EL DECLIVE Y LA DEBACLE (primera parte).

Antiguamente, si un señor de 100 años que aparentemente gozaba de buena salud amanecía muerto en su cama, se decía que había muerto de vejez. Lo mismo diría el dueño de un gato de 18 años, al que empieza a notar remolón, abúlico, postrado y al que de pronto encuentra pácidamente muerto sobre su almohadón. Pero se trata de malos entendidos, pues no existe un solo caso de muerte por vejez.

Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. La muerte y sus ventajas, 2011.

Estos últimos días de octubre y los primeros de noviembre han sido propicios para reflexionar sobre la muerte y la inmortalidad, los dos extremos de la vida entre los que los seres humanos nos debatimos, sospechando primero y comprobando después que nuestro destino mortal nos alcanzará irremediablemente.

Cuando se es joven no solemos pensar en estos temas. Frente a nosotros, se extiende un dilatado camino cuyo fin, que se pierde en la distancia, nos parece inexistente. Y así pasamos una buena parte de nuestra vida, engañándonos con la idea de que su duración será eterna.

Rebasando la cincuentena, las cosas ya no resultan tan claras. Poco a poco, crece en nuestro interior la certeza contraria de una mortalidad si no cercana, con seguridad inevitable. Y es entonces cuando algunos empezamos a preocuparnos no sólo con ese fin, sino con el uso que le hemos dado al tiempo pasado que ya es imposible de recuperar. Nos queda el consuelo de que, si no empleamos el tiempo ido como lo hubiésemos deseado –con anticipación o, “a toro pasado”–, por lo menos podremos sacar de nuestra propia vida las lecciones que nos impidan repetir en un futuro los errores que cometimos.

El estudio de las causas del envejecimiento y la muerte se ha vuelto un tema de moda en la comunidad científica. A partir de la década de los setenta del siglo pasado, los estudiosos descubrieron la existencia de una forma de muerte que viene programada en nuestras células desde el primer momento de nuestra existencia e incluso desde antes, porque forma parte del paquete de información que nos heredaron nuestros progenitores y que, por consiguiente, ellos y quienes los antecedieron ya llevaban en su ser.

Nacemos con las semillas de una muerte que ya han germinado, florecido y dado frutos desde que estábamos en el vientre materno y que seguirá actuando cuantas veces nos sea necesario para seguir con vida. Esa muerte, que es discreta, silenciosa y aparentemente paradójica, recibe el hermoso nombre de apoptosis, palabra que proviene del griego y que hace alusión a la caída de las hojas de los árboles en el otoño.

Lo mismo ha sucedido con el envejecimiento, un fenómeno enigmático para el que se han propuesto numerosas explicaciones, sin que hasta el momento hayamos encontrado una satisfactoria y completamente convincente desde el punto de vista científico.

Si le preguntamos a un físico, nos dirá que todo lo que está contenido en el universo tiende al desorden, a descomponerse en sus partes más simples. Es la llamada ley de la entropía. Y nos maravilla saber que la vida como la conocemos es una lucha constante contra esa tendencia universal hasta que nos vence. Mantener vivos y funcionando organismos tan complejos como los animales –incluyéndonos– es una proeza que exige enormes cantidades de energía. Esa puede ser una razón más para reverenciar toda forma viviente. Nos inclinamos ante el milagro cotidiano de los seres que se mantienen en pie frente a la avasalladora fuerza de la entropía, aunque, al final, se acabe imponiendo con la muerte.

Lo que sigue resultando enigmático es el inicio del deterioro. Como lo expresa bien el divulgador de la ciencia Jonathan Weiner en su reciente libro “Aferrados a la vida. ¿Podríamos vivir eternamente?” (Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, 2012):

Pero no nos deterioramos, digamos, entre los seis y los 12 años. En esos años nos hacemos grandes y fuertes. Si tanto podemos hacer cuando estamos en fase de crecimiento, entonces ¿por qué no podemos, al menos, mantenernos estables y firmes desde los 20 a los 120 años de edad?…

… Si la vida puede hacer tanto en la primera mitad, ¿por qué falla en la segunda? ¿Por qué no puede hacer que la pelota siga rodando?

 

Ya Francis Bacon (1561-1626), aquel famoso pensador inglés, había planteado este enigma en su pequeña obra History of Life and Death  (“La historia de la vida y la muerte”):

en las criaturas vivas todo se repara por completo en su juventud; o mejor dicho, durante un tiempo su cantidad aumenta y su calidad mejora… la materia que se repara podría ser eterna si no fallara el modo de reparación.

 

            Si en la primera mitad de la vida existe un equilibrio perfecto que logramos mantener por varios años, ¿por qué tiene que fallar? El biólogo alemán August Weismann (1834-1914), expuso una teoría en una de sus clases como vicerrector de la Universidad de Friburgo en 1883 y la escribió en un ensayo titulado “Sobre la duración eterna de la vida”:

En mi opinión, la duración de la vida se tornó limitada no porque el hecho de ser ilimitada fuera contrario a su naturaleza, sino porque una perpetuación ilimitada del individuo sería un lujo sin propósito.

 

            Según Weismann, en un principio los seres vivos fueron inmortales por simples, ya que estaban formados por una sola célula. Pero apenas aparecieron los primeros seres multicelulares de los que formamos parte, empezaron a envejecer y a morir. Con lo que sabemos hoy, podríamos decir que el envejecimiento y la muerte hicieron su aparición en el horizonte de la vida terrestre hace aproximadamente unos 600 millones de años. Para August Weismann, una amiba y un paramecio –seres unicelulares y microscópicos que podemos encontrar en los estanques– no mueren nunca no porque no puedan, sino porque son demasiado simples para morir. O dicho de otro modo: la muerte es el precio que tenemos que pagar por nuestra complejidad.

La complejidad biológica introduce de una manera dramática en la ecuación de la vida una variable casi desconocida en los seres unicelulares: el error. Eso explica el enorme éxito adaptativo de los seres unicelulares como las bacterias, que aparecieron sobre la faz de la tierra hace unos 3,500 millones de años y que, con toda seguridad, seguirán ahí en el caso de que nosotros lleguemos a la extinción total.

Y se dice que los seres unicelulares son inmortales porque, salvo debido a una interferencia accidental, siguen vivos al reproducirse constantemente. Incluso su forma de reproducción es fiel a su simplicidad. Lejos de las fatigas, gastos energéticos brutales e incertidumbres de la reproducción sexual, simplemente se dividen en dos células hijas. Hace muchos años, leí en alguna parte que el sueño de toda bacteria es muy simple: llegar a ser dos bacterias.

Según Weismann, el envejecimiento y la muerte son un logro de las criaturas complejas. Para el sabio alemán y gran defensor de las ideas de Darwin, ambos fenómenos son en realidad una adaptación. Al respecto, Jonathan Weiner nos dice que:

La muerte es más importante para nosotros que los ojos, los oídos, los dientes y las manos; o las branquias y las aletas; o las raíces, las ramas y las hojas verdes.

 

            Sin embargo, Weismann admitía que una parte de nosotros podía considerarse inmortal en potencia: nuestras células germinales –espermatozoides y óvulos–, que se pueden perpetuar en nuestros descendientes. El resto, al que llamó soma, está condenado a la desaparición.

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One thought on “EL DECLIVE Y LA DEBACLE (primera parte).

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