UNA AMENAZA UBICUA Y FASCINANTE (tercera y última parte).

Monet clavó los ojos enrojecidos en Musoke, pero no hizo ningún movimiento con las dilatadas pupilas. Lesión cerebral. Allí no había alma. Tenía la nariz y la boca ensangrentadas. Musoke echó atrás la cabeza del paciente para abrirle las vías respiratorias y poder insertarle el laringoscopio. No llevaba guantes de goma. Pasó un dedo alrededor de la lengua del paciente para limpiar la mucosa y la sangre que hubiera en la boca… El vómito negro salió como un chorro alrededor del laringoscopio y fuera de la boca, arrojando al aire un líquido negro y rojo que roció a Musoke. En los ojos, la boca, las manos, las muñecas, los antebrazos y la bata. Le corrió pecho abajo, pintándole franjas de cieno rojo moteadas de partículas oscuras.

Richard Preston. Zona caliente, 1994.

Hay algo de siniestro y ajeno para los seres vivos entre los que nos contamos en la aparente simplicidad del virus Ébola. Cuando uno observa las imágenes de microscopía electrónica sólo ve alienígenas similares a fideos, torcidos o doblados caprichosamente. Nada más. Y, sin embargo, este virus filamentoso representa una de las amenazas biológicas más temidas, un germen cuya tasa de letalidad sobrepasa nuestra capacidad defensiva o de tratamiento y que mata a la mayoría de los seres humanos y los grandes simios (chimpancés y gorilas) a los que infecta.

David Quammen le dedica uno de los capítulos más largos de su nuevo libro “Desbordamiento. Las infecciones de los animales y la próxima pandemia humana” (Spillover. Animal infections and the next human pandemic. W.W. Norton and Company, 2012). El capítulo tiene un título enigmático: “Trece gorilas”.

Los dos primeros episodios conocidos de infección por el virus Ébola ocurrieron en 1976. Uno en el norte de Zaire (que se llama hoy República Democrática del Congo) y el otro en el suroeste de Sudán. El primero se hizo más famoso, tal vez porque por allí discurre el pequeño río Ébola, afluente del Mongala, que a su vez desemboca en el gran río Congo. Fue de ese pequeño afluente del que el virus tomó su nombre.

A mediados de septiembre de aquel año, un médico de Zaire alertó sobre la aparición de una extraña enfermedad en poco más de veinte pacientes que habían ingresado al hospital de una misión católica ubicada en el pueblo de Yambuku. Primero murieron catorce de aquellos enfermos y luego el hospital tuvo que ser cerrado porque falleció todo el personal que lo atendia.

En febrero de 1996, dieciocho personas enfermaron súbitamente en Mayibout 2, una pequeña localidad del noroeste de Gabón. Con fiebre, dolor de cabeza, vómitos, ojos enrojecidos, encías sangrantes, hipo, dolor muscular, dolor de garganta y diarrea sanguinolenta, fueron evacuados en bote al hospital distrital de Makokou. Cuatro llegaron agonizantes y sus cadáveres fueron devueltos a la aldea, en donde fueron enterrados sin ninguna precaución especial. Otro escapó del hospital y regresó a Mayibout 2 para morir al poco tiempo. Se presentaron nuevos casos y la muerte acabó con cerca del 70% de los afectados.

Médicos franceses y gaboneses investigaron la epidemia y se dieron cuenta de que los dieciocho casos iniciales tenían algo en común: habían consumido carne de chimpancé. Pero había algo más. Aquel simio no fue una presa de la caza que habían emprendido algunos hombres de la aldea. En realidad, lo había descubierto muerto en la espesura, en franco estado de descomposición.

Los nativos, con hambre retrasada, hicieron a un lado sus escrúpulos, se lo llevaron a Mayibout 2, lo descuartizaron y lo destazaron para cocinar la carne en una de las salsas típicas que son tan apreciadas en aquella parte del mundo. Las muestras obtenidas de los enfermos, vivos y muertos, permitieron descubrir que la enfermedad letal había sido producida por el virus Ébola.

