UN REGRESO A CASA.

… amigos de militancia de los cincuenta; nuestras reuniones, no muy frecuentes, son de recuerdos, de debates y, como suele suceder entre viejos, de relatos mutuos de nuestras dolencias. Pero, entre pleitos y nostalgias, coincidencias y enfrentamientos de ideas, sobrevive un compañerismo de muchos años de compartir ideales.

Juan Brom. De niño judío-alemán a comunista mexicano. Una autobiografía política, 2010.

Siempre lo tuve muy claro. Al regresar a Aguascalientes tras poco más de ocho años de ausencia, tendría que ser cauto para insertarme en un ambiente nuevo como médico especialista sin enarbolar demasiado en alto la bandera de mis orígenes. Justo lo necesario.

Quienes nos hemos formado en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ), hospital y centro de investigación médica conocido simplemente como “Nutrición”, gozamos (y padecemos) de una fama dual.

Por un lado, la mayor parte del gremio médico reconoce que el proceso de selección para ser admitido en el INCNNSZ es riguroso y que, en su interior, el nivel de exigencia y desempeño profesionales son elevados. Que de su seno han egresado y siguen egresando médicos reconocidos en los ámbitos nacional e internacional, que, en no pocas ocasiones, han ocupado y ocupan lugares de liderazgo en la administración pública y en la práctica privada de la profesión.

Pero existe otra faceta. El cultivo obsesivo de la excelencia académica a veces produce un fruto inesperado: fomenta en quienes están predispuestos, o tienen en el fondo cierta necesidad anormal de reconocimiento ajeno, el pecado de la soberbia. Y de esta manera ha nacido y crecido el estereotipo de que “los de Nutrición” son insoportables, altivos, despectivos y tan rígidos como sus impecables batas blancas almidonadas.  Y ese estigma, si se le puede llamar así, lo acompaña a uno toda la vida.

Yo conocí el INCMNSZ a mediados de 1983. Fui llevado allí por el doctor Jesús González Olivares, distinguido cirujano aguascalentense, quien me recomendó realizar en aquel lugar el servicio social para el que me faltaba todavía un año y medio. Me presentó ante el doctor Ruy Pérez Tamayo, en aquel entonces Jefe del Departamento de Patología. Fui descartado ipso facto aduciendo la falta de requisitos que hoy reconozco completamente inverosímiles. Finalmente, realicé mi servicio social en el Departamento de Gastroenterología, bajo la guía bondadosa y venerable del Dr. José de Jesús Villalobos Pérez.

A partir de entonces, pasé en el Instituto los siguientes siete años de mi vida, tres de ellos viviendo literalmente entre sus paredes. Al terminar el año de servicio social, inicié mi especialización o residencia. Un año de medicina y tres de anatomía patológica. De inmediato, me incorporé ya como médico adscrito al Departamento de Patología, bajo el mando del doctor Arturo Ángeles Ángeles, mi maestro, quien sigue encabezando hasta la fecha al grupo de patólogos de Nutrición.

Dejé el INCMNSZ hace veinte años. Miembro de su sociedad de egresados –la Asociación del Médicos del INCMNSZ, mejor conocida como AMINNSZ– desde 1988, asistí a sus reuniones anuales esporádicamente. Recuerdo una en Taxco, otra en Zacatecas y la última, que se celebró en 2005, en Aguascalientes. No había vuelto a asistir desde entonces. Sin embargo, y a lo largo de estos dos decenios, he acudido al Instituto en varias ocasiones, invitado a participar en diversos cursos de patología quirúrgica y hematopatología, la rama de mi especialidad que estudia las enfermedades de la sangre y los ganglios linfáticos.

Retomé mi relación con la AMINNSZ hace más o menos un año y de un modo inesperado. A insistencia expresa de la doctora Blanca Martínez Plasencia, distinguida infectóloga y querida amiga, abrí una cuenta en Facebook para ser invitado por ella a la página que la AMINNSZ tiene en esa red social. Aproveché este medio para insertar en formato electrónico varias de las reflexiones que escribo cada semana para El Heraldo de Aguascalientes. Para mi sopresa, fueron muy bien acogidas. Recibí comentarios, volví a comunicarme con viejos y muy estimados amigos y maestros de mi época en el Instituto e hice nuevas y valiosas amistades. Además de los pequeños ensayos de temas médicos, decidí contribuir al debate y la reflexión social escribiendo solamente en formato electrónico una serie de pensamientos a los que titulé Los Mitos de Lupus, que también merecieron la atención de quienes visitan con asiduidad la página electrónica de la AMINNSZ en Facebook.

