UNA AMENAZA UBICUA Y FASCINANTE (primera parte).

La ciencia de la virología está todavía en sus primeros y erráticos días. Los científicos descubren nuevos virus con mayor rapidez de la que necesitan para comprenderlos. Y aunque estamos todavía en una etapa inicial, hemos sabido de ellos durante miles de años. Los hemos conocido por sus efectos, a través de nuestras enfermedades y nuestras muertes. Durante muchos siglos no pudimos relacionar esos efectos con su causa. Incluso el término ‘virus’ empezó como una contradicción. Lo heredamos del Imperio Romano, cuando se usaba para nombrar tanto al veneno de una serpiente como al semen de un hombre. La creación y la destrucción contenidas en una misma palabra.  

Carl Zimmer. A Planet of Viruses, 2011.

Casado por más de veintidós años con una pediatra especialista en enfermedades infecciosas, no es nada raro que a la hora de la comida nuestras conversaciones giren en torno a los gérmenes patógenos y sus estragos. Cuando entre bocado y bocado discutimos sobre los casos de los enfermos infectados, nuestros hijos, todavía jóvenes para participar en esas charlas llenas de tecnicismos, se miran entre si y optan por platicar de los temas que a ellos les interesan más. Al agotar el asunto o posponer la discusión para más tarde, retomamos el diálogo familiar incluyente.

Trabajando ambos en el Centenario Hospital Miguel Hidalgo, cuya inadmisible saturación sólo despierta ya la conmiseración de algunos, sin que hasta ahora se hayan concluido las nuevas y mejores instalaciones, asistimos cotidianamente a la aparición de infecciones cuya diseminación se ve indudablemente favorecida por el hacinamiento de los enfermos, fruto tan inevitable como indeseable de la saturación antes mencionada.

Esta semana, la segunda del 2013, una epizootia –infección inesperada que afecta a un gran número de animales– ha ocupado los titulares de los periódicos y los espacios de los medios electrónicos de comunicación locales y nacionales. El virus de la influenza aviar A H7N3 brotó en algunas granjas avícolas de San Francisco de los Romo –“San Pancho de las carnitas”, como lo conocemos en Aguascalientes–, un pueblo situado a unos 20 km de la capital del Estado. Para contener la amenaza, fue necesario sacrificar –¡asesinar!, exclamó una y otra vez un locutor tan sensacionalista como irreflexivo– cerca de 300 mil gallinas y polluelos en las granjas afectadas. Por fortuna, la infección fue cohibida a tiempo y no afectó a los seres humanos.

Hay quienes afirman que vivimos en un mundo de virus y que estos seres peculiares son la forma de vida –no todos están de acuerdo en que sean seres vivos– más abundante de nuestro planeta. Incluso el lugares tan aislados y ocultos como la llamada Cueva de los Cristales, en la Sierra de Naica, ubicada en el estado de Chihuahua, donde fueron descubiertos cristales de selenita de proporciones ciclópeas, el científico Curtis Suttle, profesor e investigador en la Universidad de British Columbia (Canadá), obtuvo hasta 200 millones de virus en cada gota de agua que rezumaba de las paredes que forman la “Caverna del ojo de la reina”.

La descripción inicial que uno encuentra en la página electrónica del Laboratorio Suttle de Microbiología y Virología Marina y Virología (http://www.ocgy.ubc.ca/~suttle/) es fascinante:

La “virósfera” existe allá donde haya vida. Es una de las principales causas de mortalidad, un conductor de los ciclos geoquímicos globales y la reserva de la diversidad genética más grande y desconocida de la Tierra. En los océanos y aguas dulces, los virus son los “seres vivos” más abundantes. Los virus marinos, estimados en unos 1030, se extenderían más allá de las 60 galaxias más cercanas si los pusiésemos en fila. Infectan todas las formas de vida, desde las bacterias a las ballenas y en los océanos son responsables de unas 1023 infecciones por segundo. Influyen en la composición de las comunidades marinas, causan infecciones en organismos que van desde los camarones a los cetáceos y conducen los ciclos biogeoquímicos. Potencialmente, cada infección impulsa el intercambio de nueva información genética entre el organismo afectado y los propios virus, influyendo en el curso evolutivo de ambos.