Cuando años después, David Quammen pudo entrevistar a dos testigos directos de la masacre ocurrida en Mayibout 2 y le revelaron un dato muy interesante. En aquellos días, ellos habían encontrado también los cadáveres apilados de trece gorilas en un claro de la selva, sin huellas de lesiones infringidas por el hombre. A la luz de los conocimientos actuales, se puede aventurar que algunas de las bruscas reducciones en el número de gorilas que se observan en el África Central se deben a epizootias –infecciones inesperadas que afectan a un gran número de animales– provocadas por el virus Ébola o por otros gérmenes igualmente devastadores. Es todavía mucho lo que desconocemos sobre los agentes patógenos que pululan en aquellos lugares con frecuencia inaccesibles.

¿Dónde se esconde el virus Ébola entre las epidemias o las epizootias? ¿En qué ser vivo se oculta? Éste es uno de los grandes enigmas de la enfermedad. A pesar de numerosas y minuciosas investigaciones, no se ha podido encontrar el reservorio y, por ende, tampoco se conoce su distribucion geográfica. Ante tal misterio, no es posible anticipar el lugar ni el momento de la siguiente epidemia. Sólo existen algunas evidencias indirectas, que no son concluyentes, de que los murciélagos comedores de fruta son los reservorios del virus. La otra pregunta sin respuesta es: ¿a través de qué ruta y bajo qué condiciones o circunstancias el virus pasa del reservorio a los simios y/o a los seres humanos?

Desde aquel primer brote de 1976, se han registrado unos quinientos seres humanos muertos por el virus Ébola. La mayorìa fallece por una alteración grave en el funcionamiento de varios órganos vitales –falla multiorgánica, en la terminología médica–, sufren de dificultades respiratorias y, los más graves, desarrollan coagulación intravascular diseminada, un consumo anormal de los elementos que intervienen en la coagulación sanguínea, en el que los pacientes desarrollan tanto coágulos como hemorragias en diversos órganos. Cuando este fenómeno se extiende a ciertos territorios de la economía, las consecuencias pueden ser funestas.

Sin embargo, estas manifestaciones distan del dramatismo del escritor Richard Preston que, acogiéndose a la licencia literaria, exagera el cuadro clínico en su novela “Zona caliente” (Emecé Editores, 1994). En los casos reales, los pacientes no lloran lágrimas de sangre ni agonizan a ojos vista mientras se disuelven por dentro para terminar como costales de órganos licuados repletos de millones de partículas virales. Aunque hay que reconocer que la muerte por virus Ébola puede ser dramática y fulminante.

Más allá de los aspectos médicos, David Quammen apunta una idea muy interesante sobre estas epidemias tan graves. La expresa de la siguiente manera:

 

Si se hace un lista de los hechos relevantes y las angustias de esta saga en la últimas décadas, que incluye no sólo al virus Machupo, sino también al de Marburgo (1967), Lassa (1969), Ébola (1976), VIH-1 (inferido en 1981 y caracterizado en 1983), VIH-2 (1986), Sin Nombre (1993), Hendra (1994), el de la influenza aviar (1997), Nipah (1998), el virus de Oeste del Nilo (1999), el del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS, por sus siglas en inglés) (2003) y el de la influeza porcina (2009)… cualquiera puede creer que se trata de una serie de infortunios aislados e inevitables, como los terremotos o las erupciones volcánicas… pero no nos equivoquemos, estos hechos están conectados… No sólo suceden así nada más, representan el resultado no planeado de cosas que nosotros mismos estamos provocando. Reflejan la convergencia de dos formas de crisis en nuestro planeta. La primera es la crisis ecológica y la segunda es la crisis médica. Y a medida que ambas se cruzan, sus consecuencias combinadas aparecen como un panorama de enfermedades nuevas, extrañas y terribles, que emergen de fuentes desconocidas y generan una honda preocupación y ominosos presentimientos entre los científicos que las estudian… Dicho con otras palabras: las presiones y alteraciones que los seres humanos ejercemos en el equilibrio ecológico están poniendo a los patógenos de los animales en contacto estrecho con las poblaciones humanas, mientras que la tecnología y la costumbres actuales diseminan estos gérmenes con mayor amplitud y rapidez.

 

Estas palabras son profundamente inquietantes. En lo que nos toca como seres humanos y como médicos, ¿estamos dispuestos a reflexionar sobre ellas y a actuar en consecuencia?

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