EL DECLIVE Y LA DEBACLE (segunda parte).

La conciencia de que envejecemos parece ser solamente humana. Tal vez otros animales, en especial los mamíferos superiores con una función cognitiva rudimentaria, pueden percibir que están perdiendo ciertas facultades, que ya no son capaces de mantener el ritmo del grupo, que han perdido la habilidad de encontrar alimento o capturar una presa, que son más lentos para huir del peligro o escapar de un depredador. Pero dudamos de su capacidad para comprender todas las implicaciones de lo que les está sucediendo. En cambio, es evidente que los seres humanos tenemos plena conciencia de ese proceso.

William R. Clark. A means to an end. The biological basis of aging and death, 1999.

A Tom Kirkwood, un biólogo inglés contemporáneo que estudia el envejecimiento, le pasó lo que a Arquímedes de Siracusa, aquel matemático, físico, astrónomo e inventor griego del siglo III antes de Cristo, que tuvo una idea reveladora –llamada hoy Principio de Arquímedes– cuando se sumergió en una bañera. A Kirkwood le llegó la inspiración mientras se bañaba. Él mismo nos lo cuenta así en su libro “El tiempo de nuestras vidas. La ciencia del envejecimiento humano (Time of our lives. The science of human aging. Oxford University Press, 1999):

            Siempre he encontrado que el baño es un buen lugar para pensar y fue allí, una noche de febrero de 1977, cuando súbitamente comprendí por qué envejecemos.

La razón de que tú y yo envejezcamos y muramos, lamento decirlo, es que somos desechables. Y lo más triste de todo que esta valoración se encuentra en lo más profundo de nuestros genes.

No es que nuestros genes estén empeñados en destruirnos… sino que el interés de nuestros genes en mantenernos vivos no coincide con nuestro propio deseo. Esa es la mala noticia. La buena es que, una vez que comprendemos hasta dónde llegan nuestros genes, estamos en el camino de descubrir qué es lo que nos hace envejecer. Y en lugar de estar limitados a un tiempo determinado por un reloj de arena fatídico, existe en el curso de nuestras vidas una plasticidad que podemos utilizar en beneficio propio.

 

El doctor Kirkwood llamó a su explicación del envejecimiento “la teoría del soma desechable”. A pesar de que comparten la palabra soma, las concepciones del envejecimiento de August Weismann (mencionada en la primer parte de este escrito) y Tom Kirkwood tienen grandes diferencias.

Para Weismann, el envejecimiento es una forma de adaptación desarrollada durante la evolución humana, está programado desde antes del nacimiento y, por tanto, es inmutable. Un destino ineludible. En cambio, para Kirkwood, se trata de un proceso mucho más flexible, cuyo inicio, velocidad y duración son distintos en cada ser humano y dependen de muchas circunstancias. Kirkwood deja abierta la posibilidad que de que el envejecimiento puede ser alterado. Esta idea abre la puerta a posibles acciones que lo puedan modificar sustancialmente y que, tal vez, permitirán lograr en un futuro el alargamiento considerable de la vida humana. La ansiada longevidad… ¿hasta la inmortalidad?

Tom Kirkwood nos explica que el envejecimiento es el resultado de los errores que las células cometen durante las reacciones químicas que forman parte de sus procesos vitales. Estos errores se van acumulando conforme pasa el tiempo y siguen una espiral ascendente, de modo que su efecto se amplifica cada vez más. Los fallos en la regulación y expresión del material genético y la síntesis de proteínas juegan aquí un papel central.

Por eso la células cuentan con numerosos y eficaces mecanismos de corrección de errores. Verdaderas baterías de enzimas que son capaces de reparar las moléculas (ácidos nucleicos, proteínas, etc.) que sufren desperfectos o cuyo copiado y síntesis se realizan de manera defectuosa. Por alguna razón que no es evidente, conforme pasan los años, estos mecanismos correctores se van volviendo cada vez menos eficaces. Los errores se acumulan cada vez más hasta que las funciones vitales se hacen imposibles. En última instancia, la vida material se explica a través de reacciones químicas. Químico es el lenguaje de las células y son moléculas (sustancias químicas) las que forman todas y cada una de las estructuras –células, tejidos, órganos y aparatos– de nuestro cuerpo.

Dos ideas se encuentran en los cimientos de la teoría del soma desechable propuesta por Kirkwood. La primera es la denominada “corrección cinética”, que consiste en que las células pueden realizar sus reacciones químicas con el grado de perfección que deseen, aunque tienen que pagar un costo. Cuanto más perfectas son las reacciones –con menos errores–, más gasto de energía demandan. La segunda idea ya la había postulado Weismann en el siglo XIX. Se trata de la distinción entre las células germinales –los gametos, espermatozoides y óvulos– y las células somáticas (el soma, que ya ha sido mencionado), que corresponden a la inmensa mayoría de las células que forman nuestro organismo.

Así nos lo plantea plantea Kirkwood:

Lo que comprendí en el baño fue esto: un organismo multicelular necesita mucha precisión en sus células germinales, pues a través de ellas debe transmitir sus genes a la siguiente generación. Sin embargo, no necesita tanta precisión en sus células somáticas. Tarde o temprano el soma morirá por accidente. ¿No sería mejor ahorrar energía y hacer las células somáticas de una forma más económica, aunque acaben por envejecer? La respuesta a esta pregunta depende de cuánto necesitas que dure el soma.

 

Eso explica que nuestro cuerpo se esmere, crezca y se fortalezca durante la infancia, la juventud y la primera mitad de la vida adulta. Se pone en condiciones óptimas para el acto culminante de la vida biológica: la reproducción. Una vez que ha sucedido, empieza el declive. El soma ha cumplido con su misión más importante. Ahora ya no es necesario invertir en él tanta energía. Por tanto, los procesos correctores de los errores químicos pierden eficacia y se van presentando todos aquellos cambios que denominamos vejez. Esos cambios, junto con ciertas condiciones precipitantes –obstrucciones circulatorias graves, infecciones, tumores y hasta los accidentes– conducirán a la muerte del individuo.

¿Cuál es la fuerza que anima todo lo descrito en las líneas precedentes? Una potencia tan discreta como avasalladora: la evolución, el motor y la explicación de todo lo que atañe a los cinco reinos de seres –animales, plantas, hongos, protistas y bacterias– que habitan este planeta.

Es cierto que hasta hace poco, los médicos habíamos tomado poco en cuenta a la evolución para entender los procesos que estudiamos y tratamos de modificar –las enfermedades–, pero esta omisión es cada vez menor. Nos estamos dando cuenta que, al igual que los demás seres vivos, los seres humanos, tantos sanos como enfermos, estamos sometidos a la influencia dominante de la evolución. Ya lo decía el genetista ucraniano Theodosius Dobzhansky (1900-1975): “Nada tiene sentido en la biología si no es a la luz de la evolución”.

De acuerdo a otro estudioso del envejecimiento, el portugués afincado en Inglaterra Joao Pedro De Magalhaes, necesitamos responder dos preguntas si pretendemos entender y tal vez  modificar el envejecimiento. La primera es: ¿qué es lo que controla la velocidad del envejecimiento en los diferentes tipos de mamíferos? Y la segunda es: ¿qué es lo que cambia en una persona de los 30 a los 70 años para que incremente su riesgo de morir unas 30 veces? Esas preguntas siguen esperando todavía hoy una respuesta definitiva.

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