UNA AMENAZA UBICUA Y FASCINANTE (segunda parte).

El virus del sarampión tiene muchos parientes en la familia de los morbilivirus que infectan a una amplia gama de mamíferos, aunque está más relacionado con el virus de la peste bovina y, en menor grado, con el virus del moquillo canino. Probablemente los tres virus emergieron a partir de un ancestro común muchos siglos atrás y los científicos, usando el reloj molecular, determinaron que la separación entre el virus del sarampión y el de la peste bovina ocurrió aproximadamente cinco mil años atrás. Esta cronología sugiere de una manera bastante satisfactoria que el virus pasó del ganado a los seres humanos durante las primeras etapas del pastoreo. 

Dorothy H. Crawford. Deadly companions. How microbes shaped our history, 2007.

No habían pasado ni dos horas desde que había terminado y enviado –al periódico y a los “suscriptores interesados”– la primera parte de este escrito, cuando llegó a mi buzón electrónico un mensaje del doctor Gustavo Reyes Terán, antiguo compañero del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, que hoy es un distinguido médico internista e infectólogo y encabeza el Departamento de Investigación en Enfermedades Infecciosas del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias en la ciudad de México.

El doctor Reyes Terán hacía referencia a lo que yo acababa de escribir sobre el brote de gripe aviar que había ocurrido en San Francisco de los Romo, Aguascalientes, durante la segunda semana de enero de 2013. Las autoridades habían informado a través de los medios de comunicación masiva que el agente causal –el virus de la influenza aviar A H7N3– provenía de algunas granjas del estado de Jalisco, en las que había provocado numerosos casos de enfermedad en las aves a finales del 2012. En esos mismos comunicados, los responsables sanitarios desestimaron cualquier riesgo de que el virus pudiese provocar alguna enfermedad en los seres humanos y, mucho menos, dar inicio a una nueva epidemia de influenza en la población aguascalentense.

El mensaje de Gustavo Reyes Terán se acompañaba de un archivo electrónico muy interesante, al que el propio remitente hacía referencia invitándome a leer la página 726. Se trataba de un ejemplar del “Reporte Semanal de Morbilidad y Mortalidad” (Morbidity and Mortality Weekly Report) fechado el 14 de septiembre de 2012. Esta es una publicación del Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) de Atlanta, en los Estados Unidos de Norteamérica, que los interesados en las enfermedades infecciosas y su relación con la salud pública consultan en todo el mundo.

El artículo de la página 726, firmado por un numeroso grupo de investigadores mexicanos entre los que se encuentra el propio doctor Reyes Terán, se titula “Un virus de la influenza aviar A (H7N3) altamente patógeno en dos trabajadores de granjas avícolas de Jalisco, México, en julio de 2012”. En resumen, el informe da cuenta de dos seres humanos afectados por un virus de la influenza aviar A H7N3 sumamente infeccioso. Los dos granjeros, de 32 y 52 años, sufrieron sendos cuadros de infección ocular –conjuntivitis– de los que se pudieron recuperar sin secuelas de consideración. Ninguno tuvo fiebre ni desarrolló daño en las vías respiratorias. El análisis del material genético de los virus de ambos pacientes demostró que correspondían a los mismos gérmenes que habían ocasionado la epizootia entre las aves de aquellas fincas jaliscienses.

Quedaba demostrado que este virus había cruzado la barrera entre las especies y había sido capaz de provocar una enfermedad en aquellos dos seres humanos que habían estado en contacto con las gallinas. Para el Gustavo Reyes Terán, este germen –el mismo que provocó el brote reciente de influenza aviar en Aguascalientes– implica un riesgo para los seres humanos. En sus propias palabras, el virus es “una amenaza en México como causa de nuevas epidemias de influenza, con subtipos de alta patogenicidad potencial”.

En la parte final del informe, los autores recomiendan a los trabajadores de las granjas avícolas de las áreas geográficas en las que hubiesen documentado brotes de influenza aviar que se protejan con mascarillas faciales, guantes y anteojos de protección (goggles). También alertan a los médicos clínicos y epidemiológos para que piensen en una infección por influenza aviar tipo A si detectan conjuntivitis o enfermedad de tipo influenza en pacientes que provengan de esas mismas áreas geográficas y que hayan estado en contacto con gallinas. En esos casos es necesario que, de acuerdo al cuadro clínico –ocular y/o respiratorio–, tomen muestras para que sean estudiadas en los laboratorios estatales, regionales o nacionales de referencia. Los responsables sanitarios también deben indagar entre los familares y contactos de los enfermos para detectar cualquier caso de transmisión de un ser humano a otro ser humano.

Del artículo se pueden hacer varias lecturas, pero vale la pena reflexionar acerca de lo endeble que es la barrera que supuestamente nos separa y aísla del mundo natural. La vida en las ciudades nos da una falsa seguridad en este sentido y nos hace creer que no estamos bajo ningún riesgo de adquirir infecciones provenientes de los animales. El concepto de que los seres humanos somos “los reyes de la Creación” y que se nos tiene un lugar especial en el mundo para cumplir con nuestro glorioso destino no solamente es falso, sino sumamente perjudicial. Estas ideas deben ser revisadas y desechadas tanto en el ámbito de la biología como en el de la propia medicina.

En este sentido, hace poco que apareció un nuevo libro de de David Quammen, un escritor norteamericano que se ha especializado en la naturaleza y que viaja por todo el mundo para investigar de primera mano los temas sobre los que escribe. El libro en cuestión se titula “Desbordamiento. Las infecciones de los animales y la próxima pandemia humana” (Spillover. Animal infections and the next human pandemic. W.W. Norton & Company, 2012).

Los nueve capítulos tratan sobre diferentes agentes infecciosos que afectan tanto a los animales como a los seres humanos. Su narración, con el ritmo de una novela de suspenso, no se refiere a las viejas epidemias que registra la historia, sino a casos de actualidad en donde lo primero que uno aprende es que, siendo médico en activo, existen muchos gérmenes patógenos, especialmente virus, de los que no había tenido la más mínima noticia.

En su nuevo libro, la descripción de los casos en varios lugares del mundo alterna con agudas reflexiones y la información científica de primer orden que son propios de este autor, al que ya había disfrutado años atrás en su original “El reacio señor Darwin. Un retrato íntimo de Charles Darwin y la elaboración de su teoria de la evolución” (The reluctan Mr. Darwin. An intimate portrait of Charles Darwin and the making of his theory of evolution. Atlas Books. W.W. Norton & Company, 2006).

Su visión de las enfermedades infecciosas es también muy original y aleccionadora:

 

Las enfermedades infecciosas nos rodean. Son una especie de argamasa natural que une a una criatura con otra, una especie con otra, en el seno de construcciones biofísicas muy complejas que llamamos ecosistemas. Son uno de los procesos básicos que estudian los ecólogos, entre los que se encuentran también la depredación, la competición, la descomposición y la fotosíntesis. Los depredadores son bestias relativamente grandes que se comen a su presa desde fuera. Los patógenos (agentes que causan infecciones, como los virus) son bestias relativamente pequeñas que se comen a su presa desde dentro.

 

Seguiremos disfrutando y compartiendo los fascinantes casos y las maravillosas reflexiones de este gran libro de David Quammen en la siguiente parte de este escrito.

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