Plenamente activo en esta nueva faceta de usuario de las redes sociales, hace algunos meses que recibí una invitación irresistible de los doctores Patricio Santillán Doherty y Juan Pablo Pantoja Millán, presidente y secretario de la AMINNSZ, respectivamente. Me invitaron a reintegrarme a la Asociación participando como ponente en la LIV Reunión Anual que se celebraría del 10 al 13 de octubre en la bella ciudad de Oaxaca. Se trataba de impartir la conferencia inaugural en un recinto extraordinario: el exconvento de Santo Domingo de Soriano, mejor conocido como San Pablo, rescatado por la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca y transformado en el incomparable Centro Académico y Cultural San Pablo. En este lugar construyeron su primer templo los religiosos dominicos de Oaxaca en 1529, apenas ocho años después de la caída de Tenochtitlan. Acepté de inmediato, por supuesto.

Escribo esta reseña en el viaje de regreso de Oaxaca a Aguascalientes. Todo salió como esperárabamos. Mi esposa y yo pasamos unos días estupendos, viviendo con intensidad una experiencia humana, académica, gastronómica y cultural inolvidable. El reencuentro con mis colegas de Nutrición superó las expectativas, porque fui acogido con gran generosidad y calidez. Tras un ritual de purificación por médicos tradicionales oaxaqueños, la conferencia, pronunciada frente a las más altas autoriades del Instituto, el doctor Germán Tenorio Vasconcelos, Secretario de Salud del Estado de Oaxaca, el licenciado Alfredo Harp Helú, presidente honorario de la fundación que lleva su nombre y demás invitados y asistentes, fue recibida con interés y agrado de los presentes. La titulé “Ser médico hoy: el reto de superar el desconcierto”. En ella expresé algunas de las cuestiones que más me preocupan acerca de la práctica de la medicina en la actualidad.

Las ponencias que pude escuchar en la Reunión fueron de muy alto nivel. Pocas veces había tenido de oportunidad de aprender temas tan interesantes como la conferencias que dictó mi hoy amigo el doctor Antonio Cabral sobre “Las enfermedades de Nietzsche”. Resultaron de gran importancia los simposios sobre el papel de las redes sociales en la medicina, la perspectiva de género en la práctica médica actual, las fronteras de la cirugía (dedicado al doctor Manuel Campuzano Fernández) y, muy particularmente, el titulado “Cruzando la laguna Estigia o la buena práctica médica cuando el camino termina”, en honor del doctor Juan Rull Rodrigo (q.e.p.d.), que cubrió con brillantez y despertando mucho interés aspectos relativos a los cuidados paliativos de los enfermos próximos a morir, la eutanasia, etc. Fue un verdadero privilegio escuchar las ponencias de los doctores Jorge Oseguera, José Alberto Ávila, Uria Guevara, Alberto Palacios y Arnoldo Kraus.

Pero eso no fue todo. Además del reencuentro con muchos de mis profesores del Instituto y antiguos compañeros –Rocío Brom me honró regalándome la autobiografìa de su padre, el profesor y doctor en historia Juan Brom, recientemente fallecido–, pude conocer en persona a quienes fueron desde hace un año amigos virtuales a través de las redes sociales. Pude estrechar la mano, abrazar, conversar y convivir con los doctores Uria Guevara –que, generoso, me obsequió su libro sobre cuidados paliativos– y las doctoras oaxaqueñas María Guadalupe Matus Ruíz y Gabriela Torres Cisneros. Esta última nos brindó con gran esplendidez, la última noche de nuestro viaje, una cena oaxaqueña espectacular. No hay mayor riqueza que la que contiene el círculo de los amigos.

Por último, no quiero dejar de volver a mencionar a Patricio Santillán y Juan Pablo Pantoja, cirujanos destacados en sus respectivos campos de las enfermedades del tórax y las del sistema endocrino, quienes fueron los artífices de esta experiencia que nunca olvidaré, por la que siempre les estaré profundamente agradecido.

Hoy retorno de un regreso, por paradójico que parezca. De un regreso a casa.

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