LA TUMBA DEL POETA.

El 3 de octubre de 1849, junto a una taberna de Baltimore, Edgar Allan Poe fue encontrado en pleno estado de delirio y reducido a la condición de abyecta ruina humana. Se supone que, hallándose borracho o drogado, fue capturado por una pandilla política que le utilizó para la entonces práctica común, en la “democracia” americana, del voto repetido (aquel día se habían celebrado elecciones en Baltimore); con este objeto se le mantuvo en plena intoxicación y se agudizó ésta hasta más allá de su resistencia física.
Poe murió cuatro días después. Se hallaba en Baltimore por casualidad; se había detenido allí en un viaje desde Richmond a Fordham (Nueva York), preparatorio de su próxima boda con Sarah Elmira Royster, su gran amor juvenil, a la que iba a unirse después de perder a su primera esposa, Virginia Clemm.
Tal fue el prematuro fin (cuarenta años) del genio de las letras a quien debemos estas alucinantes “historias extraordinarias”, monumento del horror, de la poesía de lo macabro, de la evasión hacia el éxtasis del misterio y la pesadilla vívida, que ofrecemos en nueva traducción y edición a nuestros lectores.

Contraportada de “Historias extraordinarias”, de Edgar Allan Poe. Editorial Bruguera, 1968.

            Debe haber sido más de 37 años atrás, antes de trasladarnos a Aguascalientes, cuando mi hermano Alejandro y yo cultivábamos la afición a los relatos de terror que todavía sobrevive casi intacta hasta hoy, cuando llegó a mis manos –comprado por mi madre bajo la premisa de que el saber no ocupa lugar– “Historias extraordinarias”, de Edgar Allan Poe, en una edición rústica de Editorial Bruguera que apareció en 1968. Gracias a la magia de la Internet, acabo de recuperar la imagen de la portada, el índice y el texto de la contraportada que hoy cito para encabezar este escrito. Al leerlo de nuevo, vuelvo a experimentar la sensación de intriga y fascinación que me produjo cuando lo leí la primera vez hace tantos años.

En aquella época, Baltimore era sólo el nombre de una ciudad desconocida, ubicada en un continente nebuloso. Todavía no sospechaba que América sería mi destino vital en unos pocos años más. Y lo que son las cosas: acabo de visitar Baltimore para asistir al Centésimo segundo Congreso de la Academia Estadounidense y Candiense de Patología. Demabulando por los amplísimos espacios de la exposición comercial en su magnífico Centro de Convenciones, me detuve por casualidad junto a unos colegas mexicanos que conversaban sobre una pequeña escapada turística que habían hecho el día anterior. Hablaban de su visita al cementerio en donde yacen los restos de Edgar Allan Poe. Sin poderlo evitar, los interrumpí al punto para inquirir sobre la ubicación del camposanto. Por fortuna, estaba sólo a unas pocas calles del hotel en donde me encontraba alojado.

Deseoso de compartir la experiencia de una visita tan peculiar, lo comenté con el grupo de colegas mexicanos que también se alojaban en el mismo sitio y, al día siguiente, emprendimos la marcha hacia la Iglesia Presbiteriana y el Cementerio de Westminster. Llegamos en unos cuantos minutos. La entrada lateral estaba cerrada y, por un momento, pensé que nuestro paseo había sido infructuoso. Sin embargo, al dar la vuelta en la esquina, encontramos la entrada principal, con la puerta de hierro forjado abierta y pudimos pasar al terreno sagrado. Nos topamos de inmediato con la tumba de Poe, perfectamente visible junto a la entrada, con su efigie y su nombre grabados en dos de las caras de la estructura poliédrica que constituye su monumento funerario. Las otras dos caras están dedicadas a María Poe Clemm, tía y suegra de Edgar, y a Virginia Clemm Poe, prima y esposa del poeta, que murió a los 25 años de tuberculosis. Ambas están enterradas en el mismo sitio.

El resto del cementerio es tanto o más interesante que el motivo principal que nos condujo hasta allí, pues contiene tumbas muy antiguas, muchas del siglo XVIII, varias pertenecientes a personajes muy distinguidos relacionados con la historia de Baltimore. Las lápidas de piedra dispersas y clavadas en la tierra, algunas casi ocultas después de tantos años, con grabados muy erosionados, otras mejor conservadas, con textos perfectamente legibles –incluyendo el cenotafio que marca el lugar donde incialmente estuvieron enterrados Poe y las dos damas mencionadas–, sepulcros de ricos comerciantes, militares distinguidos, médicos destacados, el primer alcalde de la ciudad y matrimonios de la alta sociedad de aquellos tiempos. Personajes que en su mayor parte habían nacido en ultramar, que se habían instalado en Baltimore provenientes de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Como rezaba uno de aquellos espléndidos monumentos, el allí enterrado fue uno de los que hizo que Baltimore pasase de ser un pueblo insignificante a una ciudad pujante, un polo industrial y comercial de primer orden.

La solitaria torre de la iglesia, los numerosos árboles de ramas desnudas y el viento frío que soplaba entre ellos le conferían al lugar, pese a ser apenas mediodía, un aspecto lúgrube, que destilaba tristeza y desolación al recordarnos nuestro paso fugaz por esta vida y la transitoriedad de la gloria mundana que con tantos desvelos nos empeñamos en perseguir.

