NOTICIAS DESDE EL FIN DEL MUNDO.

La muerte, para un paleontólogo, es un fenómeno vital, como la extinción lo es para la evolución. Desde que aparecieron las primeras criaturas pluricelulares, en la explosión cámbrica, se calcula que han vivido unos treinta mil millones de especies. Según ciertas estimaciones, en la Tierra hay ahora unos treinta millones de especies. Esto significa que han desaparecido el 99.9 por ciento de todas las especies que han vivido hasta hoy… el arraigo de la vida en la Tierra es, sin lugar a dudas, mucho más precario de los que nos gustaría creer. 

Richard Leakey y Roger Lewin. La sexta extinción. El futuro de la vida y de la humanidad, 1998.

Durante los últimos meses hemos vivido bajo la amenaza de un supuesto fin del mundo según la interpretación sensacionalista del calendario maya. Igual como ha sucedido en otras ocasiones, el apocalipsis no se consumó y aquí estamos escribiendo tranquilamente estas líneas.

Se trata de un tema recurrente. Y no hay que ir muy lejos. Una especie de fin del mundo en la escala de la tecnología informática se preveía con el cambio de siglo. Una vez más, entramos en el año dos mil sin que nuestras computadoras sufrieran mayores sobresaltos.

Pero no siempre ha sido así. Aunque han ocurrido en tiempos muy remotos, sabemos de la existencia de al menos cinco grandes extinciones –extinciones en masa– de la vida terrestre a lo largo de la vida de nuestro planeta. La más reciente ocurrió durante el Jurásico, unos 65 millones de años atrás. Aunque la más conocida, no fue ni con mucho la más dramática.

Desde niño me han fascinado los nombres de las eras geológicas y sus períodos. Al leerlos o pronunciarlos, acuden a mí recuerdos imposibles de tiempos remotísimos, repletos de selvas agobiantes y criaturas peligrosas, cuando los cataclismos eran cosa de todos los días.

La era Paleozoica, precedida por 3,500 millones de años de vida exclusivamente microbiana, con sus períodos Cámbrico, Ordovícico, Silúrico, Devónico, Carbonífero y Pérmico. La Era Mesozoica, con su Triásico, Jurásico –el más famoso, sin duda–, Cretácico y Cenozoico. Y la Era Cenozoica, con sus períodos Paleoceno, Eoceno, Oligoceno –cuando aparecen los primeros simios–, Mioceno –donde hacen su aparición los homínidos, nuestros antepasados directos–, Plioceno y Pleistoceno, cuando, por fin, aparecemos nosotros. No tenemos vergüenza… ¡somos unos simples recién llegados!

Son lapsos de tiempo tan vastos y lejanos que me dan vértigo. Por eso me causó tanta gracia saber de John Lightfoot, vicecanciller de la Universidad de Cambridge, quien, a mediados del siglo XVII, pudo ponerle una fecha precisa al inicio de la Creación. Según él, con ese aplomo que suele conferir el dogma –a mí, aquellos que no tienen dudas me dan siempre mucho miedo–, afirmó que el momento se dio un 23 de octubre del año 4,004 antes de Cristo, justo a las nueve de la mañana, lo que, según Ian Tattersall (The fossil trail. Oxford University Press, 1995), coincidía convenientemente con el inicio del año académico. ¡Eso es precisión y lo demás son cuentos!

Aunque extinciones de diversas magnitudes parecen haber ocurrido en múltiples ocasiones, es casi imposible conocer los detalles de catástrofes tan remotas como las ocurridas en el Silúrico, en el Carbonífero o en épocas todavía más remotas.

Edward Osborne Wilson, el famoso biólogo y experto en hormigas, dedica un breve capítulo de su libro “La diversidad de la vida” (The diversity of life. W. W. Norton & Company, 1992) a las grandes extinciones. En él, nos habla del interesante hallazgo del llamado “Límite K/T”, una delgada banda en las capas de la corteza terrestre que tiene una antigüedad de 65 millones de años. El estrato en cuestión, considerado una “firma geológica”, marca la desaparición de los fósiles de los dinosaurios y contiene una gran cantidad de iridio, un elemento químico bastante raro en la corteza terrestre. Debido a su afinidad por el hierro, el iridio suele encontrarse en las partes más profundas de la Tierra, en el llamado núcleo terrestre, muy rico en hierro.

