EL DECLIVE Y LA DEBACLE (sexta y última parte).

Entonces sucedió algo nunca visto, algo no imaginable, la muerte se dejó caer sobre las rodillas, era toda ella, ahora, un cuerpo rehecho, por eso tenía rodillas, y piernas, y pies, y brazos, y manos, y una cara que escondía entre las manos, y unos hombros que temblaban no se sabe por qué, llorar no será, no se puede pedir tanto a quien siempre deja un rastro de lágrimas por donde pasa, pero ninguna de ellas suya. 

José Saramago Las intermitencias de la muerte, 2005.

            Pese a nuestros deseos y a los proyectos futuristas –inalcanzables hoy y tal vez mañana– de científicos como Aubrey de Grey, la mortalidad está en nuestra esencia. No sabemos por qué, pero es una cita ineludible que determina, como ningún otro factor o fenómeno, el curso de nuestra vida presente y los planes a futuro. Por eso, yo creo que vale la pena meditar en ella, en lugar de intentar por todos los medios borrarla de nuestro pensamiento.

Ya que hoy es poco probable que un niño sea testigo directo de una agonía y su desenlace cierto –salvo en los países en guerra, desastres naturales o sumamente pobres–, me atrevería a sugerir la inclusión en los planes de estudio de la educación básica una materia que pudiese titularse “Conciencia de nuestra mortalidad”.

No se diga en los currículos de las facultades de medicina. En lugar de pregonar que la muerte es nuestra enemiga, a los médicos nos deberían enseñar su inevitable cercanía y a convivir –valga la aparente contradicción– de una manera mucho más civilizada y serena con ella. Hagamos lo que hagamos, si bien en algunos casos podemos diferir su llegada y hasta evitar su inminencia, al final acaba por ganarnos la partida.

Me adelanto a quienes consideren que lo que acabo de decir es fruto de mi dedicación profesional de patólogo, pues si lo piensan detenidamente, tendrán que darme la razón. De paso, tener una clara conciencia de la propia mortalidad ayuda a disminuir la arrogancia médica que suele estar de moda.

Dicen los que han pensado seriamente en ello, que la amenaza contenida en la inmortalidad es el aburrimiento. Si a mi me parece que el aburrimiento es la pandemia más peligrosa y detestable de cuantas no acosan en la vida moderna, me resulta difícil de imaginar un aburrimiento que dure toda la eternidad. Francis Bacon, el sabio inglés  al que ya había citado en la primera parte de este escrito, señalaba en su ensayo “Historia de la vida y la  muerte” (Historia Vitae et Mortis, 1658) lo siguiente:

 

Un hombre moriría, aunque no fuera ni valiente ni miserable, sólo por el cansancio de hacer lo mismo una y otra vez”.

 

El propio Ernst Haeckel (1834-1919), que popularizó las ideas de Charles Darwin en Alemania, consideraba que sólo el pensar en un aburrimiento tan agobiante lo hacía desistir de sus deseos de inmortalidad:

 

Cualquier erudito imparcial que esté familiarizado con los cálculos geológicos del tiempo, y que haya reflexionado sobre las largas series de millones de años que ha ocupado la historia orgánica de la tierra, ha de admitir que la cruda noción de la vida eterna no es un ‘consuelo’, sino una ‘amenaza’ tremenda para el mejor de los hombres. Sólo la falta de claridad de juicio y de pensamientos sucesivos puede cuestionarlo… Incluso los vínculos familiares más cercanos supondrían muchas dificultades. Hay una gran cantidad de hombres que sacrificarían gustosamente las glorias del Paraíso si ello significara la eterna compañía de su ‘media naranja’ y de su suegra.

 

            Jonathan Weiner (“Aferrados a la vida. ¿Podríamos vivir eternamente?”. Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, 2012), refiriéndose a los dioses griegos, se pregunta:

 

Pero ¿qué hacían los inmortales todos los días en la montaña eterna? Reñían como mortales; y paliaban su aburrimiento observando a los mortales en la llanura. Ni siquiera los griegos podían imaginar un modo de escapar del tedio de la inmortalidad.

 

Más que el hastío de los dioses, lo que más debe preocuparnos es el aburrimiento de los mortales, o sea, de nosotros mismos. Ya señalé líneas más arriba que lo considero uno de los problemas graves de nuestros días, que en lo personal me parece un tanto incomprensible. Pero eso merece un espacio mayor y tal vez será el tema de una reflexión futura.

Si la imortalidad es hoy por hoy inalcanzable, lo que tenemos en frente y experimentaremos casi con seguridad es la vejez. Nos dice Carlos Montemayor (“El anciano en la literatura clásica”. La Jornada, 1º de septiembre de 2003) que “Hesíodo en su Teogonía propuso que la vejez no era precisamente el resultado de la prolongación de la vida humana, sino una fuerza anterior, una fuerza del mundo”. Este concepto contradice nuestra concepción habitual del envejecimieto, lleno de resonancias negativas.

Valiosa es también la lectura de la obrita de Cicerón “Catón el Viejo o Acerca de la vejez” (Cato maior, sive De senectute, 42 a. C.) en la que el gran abogado y orador de finales de la República Romana refuta los inconvenientes de la vejez en cuatro puntos: 1)la vejez como la gran marginadora, 2)la vejez como época de las grandes pérdidas físicas, 3)la vejez como privadora del placer y 4)la vejez como edad vecina a la muerte.

A la primera, Cicerón señala que, si bien el anciano no puede hacer las mismas actividades que los jóvenes, las que realiza son de gran importancia. Él vivió casi al final de una época en la que los ancianos eran tomados muy en cuenta. Por eso los SENadores eran personas de edad, eran SENectos.

A la segunda, nos dice que los verdaderos valores del hombre no residen en su fuerza muscular, como si fuera un buey, sino en su poder intelectual, que si se ha ejercido en etapas más tempranas de la vida, llegará a la vejez en muy buen estado.

A la tercera, Cicerón responde que el cese de los placeres carnales es una ventaja, pues el hombre, libre de la esclavitud de las pasiones, puede mirar a su interior y mejorarse sustancialmente como persona.

A la cuarta, la más difícil de defender, Cicerón responde que una vez traspasado el umbral de la muerte, entraremos en una nada de la que no vamos a tener conciencia, por lo que no debemos temer. Trágica es la muerte de los jóvenes, porque según Cicerón el joven en su muerte es un barco que naufraga, mientras que el anciano es un barco que llega a puerto.

Terminemos con un poema de Jorge Luis Borges que nos llena de consuelo:

 

La vejez (tal es el nombre que otros le dan)

puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Queda el hombre y su alma […]

Llego a mi centro,

a mi álgebra y mi clave,

a mi espejo.

Pronto sabré quién soy.

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