La vida de Edgar Allan Poe (1809-1849) fue tan breve como trágica y la causa de su muerte sigue siendo un misterio. Hijo de actores que pronto lo dejaron en la orfandad, fue recogido por un matrimonio acomodado de Richmond, Virgina y disfrutó de una buena infancia.

Sin embargo, su deseo de ser poeta y vivir de ello contrarió en extremo a John Allan, su padre adoptivo, lo que acabó distanciándolos por completo. A pesar de que el señor Allan era un comerciante próspero y había heredado una cuantiosa fortuna, dejó a su suerte a su hijo adoptivo. De ahí en adelante, la carencia de medios económicos, las malas compañías, la tuberculosis a la postre fatal de su jovencísima esposa y su debilidad por las bebidas espirituosas lo marcarían a fuego y lo condenarían a un final prematuro. A pesar de su gran capacidad como crítico literario y escritor, su inconstancia le impidió conservar un trabajo estable y ganarse razonablemente la vida.

Uno se asombra al ver que, con tantos obstáculos en su contra –o tal vez a causa de ellos–, Edgar Allan Poe nos haya legado una obra literaria de primer orden que lo convirtió en un escritor inmortal, el inventor y maestro del relato detectivesco, el renovador de la novela gótica y un precursor destacado de la ciencia-ficción. No pude resistir la tentación de adquirir un libro de Poe para mi hija Brenda, estudiante del cuarto semestre de la Licenciatura en Letras Hispánicas. Le conseguí un bello ejemplar de los cuentos completos y poemas de Poe: The Complete Tales and Poems of Edgar Allan Poe. Barnes and Noble, 2006.

Recordé que tenía en mi biblioteca un análisis de su historia clínica. Se trata del libro “Posmortem. Resolviendo los grandes misterios médicos de la historia”, de Philip A. Mackowiak (Post Mortem. Solving History’s Great Medical Mysteries. American Collegue of Physicians, 2007).  El capítulo dedicado a Poe se titula “Una luz brillante pero inestable” y en él, el autor utiliza la información disponible sobre su vida y sus problemas de salud para tratar de desentrañar el misterio de su muerte. Mackowiak le otorga especial valor a la carta que el doctor J.J. Moran le escribió a María Poe Clemm, la suegra del escritor, con fecha del 15 de noviembre de 1849, pocas semanas después del infortunado deceso.

Edgar Allan Poe fue trasladado al Hospital de la Universidad Washington de Baltimore un miércoles 3 de octubre de 1849, sumido en un estado de delirio y ajeno a la gravedad de su condición. Lo llevó su amigo, el doctor J. E. Snodgrass, tras encontrarlo un día antes desorientado en un salón donde se celebraban elecciones en el corazón de Baltimore. El doctor Moran señala en su carta que el chofer que transportó a Poe al hospital declaró que el poeta no tenía aliento alcohólico.

A la mañana siguiente, el paciente temblaba y, aunque seguía delirando, no manifestaba una conducta violenta. Estaba pálido y el sudor empapaba su ropa. Mejoró un poco los días siguientes, aunque ante los intentos por consolarlo respondió que “lo mejor que su mejor amigo podría hacer por él sería volarle la tapa de los sesos”. Tres días después de su ingreso, alcanzó a decir “que Dios se apiade de mi pobre alma” y luego falleció.

Se han postulado varias hipótesis diagnósticas para explicar su muerte. La primera y la que más ha persistido ha sido el delirium tremens asociado a su alcoholismo. Otras son la rabia, que fuese asesinado, la intoxicación por monóxido de carbono, el suicidio y el envenenamiento por mercurio usado como tratamiento para la sífilis. Tras analizar cada una, Philip A. Mackowiak considera que lo más probable es que se haya tratado de una condición asociada a su alcoholismo. No se descarta que, días antes de su última aparición, Poe fuese obligado a beber por quienes usaban a sujetos ebrios para, cambiándoles de ropa, llevarlos a votar varias veces a favor de un candidato determinado. Cuando fue encontrado, Poe llevaba ropas distintas a las que acostumbraba y, como ya se señaló, fue hallado cerca de un recinto electoral.

Edgar Allan Poe es un buen ejemplo de la enfermedad llamada alcoholismo y sus antecendentes nos muestran que no fue el único que la padeció en su familia, lo que deja abierta la posibilidad a cierta predisposición hereditaria. En la presentación de una interesante recopilación de sus cuentos (“Cuentos completos. Edición comentada”. Páginas de Espuma, 2008), Carlos Fuentes dice lo siguiente:

Es difícil, de todos modos, pensar que estaba “a gusto en el mundo” un hombre tan avasallado por la pobreza, el vicio, los amores frustrados… “Bebía como un salvaje –escribió de él Baudelaire–, bebía como un salvaje, con una energía totalmente americana… como si asesinara”. 

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2 thoughts on “LA TUMBA DEL POETA.

  1. Creo que las personas con almas ” atormentadas” como Poe, son de las que se enriquece el mundo emocional. La vida tal y como la conocemos, no es obligadamente un lecho de rosas para todos, pues muchas personas tienen un vacio existencial difícil de llenar ( el dinero, la salud y el ” bienestar” , no son la panacea de la felicidad solo retardan la llegada de la realidad) . Por eso el alcohol , siempre presente en la vida de los grandes poetas, escritores y pintores, está ahí como un bálsamo temporal para sus dolores espirituales. Ser realista ( y no absurdamente optimista) , es un lamentable don de algunos grandes hombres y mujeres, pero también su condena.

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