La presencia de iridio en esa capa de la corteza terrestre hizo pensar al físico Luis Walter Álvarez –premio Nobel de Física en 1968 y tripulante del avión de observación científica que acompañaba al Enola Gay en el bombardeo de Hiroshima– y a su hijo, el geólogo Walter Álvarez, que el raro elemento fue depositado allí 65 millones de años atrás por el impacto de un meteorito –estos bólidos suelen contener grandes cantidades de iridio– que debió haber tenido un diámetro de 10 kilómetros y que viajaba a una velocidad de 72 mil kilómetros por hora.

El impacto sacudió a la Tierra como una campana, desató incendios, inundó las costas con tsunamis de inimaginable magnitud y levantó una gigantesca nube de polvo que ocultó la luz del sol y enfrió nuestro planeta. ¿En dónde pudo haber chocado el meteorito propuesto por los Álvarez? Muchos ya sabemos que un sitio muy probable es lo que hoy llamamos el cráter de Chicxulub, en la Península de Yucatán, que tiene un diámetro de 180 kilómetros. La hipótesis es atractiva, sin embargo, no ha sido debidamente probada. Los científicos siguen discutiendo si los dinosaurios se extinguieron de golpe y porrazo por el meteorito o si lo hicieron queda y lentamente, durante los 79 millones de años del Cretácico, el período que siguió al famoso Jurásico.

Como sea, la extinción de los dinosaurios puede considerarse un juego de niños si la comparamos con la ocurrida casi 200 millones de años antes, la llamada extinción del Pérmico, cuando desapareció más del 90 por ciento de la vida terrestre. Dediquemos los últimos párrafos a lo que nos cuenta de ella el paleontólogo Peter Douglas Ward, profesor de biología y ciencias de la Tierra y el espacio en la Universidad de Washington en Seattle, experto en extinciones masivas. A esa “Gran mortandad” dedica su libro “Gorgona. Paleontología, obsesión y la catástrofe más grande en la historia de la Tierra” (Gorgon. Paleontology, obsession, and the greatest catastrophe in Earth’s history. Viking, 2004).

Peter D. Ward viajó a un remoto lugar de Sudáfrica llamado el Gran Karoo, “la tierra de la sed”, para estudiar lo ocurrido en el Pérmico. Nos dice que se trata de una meseta inhóspita en extremo, donde puede nevar en el verano y la temperatura llega a sobrepasar los 40 grados centígrados en un día invernal. Un “territorio comanche” –Arturo Pérez-Reverte dixit– en el que tendrás que beber cuatro litros de agua al día sin que llegues a orinar una sola vez, puesto que el calor arrebatará tu humedad antes de que sientas la urgencia de evacuar. Un paraje demencial que en mucho nos recuerda los relatos de Howard Phillips Lovecraft. Y, sin embargo, es uno de los sitios ideales para indagar aquel gigantesco cataclismo. Su riqueza fosilífera ofrece al estudioso las huellas de aquella extinción que casi borró la totalidad de la vida terrestre, retrasando los relojes evolutivos varios millones de años.

Hace 260 millones de años, una fauna muy variada se desplazaba con gran facilidad sobre la superficie terrestre: pequeños lagartos y anfibios similares a salamandras, animales bastante parecidos a los que conocemos hoy. Había otros mucho mayores que hoy no reconoceríamos. Eran híbridos entre reptiles y mamíferos, por lo que se les llama reptiles mamiferoides. Algunos eran carnívoros y fueron depredadores muy temidos: los gorgonópsidos, cuya cabeza recuerda a las monstruosas gorgonas de la mitología griega. Aquella extinción del Pérmico no dejó uno solo sobre la faz de la Tierra. Su rostro feroz sólo persistió en fósiles como los que se encuentran en el Gran Karoo, en las leyendas, en los sueños y en nuestros casi olvidados terrores infantiles.

¿Qué ocasionó la extinción casi total de la vida planetaria durante aquel Pérmico funesto 250 millones de años atrás? Imposible saberlo a ciencia cierta. Se habla de la combinación de una actividad volcánica inusitada durante miles de años en Siberia, un incremento consecutivo de la temperatura terrestre y la liberación de grandes cantidades de gases invernadero acumulados en los fondos marinos en forma de hidratos de metano. No se descarta la explosión de una supernova cercana ni el impacto de un meteorito, como el que produjo el cráter de la Tierra de Wilkes en la Antártida.

Intuyo que el recuerdo de aquella y otras catástrofes llegó a nosotros, impreso en medios desconocidos, a través de los escasos supervivientes de los que descendemos. Esa memoria debe ser lo que alimenta nuestra fascinación por el fin del mundo.

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