poderosas para estudiar a los enfermos y tratar las enfermedades. ¿Cómo ejercían su profesión los médicos de la antigüedad? ¿Podían realmente curar a alguien? Más allá del azar o de ese fenómeno al que llamamos el efecto placebo –o tal vez por él–, ¿tenía el médico algún poder objetivo para modificar el curso de la enfermedad? Por más que nos resulte extraño, la respuesta a esta última pregunta es afirmativa.

Desde el momento en el aquel médico francés apellidado Laennec interpuso un tubo entre su oído y el pecho de una enferma pudorosa, la medicina ha sufrido una de las transformaciones más extraordinarias de su larga historia. Aquel invento prodigioso dio pie al nacimiento y desarrollo de una lista creciente de artefactos que llevan a límites apenas imaginables los poderes sensoriales del médico.

Con el concurso de la investigación científica, parece que nos encontramos hoy frente a la esencia biológica misma del ser humano. Hemos descendido a los niveles más profundos de la organización de la materia viva y tenemos acceso a tanta información sobre el organismo que casi ha rebasado nuestra capacidad para procesarla y comprenderla.

Si a lo anterior añadimos las presiones económicas de las que deriva lo que Alain de Botton llama “la ansiedad por el estatus”, los médicos –o al menos aquellos que reflexionan sobre su quehacer cotidiano– viven en pleno agobio. Y eso no puede ser bueno. Con las prisas se nos ha olvidado algo. El doctor Bernard Lown lo expresa muy bien en su libro “El arte perdido de la curación. Practicando la compasión en la medicina” (The lost art of healing. Practicing compassion in medicine. Ballantine Books, 1996):

            A mí me parece que la medicina ha condescendido a un pacto de Fausto. Una tradición de tres mil años, que unía al médico y el paciente con una afinidad especial basada en la confianza, se está negociando a cambio de un nuevo tipo de relación. La curación ha sido reemplazada por el tratamiento, el cuidado ha sido suplantado por la gestión y los procedimientos tecnológicos se han adueñado del arte de escuchar. Los médicos ya no atienden a personas particulares, sino que se ocupan de partes biológicas fragmentadas y descompuestas.

Los médicos hemos ido cediendo terreno. Poco a poco, hemos ido abandonando la posición que nos distinguió durante siglos: estar disponibles, dedicar tiempo a escuchar y conversar con los enfermos, hacerles sentir nuestra simpatía –inclinación afectiva entre personas, generalmente espontánea y mutua, según la define el diccionario– mediante el contacto físico delicado y afectuoso. Delegamos todo ello en el enorme poder de la tecnología, elevando su aparente objetividad a un nivel de infalibilidad sin precedentes.

Cada vez son más los médicos que se creen libres de la necesidad de tener un contacto estrecho con los pacientes. Hemos olvidado que algún día sólo nos tuvimos a nosotros mismos. Y, sin embargo, en aquella soledad, en aquel desamparo tecnológico, en aquella orfandad de medicamentos, técnicas y artefactos, no todo fueron palos de ciego. Hubo un tiempo en el que la necesidad nos obligó a sacar lo mejor de nosotros mismos. Lo único de lo que podíamos echar mano. Tal vez sin pretenderlo, nos convertimos a nosotros mismos en instrumentos de curación.

¿Significa esto que debemos desechar los avances tecnológicos en aras de volver a una medicina acientífica? De ninguna manera. Ya lo hemos señalado con anterioridad. Sería una insensatez. Esos adelantos tienen beneficios indiscutibles. La clave de la crisis que hoy atraviesa la práctica de la medicina no está en la disponibilidad de tecnología, sino en suponer que la esencia de nuestra profesión descansa en ella, subestimando como consecuencia desarrollo humano del médico.

Necesitamos recobrar nuestra capacidad personal como instrumentos de curación, entendida ésta en toda su extensión, es decir, incluyendo el simple y a la vez gran valor de la compañía afectuosa y solidaria cuando las posibilidades de modificar lo irreversible son, a todas luces, nulas.

Tenemos que formar médicos que no sólo sean diestros y eruditos, sino también buenos seres humanos, aunque suene un tanto ridículo para los estándares actuales de las más prestigiosas escuelas de medicina. ¿Bastará incluir en sus planes de estudio materias humanísticas? El doctor Eric J. Cassell no lo cree así. En su obra “El arte del sanador” (The healer’s art. The MIT Press, 1976), lo plantea así:

Este objetivo no se logrará diciéndole a los médicos lo que está mal en ellos o exortándolos para que sean buenos chicos. Los médicos no se inclinan mucho a la filosofía; son individuos pragmáticos. Si tienen que cambiar, no será por incluir en sus programas de estudio las asignaturas de las humanidades, por más deseables que éstas sean, sino enseñándoles una forma de ejercer la profesión que funciona mejor. Las fuerzas para que se dé un cambio así en otros segmentos de nuestra sociedad están creciendo y, si bien no pueden ser una solución en si mismas, pueden influir positivamente en la medicina. Tengo la profunda convicción de que un regreso a una visión más equilibrada del papel del médico dará como fruto no sólo profesionales más eficientes, sino también médicos más felices.

 

¿A qué visión más equilibrada del papel del médico se refiere Cassell? A la que otorga el uso de la tecnología moderna en manos de un médico que desarrolla de manera creciente su potencial humano. Un médico consciente de sus límites y de sus alcances, con una actitud crítica hacia si mismo y hacia el entorno. Un médico que siente la imperiosa necesidad de crecer por dentro para poder dominar con maestría las herramientas externas que hoy como nunca tiene a su disposición, en lugar de ser esclavizado por ellas. Un médico que no se reduce a practicar su profesión como una rutina, ni a utilizarla como el medio de satisfacer sus ambiciones materiales.

Desde la formación en la escuela de medicina y, posiblemente desde mucho antes, tendremos que poner mucha más atención y ser mucho más creativos y eficaces para impulsar en la dirección correcta el desarrollo humano del futuro médico.

La insatisfacción personal que aqueja hoy a muchos profesionales de la medicina y la creciente desconfianza y hostilidad de la sociedad hacia el gremio médico no sólo son el resultado de factores externos a la medicina. Hay una razón de la que no se ha hablado lo suficiente: nosotros, los médicos, hemos olvidado que somos también instrumentos de curación. Hemos ignorado que el arte de la medicina y el ser su instrumento consisten en tener la sensibilidad para percibir y entender no sólo a la enfermedad, sino a todo el universo que la rodea. Eso que llamamos el padecimiento.

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2 thoughts on “EL MÉDICO COMO INSTRUMENTO.

  1. En lo personal a mí me inquieta el estado actual de la enseñanza y práctica médica. Hemos privilegiado el conocimiento científico y tecnológico, pero hemos dejado atrás el lado humano y cuando a esto me refiero no solamente hablo del paciente, sino también del médico. De nada sirve toda el conocimiento cuando este no esta aterrizado, creo que el médico al igual cualquier otro ser humano de nuestro tiempo, debe de estar más en contacto con su interior, conocerse sin juzgarse y reconocer sus habilidades y fortalezas, pero también sus defectos y debilidades para después aceptarse tal como es y poder entonces ocupar su lugar en el universo y reconocer cual es el sentido de su quehacer y su vida. Solo así podrá lograr la empatía, comprensión y compasión hacia sus pacientes y será portador de alivio en unas ocasiones y de aliento en otras. El médico debe proclamar su independencia y romper las cadenas que lo atan al imperio de la tecnología que unas veces ayuda y pero muchas otras abruma y no le permite dar lo mejor de él. La tecnología es un medio, no un fin.
    Saludos.

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