Con estos conceptos en mente que trascienden nuestra visión habitual de los virus como agentes infecciosos y al igual que nos sucede con la hipótesis de la endosimbiosis propuesta por Lynn Margulis y Dorion Sagan –la fusión de organismos para dar nacimiento a nuevas especies– (Adquiring genomes. A theory of the origin of species. Basic Books, 2002), uno se pregunta sobre su papel como motores de la evolución de la vida en la Tierra. Estos conceptos hoy revolucionarios llenan algunos de los huecos e insuficiencias de la teoría de la evolución propuesta originalmente por Charles Darwin y enriquecida con los avances de la genética y la genómica, en la que la fuente principal de la innovación evolutiva –la aparición de nuevas especies– se circunscribe casi de manera exclusiva a las mutaciones del material genético que ocurren al azar.

Por todo lo anterior, resulta de gran importancia que todos conozcamos mucho más sobre los virus. Por eso es alentador conocer la iniciativa denominada “Mundo de virus” (World of Viruses), que forma parte del vasto programa “Premio a la iniciativa de colaboración para la educación en la ciencia” (Science Education Partnership Award) organizado por el Centro Nacional de Recursos para la Investigación de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos de Norteamérica. “Mundo de virus” fue creado para que la gente conozca más sobre los virus y la investigación virológica a través de documentales, historias gráficas (historietas), desarrollo profesional de maestros, “aplicaciones” para teléfonos y otros dispositivos portátiles y otros materiales educativos.

Carl Zimmer, extraordinario divulgador de la ciencia, se unió al proyecto “Mundo de virus” escribiendo un librito bellamente ilustrado que se titula “Un planeta de virus” (A Planet of Viruses. The University of Chicago Press, 2011). A través de sus páginas llenas de datos asombrosos nos enteramos de multitud de detalles interesantes que nos despiertan la curiosidad y nos obligan a ampliar la información en otras fuentes. La obra nos habla de viejos compañeros de la humanidad, como los virus del resfriado común, los virus de la influenza y los virus del papiloma humano. Nos ofrece también esa visión ampliada del mundo viral y su presencia en todo ser viviente y nos permite asomarnos al futuro cuando trata del virus de la inmunodeficiencia humana, el virus del oeste del Nilo y las epidemias del virus que causa el síndrome de dificultad respiratoria aguda grave, así como las que ocasiona el ominoso virus Ébola. También le echa un vistazo al hoy casi olvidado virus de la viruela.

Leyendo el libro de Zimmer se entera uno, por ejemplo, de que hace más o menos 3,500 años un escriba egipcio desconocido plasmó en lo que hoy llamamos “Papiro de Ebers” la descripción de una enfermedad cuyos síntomas eran la tos y el escurrimiento del moco nasal. Él la llamó resh y estamos seguros de que se refería a nuestro resfriado común. Esta enfermedad, ocasionada por rinovirus, ha acompañado al género humano desde sus más remotos orígenes y se calcula que cada persona pasa un año de su vida enferma de resfriado común. Zimmer considera que este germen es el virus más exitoso que existe.

El escriba egipcio recomendaba en su famoso papiro que el resh se podía curar aplicando en la nariz una mezcla de miel, hierbas e incienso. En la Inglaterra del siglo XVII, los tratamientos iban desde una mezcla de pólvora y huevo a una de estiércol de vaca y sebo. Leonard Hill, que en los años 20 del siglo pasado atribuía la gripa al paso de un ambiente caliente a otro frío, recomendaba que los niños iniciasen su día con un baño de agua fría.

A pesar del tiempo transcurrido, es poco lo que la medicina actual puede ofrecer más allá de los tratamientos paliativos que aminoran las molestias mientras la enfermedad sigue su curso natural. Carl Zimmer es lapidario cuando señala que con sólo diez genes –nuestras células tienen 21 mil–, los rinovirus invaden nuestro organismo, se burlan de su sistema inmunológico y nos dejan fuera de combate durante varios días. Esa información genética tan parca como efectiva la compara con los haiku, los famosos poemas japoneses que contienen una forma de sabiduría concentrada envuelta en la deslumbrante belleza de su extraordinaria brevedad.

En la siguiente parte trataremos de las infecciones de los animales que pueden pasar a los humanos en las que los virus, como se podrá anticipar, juegan un papel destacado.

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