UNA VISIÓN MÁS AMPLIA (primera parte).

Cuidar de la salud es sólo un componente de algo superior: cuidar de la vida;

¿Qué sentido tiene el cuidado de la salud si pasa

por alto el cuidado de la vida?

Cuidar la vida es procurar la dignidad,

la satisfacción, la serenidad, la fraternidad;

Es pretender un ambiente social pluralista,

incluyente, igualitario, justo y solidario

Leonardo Viniegra. La historia cultural de la enfermedad, 2008.

Al reflexionar sobre el quehacer cotidiano y, levantando la vista, sobre el curso que sigue la medicina actual, uno no puede sentirse satisfecho. Hace apenas un par de décadas estábamos en plena guerra microbiana. La industria farmacéutica fabricaba antibióticos de potencia creciente, creando nuevas generaciones de microbicidas cuya eficacia efímera se estrellaba contra la versatilidad de unos gérmenes con una capacidad de adaptación aparentemente ilimitada. Y todo ello con el agravante de la alteración de los ecosistemas microbianos y la aparición de cepas resistentes a múltiples antibióticos que son una verdadera amenaza para la salud y la vida. Y se los digo yo, que estoy felizmente casado con una especialista en enfermedades infecciosas de la infancia.

Lo mismo parece que va a suceder con las nuevas modalidades de tratamiento del cáncer. Se estudia con increíble detalle cada uno de los procesos químicos que sustentan la vida de las células malignas, se descubren moléculas que juegan un papel clave en estos procesos y se acude al laboratorio para sintetizar una sustancia capaz de bloquear dichas moléculas y así frenar el crecimiento tumoral y/o destruir el cáncer. Los resultados iniciales suelen ser alentadores pero, en un tiempo variable, aparecen los tumores resistentes al nuevo tratamiento. Ante ese panorama, se repite el proceso y se vuelve a fabricar un nuevo tratamiento que, casi indefectiblemente, corre la misma suerte que el anterior.

¿De qué nos habla todo esto? Yo pienso que estos y otros muchos ejemplos que encontramos en el mundo de la medicina nos ponen de manifiesto cierta insuficiencia sobre lo que pensamos acerca de las enfermedades, lo que entendemos de ellas y la forma en la que actuamos para tratarlas basados en esos pensamientos, ideas o conceptos. Con todo y que el nivel de los actuales conocimientos sobre las enfermedades no tiene comparación con épocas pasadas y resulta apasionante para quienes nos interesan estos temas, intuyo que se omite algo de singular importancia. Uno o varios aspectos que hacen de este cuadro de la medicina una obra incompleta.

Por eso resulta pertinente citar de nuevo al Dr. Leonardo Viniegra Velázquez, quien fuese Coordinador de Enseñanza del entonces Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán y a quien tuve el gusto de conocer cuando me sometí al proceso de selección con miras a realizar allí mi especialización en anatomía patológica. En esta ocasión acudo a su artículo “La historia cultural de la enfermedad” (Revista de Investigación Clínica, noviembre-diciembre de 2008), porque me parece que ilumina esa zona oscura que suele pasar desapercibida ante la mirada profesional de la mayor parte de los médicos hoy en día.

El doctor Viniegra considera que las grandes construcciones de ideas que predominan en un lugar y un tiempo determinados, a las que llama paradigmas, influyen poderosamente en la forma de pensar de los grupos humanos y determinan las acciones que estos llevan a cabo. Siguiendo las ideas del filósofo y sociólogo francés Edgar Morín, el doctor Viniegra nos descubre que el gran paradigma que domina el pensamiento occidental hasta la actualidad –y eso nos incluye a nosotros– se originó en el siglo XVII con René Descartes. Conocido como el gran paradigma de occidente, prescribe la separación del sujeto con respecto al objeto –la lógica de la disyunción–, generando una doble visión del mundo: objetos que son manipulados y sujetos que manipulan. Posteriormente, a la lógica de la disyunción se agregaron la de la reducción y la de la simplificación.

