EL COLECTIVO MUDO.

Ningún tipo de hombre necesita más el roce con otros colegas que el médico, y ninguno lo procura menos. La jornada diaria de un profesional de la medicina ocupado fomenta en él un egoísmo profundo para el que no se conoce antídoto. Los reveses se olvidan pronto. Los errores a menudo se entierran y diez años de trabajo exitoso tienden a volverlo quisquilloso, dogmático, intolerante a la enmienda y de un egocentrismo abominable. Las sociedades médicas son el mejor correctivo para esta actitud mental y cualquier médico pierde buena parte de su formación si no se somete de vez en cuando a las discusiones y críticas de sus colegas.

William Osler. The functions of a state faculty. Maryland Medical Journal, 1897.

El Diccionario de la Real Academia define “colectivo” como “grupo unido por lazos profesionales, laborales, etc.”. Esta palabra es muy utilizada en España para referirse a los gremios de profesionales, incluyendo a los médicos.

Desde México y durante los últimos tiempos, quienes practicamos la medicina contemplamos con asombro la cohesión, fuerza y capacidad de convocatoria de los profesionales de la salud españoles a raíz de las medidas gubernamentales que en materia sanitaria se están implementando para enfrentar la grave crisis económica que atraviesa aquel país.

Entre otras cosas, esas medidas buscan desmantelar el modelo de sanidad pública hasta hoy vigente para entregarlo a la iniciativa privada bajo la premisa de que será administrado con mayor eficiencia, evitando con ello buena parte de los gastos que hasta hoy tiene que hacer el gobierno para mantenerlo.

En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, hemos podido ver cómo en los últimos meses del 2012 los facultativos organizan huelgas y salen a la calle en grandes manifestaciones para protestar en contra de unas medidas que consideran inadmisibles e injustas. Los médicos no están dispuestos a perder un sistema de salud pública que se ha convertido en un modelo digno de imitación para todo el orbe.

Estas expresiones públicas de inconformidad tienen eco tanto en los medios de comunicación de prestigio como en la sociedad misma, como lo demuestra una publicación que puede leerse en el periódico El País en su edición del 1° de febrero de 2013, titulada “Todo el poder para la ciencia” (http://elpais.com/elpais/2013/01/24/opinion/1359027137_688305.html). En este artículo, Pere Puigdoménech, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), expone los resultados de la más reciente encuesta Demoscopia, que mide el nivel de confianza de los españoles en sus instituciones. Los resultados son muy reveladores:

En el barómetro de Demoscopia sobre confianza institucional publicado recientemente aparece una vez más que los colectivos que merecen más confianza a los ciudadanos españoles son los científicos, esta vez seguidos de los médicos. En cambio, las profesiones que menos confianza producen son bancos, partidos políticos y los políticos. Parece un mundo al revés. En una sociedad democrática los ciudadanos otorgan a un colectivo la confianza para que gobierne, pero finalmente resulta ser este en el que menos confían.

 

Estoy seguro de que el alto nivel de confianza que los españoles le otorgan a sus médicos se debe, por lo menos en parte, a sus huelgas y manifestaciones públicas de protesta para defender un sistema de salud pública del que se sienten muy orgullosos. No podemos soslayar que en esa defensa subyace también el interés de conservar sus actuales fuentes de trabajo, pero las declaraciones que pueden leerse o escucharse cuando los manifestantes son entrevistados por los medios de comunicación masiva no dejan dudas de que están actuando también para defender los intereses de los ciudadanos, de sus pacientes, en especial de aquellos que tienen menos recursos económicos y no pueden acudir a la medicina privada.

En el caso de España podemos observar una vez más que el colectivo médico es fruto y expresión de la sociedad en su conjunto. Una sociedad contestataria, demandante, atenta a sus derechos y un colectivo médico que se manifiesta y actúa abiertamente de la misma manera. Un ejemplo muy claro de la función que debe cumplir una comunidad despierta y actuante:  ser el contrapeso y acotar los errores de percepción, las omisiones y las desmesuras de sus gobernantes.

