DÍAS OSLERIANOS.

… la enseñanza del estudiante empieza con el paciente, continúa con el paciente y termina sus estudios con el paciente, empleando los libros y las clases como herramientas, que son un medio para un fin… Enséñale como observar, proporcionándole muchos hechos para que los observe y obtendrá las lecciones de los mismos hechos. El arte de la medicina descansa en la observación… educar al ojo para que vea, al oído para que escuche y al dedo para que sienta.

William Osler. The Hospital as College, 1903.

            A punto de asistir al Centésimo segundo Congreso de la Academia Estadounidense y Canadiense de Patología a la que pertnezco desde hace 10 años, reunión que este año se celebrará en la ciudad de Baltimore, estoy por cumplir un sueño que acaricio desde hace muchos años: visitar el Hospital Johns Hopkins. No habrá sido casualidad que apenas en noviembre pasado tuviese la fortuna de conocer al doctor Fausto Rodríguez, distinguido neuropatólogo que trabaja precisamente en ese hospital. El doctor Rodríguez, haciendo gala de una gran generosidad, ha accedido a sevirme de guía en aquel nosocomio. Al enterarse, otros colegas se han sumado con entusiasmo a lo que promete ser una visita guiada muy enriquecedora.

¿Por qué mi interés en visitar ese hospital? Amén de ser, junto con la propia Escuela de Medicina Johns Hopkins, el centro educativo médico de mayor prestigio en el mundo, el Hospital Johns Hopkins fue fundado por un grupo de médicos cuya biografía y obra he seguido desde hace varios años. “Los cuatro doctores”, como reza el título del famoso cuadro en el que John Singer Sargent retrató a los fundadores, muestra en toda su magnificencia a William H. Welch (patólogo), William Osler (internista), William S. Halstead (cirujano) y Howard Kelly (ginecólogo). De todos ellos, ha sido Osler un faro potente que ha alumbrado y sigue iluminando mi devenir profesional.

En un intento por familiarizarme más con el lugar que pretendo visitar, me asomo a la página electrónica de la facultad de Medicina Johns Hopkins. Ahí leo lo siguiente:

Hace más de un siglo, el comerciante de Baltimore Johns Hopkinsn dejó al morir un donativo de siete millones de dólares y un mandato que cambiaría la faz de la educación médica a lo largo y ancho de los Estados Unidos y más allá. El dinero se destinaría a la construcción de un hospital y una universidad del más alto nivel en el corazón de Baltimore, Maryland, un lugar donde todos los pacientes, ricos y pobres, blancos y negros, hombres y mujeres, recibiesen atención médica.

 

Mi primer contacto con William Osler ocurrió durante la preparación del examen de selección para ingresar como médico residente al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Además de estudiar en “Los principios de la medicina interna de Harrison”, leí con gran provecho “Los principios y la práctica de la medicina”, obra mucho más didáctica que el “Harrison”, escrita originalmente por Osler, aunque las ediciones modernas están a cargo de varios autores de la Facultad de Medicina Johns Hopkins.

Otro momento importante de esta relación con William Osler se dio cuando acudí al Centésimo Congreso de la Academia Internacional de Patología, que se celebró en septiembre de 2006 en Montreal, Canadá. Yo sabía que la Biblioteca Osleriana de Historia de la Medicina se encontraba en aquella ciudad, como parte de la Facultad de Medicina de la Universidad McGill. Visité primero en campus de McGill, con edificios magníficos, dotado de bellísimos jardines y una librería muy bien surtida. Por cierto, los terrenos de aquel campus más diez mil libras en efectivo también fue una herencia  del próspero comerciante en pieles James McGill.