Nos dice Leonardo Viniegra que, “hoy en día, todos los quehaceres sociales sin excepción están gobernados por el paradigma imperante. Pensamos, percibimos y conocemos un mundo que ha sido configurado por el paradigma de la disyunción, reducción y simplificación. Vivimos como ‘algo natural’, como ‘la realidad’ lo que en un principio fueron sólo ideas acerca del mundo, de cómo actuar en él y de cómo conocerlo”. Y algo profundamente inquietante. Este paradigma que nos domina se ha vuelto invisible y ejerce su poder desde una posición oculta que nos impide analizarlo y someterlo al ejercicio indispensable de la crítica.

Su poder disyuntivo y reductor se refleja en múltiples actividades humanas, incluyendo la ciencia, lo que explica la extraordinaria atomización del conocimiento en un número creciente de disciplinas enfocadas en el estudio profundo de una faceta de la realidad. La esperanza –vana, sin duda– de entender la complejidad del todo mediante el estudio cada vez más minucioso de alguna de sus partes. La influencia de su lógica simplificadora ha desplazado y desacreditado todo intento de pensamiento complejo e integrador, al que ha excluido como vía válida de conocimiento.

¿Tiene lo expuesto en los párrafos precedentes algo que ver con nuestra concepción de la profesión médica, el papel del médico ante el paciente, las instituciones de salud y la práctica de la medicina? Sin duda alguna. Del gran paradigma de occidente se desprende nuestra actual concepción de la medicina y es lo que el doctor Viniegra llama el paradigma salud/enfermedad, en el que “las enfermedades se conciben como desviaciones de los patrones funcionales y estructurales que son propios de la salud (lo anormal) y como entidades objetivas e independientes”. Viniegra lo detalla así:

 

*La “disyunción” se hace patente en la idea de enfermedad como entidad u objeto independiente del portador, en la separación entre lo congénito y lo adquirido o lo genético y lo ambiental. También en la separación y aislamiento que conlleva el reconocimiento de cada nueva enfermedad “descubierta” con respecto a las demás, con sus efectos correlativos en la división del trabajo médico (una nueva especialidad excluyente). La disyunción es emblemática de la forma como se organiza el currículo para la formación de los médicos y de cómo surgen y se desarrollan constantemente disciplinas y subdisciplinas abocadas a la indagación en el campo de la salud.

*La “reducción” está presente en múltiples formas: la pretensión de entender y explicar a cada enfermedad en sí misma, sin considerar mayormente a la persona que la padece y menos aún sus situaciones, circunstancias y condiciones de vida. Otra expresión de la ‘reducción’ es la equiparación del organismo con una máquina (mecanicismo)… La metáfora de la máquina con las partes que la componen está claramente presente, por ejemplo, en la especialización actual del quehacer médico, donde cada especialista privilegia en su actividad un fragmento o función del organismo y centra sus esfuerzos en “repararlo o regresarlo al patrón de normalidad”, aunque tal propósito pueda significar un perjuicio para otro fragmento o función, para el organismo en su conjunto o para la vida de relación del paciente.

*La “simplificación” excluye la idea de complejidad como marco de referencia de la percepción, la comprensión, el entendimiento y la interpretación de todo lo relativo a la vida en general, a la humana en lo particular y a las enfermedades en especial.

 

El fundamento del paradigma salud/enfermedad es el esquema llamado historia natural de la enfermedad, que muchos médicos conocemos a partir de lo expuesto por H. R. Leavell y E. G. Clark en su famoso libro “La medicina preventiva para el médico en su comunidad. Un enfoque epidemiológico” (Preventive medicine for the doctor in his community. An epidemiologic approach. McGraw-Hill, 1953). Frente a este esquema que ha dominado la medicina occidental hasta ahora, el doctor Leonardo Viniegra propone el de la historia cultural de la enfermedad. De ello trataremos en la segunda parte de este escrito.

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