EL DECLIVE Y LA DEBACLE (tercera parte).

Para mi hermanita Martha Bárcenas, que me proporcionó la cita

del encabezado y, además, posee el secreto de la jovialidad eterna.

 

… yo creo que hasta los treinta años, más o menos, los humanos somos capaces de vivir a nuestro aire porque la naturaleza cuida de nosotros. El niño puede saltar, trepar o meterse en agua helada para experimentar qué se siente, el adolescente y el joven pueden comer basura, emborracharse, tomar todo tipo de sustancias nocivas, bailar hasta la extenuación en cuchitriles mal ventilados o pasarse las noches sin dormir: da igual, la naturaleza nos tiene a su cargo, repara los daños, minimiza los riesgos…

A partir de los treinta el panorama empieza a cambiar, la naturaleza nos atiende con mayor desgana y racanería… Pero de los cuarenta en adelante, la madrasta Natura nos abandona por completo y se muestra indiferente a nuestra cuitas… de los sesenta para arriba –es decir, ‘para abajo’– la naturaleza se vuelve francamente hostil y nos persigue con todo tipo de trampas y dolencias, disparando sus cañones para abatirnos… Ni nos cuida ni le resultamos indiferentes, sino que para sus planes estamos de sobra.

Fernando Savater. La hermandad de la buena suerte, 2008.

 

Durante lapsos relativamente breves de tiempo que podemos medir en meses, años o incluso, algunas décadas, la aparente inmutabilidad de nuestro cuerpo nos hace concebir una idea errónea. Llegamos a pensar que durante esos lapsos nuestro organismo no cambia y que en el mundo microscópico de nuestras células y moléculas todo es tan estable como una balsa de aceite. Pero las cosas son muy distintas.

Cada minuto, cada hora, cada día de nuestras vidas, desde que nacemos hasta que morimos, nuestras células se crean y destruyen a si mismas sin descanso. Su capacidad de creación, destrucción y recreación es tan grande que ni siquiera nos damos cuenta. Tampoco lo perciben quienes nos rodean y lo mismo puede decirse de nosotros acerca de ellos. Y, sin embargo, el cambio y recambio nunca cesan.

No se trata solamente del reemplazo de células viejas por otras nuevas. El proceso ocurre también en diversas partes de cada una de las células, se extiende a los complejos moleculares que las conforman y, quién sabe si afecte también a los átomos de los que están compuestas las moléculas.

En este proceso de renovación incesante, minuto a minuto, que ocurre en el interior de cada una de nuestras células, juega el papel central un fenómeno llamado autofagia o autofagocitosis, lo que significa que las células devoran pequeñas partes de ellas mismas para reutilizar el material digerido y reponer así las partes faltantes o defectuosas. Estas partes pueden ser otros pequeños órganos celulares –organelos– como las mitocondrias o bien moléculas averiadas, con defectos de fabricación u ocasionados por el envejecimiento. Se trata de una serie de “pequeñas muertes cotidianas” que nos permiten seguir viviendo y mantener una estructura corporal que parece invariable a simple vista.

El componente celular más importante de la autofagia es el lisosoma, un organelo en forma de bolsita que contiene numerosas enzimas capaces de degradar diversos compuestos químicos. Estos lisosomas son una especie de aparato digestivo de las células que se encarga de asimilar los nutrientes, desmenuzar los gérmenes patógenos devorados por los glóbulos blancos que nos defienden y deshacer las partes que ya no funcionan de nuestras propias células para que puedan ser reutilizadas en la fabricación de nuevos componentes.

Cuando morimos, son los lisosomas los que se rompen para dar inicio a la digestión de nuestro propio cuerpo en la que colaborarán más tarde las enzimas bacterianas provenientes de la flora intestinal normal y, si morimos a la intemperie, los microorganismos acarreados hasta el lugar del deceso por la familia de insectos a la que los expertos llaman “fauna cadavérica” y que el vulgo conoce como “moscas panteoneras”.

Esa digestión es la putrefacción, cuyo aroma inconfundible reconocemos fácilmente quienes tenemos que lidiar con los órganos mal fijados en formol o los cuerpos en los que realizamos la autopsia con más dilación de la aconsejable.

La doctora Ana María Cuervo, investigadora barcelonesa que trabaja en la Escuela de Medicina Albert Einstein de la Universidad Yeshiva de Nueva York, es una de las científicas que más sabe de autofagia en el mundo. Dirige junto al doctor Nir Barzilai el Instituto Einstein para la Investigación del Envejecimiento.

En 2001, fundó un laboratorio en aquella institución donde estudia el papel de la degradación de las proteínas celulares en las enfermedades relacionadas con el envejecimiento, especialmente aquellas que afectan al sistema nervioso central y que conocemos como enfermedades neurodegenerativas, por ejemplo, la enfermedad de Alzheimer, la de Parkinson o la de Huntington.

En el año 2000, la doctora Cuervo y otros científicos demostraron  que la mayoría de las vías mediante las cuales una célula viva traslada fragmentos de ella misma a los lisosomas para que los descomponga y recicle van haciéndose cada vez menos eficientes conforme pasan los años.

De esta manera, se empezó a comprobar que el envejecimiento, o por lo menos parte de él, está muy relacionado con la creciente incapacidad de nuestras células para degradar y reutilizar sus partes estropeadas. Simplificando, podríamos decir que un anciano es un joven en el que se han acumulado un sinnúmero de moléculas descompuestas.

El grupo de investigadores que ella encabeza probó que el restablecimiento de la función normal de los lisosomas evita el depósito intracelular de las proteínas que se dañan con la edad, demostrando que es posible lograr la eliminación de estos productos tóxicos. Abrió una vía hacia la consecución de la longevidad.

Desde luego, todo ello lo ha realizado en ratones manipulados genéticamente. Así lo describió un artículo del periódico español El País del 11 de agosto de 2008 titulado “Un hígado de 80 años que funciona como uno de 20”:

 

Frenar el envejecimiento. Retrasar de alguna manera el reloj biológico a través de la manipulación genética. Es lo que ha logrado hacer con ratas un grupo multinacional de investigadores coordinados por la científica catalana Ana María Cuervo, de la Universidad Yeshiva de Nueva York. Una técnica que limpia las proteínas defectuosas de las células ha permitido a ratas ancianas tener el hígado de una adolescente. “Si lo comparamos con humanos, es como si hígados de 80 años funcionasen como unos de tan sólo 20”.

Lograr la prolongación de la vida más allá de lo que han conseguido los últimos cien años las medidas sanitarias, las vacunas y el avance de los tratamientos médicos y quirúrgicos parecía hasta hace poco una cosa de locos. Tal vez no lo sea.

La naturaleza tiene innumerables secretos que pueden ser descubiertos para aliviar los sufrimientos derivados de las enfermedades y del propio envejecimiento. A alguien se le ocurrió que si en los márgenes de las carreteras viven bacterias que han aprendido a digerir el caucho que desprenden las llantas de los automóviles a su paso, habría que buscar en algún sitio las bacterias que hubiesen aprendido a digerir grandes cantidades de las moléculas achacosas que se acumulan en los ancianos.

¿Dónde podrían encontrarse esas bacterias? Y a esa misma persona se le ocurrió que el lugar obvio serían los cementerios. Y se propuso cavar en ellos. Esa persona es Aubrey David Nicholas Jasper de Grey, mejor conocido como Aubrey de Grey, un gran amigo de la doctora Ana María Cuervo. De él escribiremos en la siguiente entrega.

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