Al día siguiente, habiendo planeado con toda anticipación mi ida a la Biblioteca Osleriana, perdí en el último momento el autobús que me iba a trasladar al lugar con otros interesados. No me rendí. Emprendí la ida a pie. Llegué nuevamente a la Universidad McGill y pregunté por la ubicación de mi objetivo. Recibí indicaciones un tanto vagas, así que me dirigí en la dirección sugerida para dar con la Facultad de Medicina, ubicada en varios edificios fuera del campus principal. Gané confianza cuando me topé con el “Boulevard William Osler”, finalmente, localicé la Facultad y, en ella, el Edificio McIntyre, una imponente torre cilíndrica que albergaba la biblioteca de mis sueños.

Como suele ocurrir cuando uno entra en este tipo de recintos, ingresé al Edificio McIntyre en medio de la indiferencia general de los estudiantes y médicos que, presurosos, se dirigían a sus obligaciones. Tomé el elevador y llegué por fin a la Biblioteca Osleriana. Una mujer mayor oficiaba como bibliotecaria. Lejos de lo que yo suponía y tras confesarle mi devoción por William Osler, resultó de una amabilidad extraordinaria. Tras dejar que saliese el grupo que en esos momentos visitaba los anaqueles y la exposición de los libros atesorados por Osler –era el grupo del autobús con el que debí haber ido, accedí a aquella maravilla. Me refocilé con ejemplares de libros médicos muy antiguos, entre los que recuerdo el “Tratado de la sangre, la inflamación y las heridas por arma de fuego” escrito por John Hunter,  el extraordinario cirujano inglés del siglo XVIII que fundó la patología experimental y que trabajaba en el Hospital Saint George de Londres.

De toda la biblioteca, una pared al fondo captó de inmediato mi atención. En ella, destacaba entre dos anaqueles repletos de libros una placa metálica con la silueta realzada de William Osler. Reconocí al punto la “Placa Vernon”, pues la había visto fotografiada en uno de los libros que ya había leído sobre el médico admirado. Sabía que, tras aquella efigie, descansaban sus cenizas y las de su esposa, junto con un ejemplar de “La religión de un médico”, obra favorita de Osler, escrita en el siglo XVII por Sir Thomas Browne, un médico inglés. Puse con delicadeza mi mano sobre el bajorrelieve de Osler y, en silencio, le pedí inspiración y fortaleza para ejercer bien mi profesión.

Compré algunos libros, carteles y otros impresos, me inscribí como amigo de la Biblioteca Osleriana –sigo recibiendo de manera gratuita sus folletos hasta la fechay me dispuse a regresar a mi alojamiento. Por increíble que parezca, los del grupo de visitantes con los que debí haber hecho ese viaje me invitaron a subir al elusivo autobús con el que regresamos cómodamente al hotel.

Hace apenas un mes, mi amigo y tocayo, el doctor Luis Humberto López Salazar me invitó a dar un par de conferencias en el Hospital Regional de Alta Especialidad del Bajío, ubicado en la cercana ciudad de León, Guanajuato. La primera fue dirigida especialmente a los médicos residentes y, por supuesto, versó sobre la vida y obra de William Osler. No sé ya cuántas veces he hablado de él en público. Una de las últimas fue frente a un nutrido grupo de patólogos argentinos en su bellísima ciudad capital, la incomparable Buenos Aires, invitado por uno de los más conspicuos representantes de la raza casi extinta de los caballeros al estilo de antaño, el doctor Eduardo Santini Araujo.

En este relato de mi relación con el universo osleriano, el capítulo más reciente es un proyecto apenas concebido, fraguado al alimón con el doctor Roberto Rodríguez Della Vecchia, destacado catedrático de neurocirugía e historia de la medicina en la afamada Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, también un ferviente admirador de William Osler. Pronto tendré la fortuna de conocerlo en persona, ya que me ha invitado como profesor visitante en una fecha próxima para hablar una vez más y frente a sus alumnos sobre William Osler.

Pero hay algo más. Decía que tenemos entre los dos un proyecto en ciernes. Estamos empeñados en constituir la Sociedad Osleriana de México, un espacio académico para estudiar y divulgar la obra y los valores profesionales y humanos del gran médico quien, curiosamente, es relativamente poco conocido en nuestro país. Ya tenemos en mente a algunos de los correligionarios que nos acompañarán en este proyecto y también pensamos aprovechar la experiencia de sociedades similares en otras partes del mundo para impulsar la nuestra.