Reflexionando sobre estos asuntos y al dirigir la mirada hacia mi entorno inmediato observo una panorama claramente distinto. Por ejemplo, pienso que nosotros, los médicos en Aguascalientes, existimos fundamentalmente como entes individuales. En nuestra sociedad, un médico en particular destaca o es importante en función de sus logros personales: ocupa un cargo elevado en la administración pública, es dueño de una clínica, rector de una universidad o decano de una facultad, dirige un hospital, encabeza un colegio o asociación de colegas o sobresale por llevar a cabo alguna acción o programa profesional importante, generalmente único en su medio o que toca ciertas fibras muy sensibles dentro de nuestra sociedad. Sin embargo, los médicos de Aguascalientes como gremio, como un colectivo al estilo español, prácticamente no existimos.

Se podrá aducir que no es así, que ya en el pasado nos hemos manifestado en contra de los abusos de la autoridad, como la ocasión en la que nos amparamos en contra de aquel impuesto sobre los honorarios profesionales de tan infausta memoria, pero eso sólo ha ocurrido ocasionalmente y sólo para proteger nuestra integridad física, patrimonial o nuestros emolumentos. El acendrado individualismo y la escasa conciencia social más allá de lo diagnóstico y terapéutico que nos caracterizan nos han impedido reunirnos para analizar, debatir y, en su caso defender, las cuestiones relativas a la salud pública amenazada.

¿Hay razones para ello? Yo pienso que sí. Sin ir más lejos, hace apenas unos días escuché los comentarios de un líder gremial en los que externaba su preocupación y transmitía una señal de alarma a quienes consideraba que podrían llevar su mensaje a los más altos niveles gubernamentales. Decía haber recibido informes inquietantes de sus colegas sobre las difíciles condiciones de trabajo que prevalecen cotidianamente en los hospitales públicos del Estado. Todo ello en virtud de su extraordinaria saturación y escasez de recursos técnicos para practicar una medicina segura y eficiente. Una situación que, si bien no es nueva, se agudiza día con día y pone en riesgo a médicos y pacientes por igual. Coincidí plenamente con su diagnóstico situacional.

Horas después, le hice ver al líder la necesidad de tratar esta delicada circunstancia a nivel gremial, organizando foros de análisis y debate para estudiarla con detalle y buscar alternativas de solución realistas, más allá de las lamentaciones cansinas ante las que, hasta el momento, sólo se han obtenido gestos de conmiseración y promesas que todavía no se han hecho realidad. Por su expresión facial y su lenguaje corporal, deduje que no lo había convencido y que pronto olvidaría nuestra breve conversación. Así fue.

Definir hasta dónde llegan los deberes sociales del médico no es fácil. La mayoría se conforma con cumplir sus obligaciones profesionales atendiendo con su conocimiento y arte a los pacientes que solicitan sus servicios. Bien llevada a cabo, es una tarea absorbente que consume mucho tiempo y energía. Pero, más que la voz de la conciencia individual, es el llamado de la conciencia gremial –si es que existe en alguna medida– el que nos pide que trascendamos el ámbito inmediato de nuestra competencia profesional para fincar las bases de la medicina pública que nos merecemos, en especial aquellos conciudadanos cuyas necesidades nunca son atendidas por completo, cuya voz nunca llega al nivel en el que se toman las grandes decisiones.

Me cuesta mucho entender como se aceptan con tanta naturalidad y hasta con cierto fatalismo las condiciones de precariedad –carencia de espacios, equipos y personal– en las que hoy se ejerce la profesión en buena parte de los hospitales públicos. Sólo la ignorancia de la verdadera medicina o una calculada indiferencia permiten vivir sin cuestionar la realidad imperante.

Pensándolo bien, al título tal vez le quedaría mejor el adjetivo sordomudo.

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