Al viaje me llevo para leer “William Henry Welch y la época heroica de la medicina norteamericana” (William Henry Welch. and the Heroic Age of the American Medicine. The Johns Hopkins University Press, 1941-1993), para irme ambientando en el tono osleriano de estos días.

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3 thoughts on “DÍAS OSLERIANOS.

  1. Estimado Luis.

    Definitivamente nuestra ha vida transcurrido por lugares comunes, el más emblemático de ellos el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y de la Nutrición Salvador Zubirán. Es curioso, cuando tu llegabas a nutrición para convertirte en patólogo, yo me iba a otra institución para hacer neurocirugía, y no coincidimos. Años después, un amigo común y tu blog son motivo de mí interés en tu persona y las redes sociales nos permiten conocernos a la distancia e iniciar esta amistad.

    “Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol” (Eclesiastés 3:1) cita que tomo de uno de los libros imprecindibles para Sir William Osler, la Biblia. Definitivamente ese momento y ese tiempo han sido tempranos en tu caso y desde tu residencia pudiste acercarte y deleitarte con los escritos de Osler, en mí caso, como el de muchos otros médicos mexicanos, Sir William era un personaje lejano e inexistente, no recuerdo haber escuchado su nombre de boca de mi maestro de la Cátedra de Historia y Filosofías de la Medicina y mucho menos de los de otras materias.

    Mí encuentro con Osler se da desde la necesidad de hacer medicina humanística. Así un día en la Bibloteca Biomédica de nuestra universidad, en una colección reservada que confiamos que pronto formará parte del acervo de historia de la medicina, un libro de pasta verde con la palabra “Aequenamitas” me encontró, lo abrí, lo empece a leer, e inmeditamente me día cuenta que ahí estaban las respuestas a muchas preguntas, inclusive muchas que aún no me había hecho aún. Así fue como Osler me cuativó y me introdujo en un quehacer médico basado en la ecuanimidad y la imperturbabilidad que te dan el conocmiento médico, aunado al de las emociones humanas, pero sobre todo el autonocimiento. Es en ese momento de plena efervecencia, cuando coincidimos en el Facebook a través de nuestro buen amigo el Dr. Juan Antonio Gallardo Trejo y así empiezan nuestras oslerianas reflexiones, que tienen como consecuencia la idea de formar la “Sociedad Osleriana de México”, asociación que seguramente enaltecerá y promoverá el quehacer médico basado en ideales humanisticos y cientificos, como él lo propuso. No me queda duda de que sí alguien en nuestro país conoce la vida y obra de este gran médico, eres tú y estoy seguro que contigo al frente de esta sociedad lograremos difundir a las nuevas generaciones de médicos, su importante legado.

    Espero que pronto nos puedas visitar en nuestra Facultad de Medicina, será de gran provecho para nuestros alumnos de la Cátedra de Historia y Filosofía de la Medicina, conocer la Vida y Obra de Osler de tu voz, pero sobre todo para mí, que podré conocerte personalmente y poder conversar sobre ese y otros temas que tanto nos apasionan.
    Deseo que tu estancia en Johns Hopkins sea muy provechosa como el patólogo que eres, pero sobre todo que tu nuevo encuentro con Sir William, ahora en Baltimore, sea motivo de inspiración para nunca olvidar que antes de ser especialistas en cualquier área de la medicina, ¡sómos médicos!

    Te envío un fraterno abrazo.

  2. Querido Roberto:
    Habremos de hacer de la Sociedad Osleriana de México y gran vehículo de estas inquietudes compartidas. Un abrazo.

  3. Los saludo a todos. Creo que la idea de formar una Sociedad Osleriana de México es genial y necesaria. También conozco maestros y colegas que estarían profundamente interesados. Espero que podamos seguir en contacto. Un saludo.

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